Pakistán y el miedo a las escuelas

16 ‎de ‎diciembre ‎de ‎2014

Víctor de Currea-Lugo.  Desde Bangkok

 

Los ataques a escuelas no son, tristemente, una novedad en las guerras y menos en Pakistán. En conflictos entre minorías y estados autoritarios, las escuelas suelen jugar un papel de espacio de resistencia o de herramienta de aculturación; en ambos casos son víctimas de la violencia.

 

En la historia, la persecución al conocimiento por parte de los dogmáticos incluye la cacería de científicos (como en la Inquisición) o la quema de libros (como en el nazismo). En el radicalismo islamista reciente hay dos casos que ilustran la situación. Un primer ejemplo es la persecución de los talibán de Afganistán a la educación de las mujeres, al punto que en 2001 no había una sola niña recibiendo enseñanza formal; de hecho enseñarles a leer y a escribir era una tarea clandestina. El otro ejemplo es Boