El Estado Islámico quiere islamizar el mundo: analista Víctor de Currea Lugo

El analista Víctor de Currea Lugo dice que Estados Unidos lee los conflictos mundiales solo en términos de buenos y malos, “como en las películas de vaqueros”. Recorrido por las guerras del mundo.

Octubre 13, 2014 – 12:00 a.m. Por: Margarita Vidal Garcés | El País

Víctor de Currea Lugo, experto en conflictos internacionales y profesor universitario de Ciencia Política, tiene un PhD en Salud y Derechos Humanos y un Máster en Ciencia Política. Su vida profesional es una policromía de viajes y de países recorridos en casi tres décadas. Se graduó como médico en la Nacional, se especializó en España, hizo su tesis doctoral en Suecia, trabajó con varias ONG en Palestina, se asentó en ciudades como Amsterdam, París y Ginebra. Le ha dado varias vueltas al mundo en misiones diversas en Somalia, Bangladesh y Birmania. Como analista, ha cubierto conflictos en Egipto, Jordania, Líbano, Siria, Turquía, Kurdistán, Iraq, Afganistán, Darfur y Túnez.Ha escrito varios libros y acaba de publicar ‘De otras Guerras y de otras paces’. Hoy se dedica a hacer análisis de contexto de Derechos Humanos, a abrir proyectos y a formular iniciativas de intervención desde un punto de vista conceptual y de acompañamiento. En esta entrevista pasea su mirada por algunos de los agudos conflictos que reverberan en el mundo.¿Cuál es su mirada hacia la guerra palestino-israelí?Yo identifico cinco puntos de ese conflicto. Uno: se trata de una ocupación porque Israel está en territorio de Gaza, Jerusalén del Este y Cisjordania, que no le pertenece, y que tiene cuatro componentes: A. Hoy debemos preguntar cuáles son las fronteras reales de Israel y Palestina. B. El retorno de los refugiados de 1948 que fueron expulsados por Israel y que son reconocidos por el Derecho Internacional Humanitario. C. Los asentamientos que construye Israel en territorio palestino y que constituyen un crimen de guerra. D. Jerusalén. Israel quiere que sea su capital, pero el Consejo de Seguridad de la ONU, le advirtió que eso es imposible y que su capital es Tel Aviv. Yo creo que la discusión tiene que darse sobre esos puntos, entre los cuales no incluí el relativo a los prisioneros, al muro, ni al territorio palestino, porque todo eso es secundario a la ocupación y sus cuatro componentes.Cada país tiene sus razones y sus sinrazones. ¿Cómo hacer una evaluación objetiva?Hay que reconocer que ambos pueblos tienen derecho a existir, pero también hay que decir que para lograrlo hay que hacer una negociación y que Israel esté dispuesta a ceder. Pero sucede que después de la última ofensiva de Gaza Israel dijo que no cedería Cisjordania y que no renunciaría a Jerusalén, ni a los asentamientos. Entonces, ¿en qué va a ceder?Usted es pro-palestino, ¿no sesga eso su análisis?Mi solidaridad con Palestina no es incondicional. Soy una persona crítica frente a ciertas prácticas, pero en este caso la víctima, que es la ocupada, es Palestina. Creo en el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino para construir en su territorio el país que quiera. Eso es innegociable. El problema grave es que se ha manejado mucho la teoría del conflicto desde el ‘lobby’ judío. Ahora, es bueno advertir que yo soy anti-sionista, pero no soy anti-judío.Independientemente de lo que usted crea -que no debería influir en un análisis como este-, ¿qué es lo que atiza esa guerra eterna?Que el 20 % de la población de Israel es palestina, o sea que es una minoría religiosa. Y yo me pregunto cuáles son las garantías mínimas de protección para esas minorías en un estado teocrático, sin importar a qué religión pertenezcan. A mí me interesa que como minoría, se les respeten hasta sus más mínimos derechos y eso no sucede en Israel. ¿Por qué cree usted que hoy impera allí un sistema de apartheid?Cuando trabajaba allá hicimos varias encuestas y encontramos niveles absolutamente inaceptables en cuanto a nutrición, acceso al agua potable, educación y participación en la vida pública. Eso es, en pocas palabras, un sistema de apartheid, profundamente racista. Israel lo niega, pero cuando se le propone hacer un solo estado con igualdad de derechos, argumenta ser un estado teocrático. En la práctica a mí no me importa si es un estado o dos estados, sino que ambos tengan igualdad de derechos. Punto.Siguiendo con el recorrido, ¿cómo ha sido su experiencia en Irak?EE.UU. invade a Irak en una ocupación ilegal basada en mentiras. Ni estaba allí Al Qaeda, ni había armas de destrucción masiva. Adicionalmente crea un gobierno revanchista, con un primer ministro shií y un presidente kurdo. Los suníes, compañeros de viaje de Saddam Hussein, son perseguidos y su partido, Baas, es ilegalizado y el ejército desmovilizado. Queda entonces un sentimiento muy grande de dolor dentro del pueblo suní, que aún hoy sostiene que siguen maltratados y que no se sienten integrados porque la Constitución de 2005 no los incluye, ni hacen parte del gobierno. Por otro lado, desde la muerte del profeta Mohamed (Mahoma) hierve un conflicto entre suníes y chiíes. Además, aparece Al Qaeda con un proyecto que recoge todo el malestar que quedó por la guerra contra Afganistán. Y hay una lectura radical del Islam. Todas esas tensiones explican el surgimiento del Califato, o Estado Islámico.¿Y qué es, concretamente, el E.I.?Estado Islámico nace en 2003 como uno de los más de 40 grupos de resistencia frente a la invasión de los EE.UU. A su dirección llega Abu Bakr Al Baghdadi, un combatiente sunita radical, doctor en Ciencias Islámicas, calificado por la revista Time, -que le dio portada- como el hombre más peligroso del mundo. Aparece tres años después de la muerte de Bin Laden. Cuando explota la guerra de Siria, por encargo de Al-Qaeda ese grupo se encarga de abrir allí el Frente Al Nusra, para fortalecer su proyecto en ese país. Pero en febrero de este año Al- Qaeda expulsó a Al Baghdadi, que declaró su independencia y hoy quiere establecer un Califato o Estado Islámico de línea dura que se ubicaría en zonas de Irak y Siria, con sede en Bagdad y que le está robando el prestigio internacional de Al-Qaeda. ¿Cuántos son?Algunas fuentes hablan de 32.000 hombres, otros de 50.000, solo en Siria. Otras sostienen que tiene la capacidad de cobrar impuestos por dos millones de dólares al día y están vendiendo petróleo de manera ilegal por tres millones de dólares diarios. Es decir, E.I. recibe por lo menos cinco millones de dólares al día. Este grupo es la mayor amenaza hoy día a nivel internacional, pero es equivocado pensar que este problema se puede resolver diciendo que son cuatro loquitos. La cosa es mucho más seria. ¿Y cuál es el propósito del E.I.?Islamizar el mundo. Parte de mis preocupaciones es cómo leer ese movimiento porque, así uno no esté de acuerdo con nada de lo que dice, es posible ver que tiene una lógica interna que, en primer lugar, plantea la convicción de que lo que está haciendo es lo correcto. Tienen su propia lectura del Corán, profundamente radical y retorcida, a tal punto que le hacen daño incluso a los musulmanes, pero tiene la certeza de que su guerra es guiada por el Islam. Algo curioso que vi hace un par de meses en Irak fue que los grupos armados de kurdos en el norte de Siria tienen grupos de mujeres y los yihadistas, que no tienen inconveniente en morir en combate con otros hombres, huían despavoridos ante ellas, porque creen que si los matan mujeres pierden el Paraíso. Estado Islámico tuvo que sacar una fatua estipulando que aún si te mata una mujer, irás al cielo. Suena ridículo en medio de tanta atrocidad, pero la guerra está llena de códigos y la realidad es que morir, para ellos no es cosa que les preocupe. ¿Cómo ve las terribles decapitaciones de los periodistas rehenes?Como algo muy doloroso que hay que leer entre líneas: la persona que los decapita habla en inglés, lo cual indica que E.I. no está hablando para consumo interno, sino para occidente.¿Podrá la Coalición derrotarlo?Un director de la CIA calculaba entre 5 y 10 años para acabarlo, si se hacen las cosas bien, pero lo que estamos viendo es todo lo contrario. Estoy en contacto permanente con jefes kurdos de Kobani, la ciudad fronteriza que está a punto de caer y me dicen que los bombardeos no están siendo eficaces porque son aislados. Es un hecho que los bombardeos no garantizan una victoria militar, como se vio en Somalia, en Yemen y en Afganistán.Hay sectores pidiendo ofensiva terrestre.Es la única manera. Otro problema es que aunque E.I. logró poner de un mismo lado actores que nunca habían estado de acuerdo, contra los aliados de la Coalición, como turcos y kurdos -ahora del mismo lado- y lo mismo tribus suníes y milicias shiíes, o Irán y los Estados Unidos, esas son alianzas muy fáciles de romper. A EE.UU. se le acusa de desatar guerras, invadir países y abandonarlos dejándolos sumidos en el caos. ¿Son tan miopes en política exterior? Sí, por eso se dice que uno sabe cuando empieza una guerra, pero no cuándo la termina. Para ponerle un solo ejemplo, EE.UU. invadió Afganistán sin que un grupo de efectivos de la CIA tuvieran ni idea del idioma y de sus costumbres. Simplemente planteó una estrategia absolutamente militarista de resolver el problema con la fuerza. Entre 2001 y 2004, con el Talibán replegado, hubo un crecimiento impresionante pero ese cuarto de hora no fue aprovechado por EE.UU. para hacer política social.Otra circunstancia muy delicada es la herida íntima que ha dejado en el alma afgana, que las tropas gringas pasaran acribillando sus casas, especialmente de noche. Para ellos era como una especie de violación, porque el espacio de su hogar es íntimo y sagrado. Pero los norteamericanos no logran entender ni siquiera sesgos culturales tan elementales como ese. Y en Irak las cosas no son diferentes. En síntesis, EE.UU. lee los conflictos mundiales solo en términos de buenos y malos, como en las películas de vaqueros. ¿Qué tanta credibilidad han perdido en el mundo? Obama realmente solo tenía un mandato: hacerlo mejor que George Bush y no pudo. Muchas de sus actuaciones le han hecho perder liderazgo: en Siria dijo que si usaban armas químicas, pisaban la línea roja. Siria las usó y no pasó nada. Vladimir Putin le ganó el pulso con Ucrania, y ya le había ganado la partida a Bush con Georgia. Entonces lo que uno ve es que EE.UU. no es capaz de ser el único hegemón en un mundo multilateral, donde hay diferentes fuerzas moviéndose, y que hay una gran decepción del mundo hacia un Obama que había despertado sus expectativas. Resulta una cosa casi esquizofrénica el hecho de que las élites de los EE.UU., tanto las económicas de Wall Street, como las militares del Pentágono y de la industria armamentista, planteen un discurso hegemónico, pero no puedan serlo en la medida de que no saben leer adecuadamente lo que pasa en el mundo. No han sido capaces de leer Ucrania, ni la crisis económica europea, ni las dinámicas de África donde también hacen una lectura simplista. Yo llegué a Egipto dos meses después de la caída de Mubarak y del golpe militar de Al Sisi y pude ver que EE.UU. no le jugó decentemente a un pueblo egipcio que fue capaz, en menos de un mes, de desalojar un gobierno de treinta y pico de años porque tenía la esperanza de un proyecto democratizador.Realidad del HezboláEl año pasado usted estuvo en el Líbano. ¿Cuál es la realidad de Hezbolá?Hezbolá es un grupo armado pero –cuidado- es también un partido político que tiene parlamentarios y ministros y es, además, un movimiento que desarrolla una impresionante política social en el Líbano y por eso me parece una tontería que se diga que se trata simplemente de un grupo terrorista.La cosa es mucho más compleja. Yo diría que es un grupo armado, capaz de sacar millón y medio de personas a la calle, sin ningún problema, con un control territorial y una legitimidad política enorme. Puede que a uno no le guste, pero eso es lo que son. Hay también grandes tensiones entre suníes, chiíes, drusos, maronitas y cristianos, pero el país sobrevive gracias a la participación política pactada en el Acuerdo de Paz de 1989, que estipuló la inclusión de las minorías a través de cuotas de poder. Ese pragmatismo político es lo que le está permitiendo sobrevivir.

Octubre 13, 2014 – 12:00 a.m. Por: Margarita Vidal Garcés | El País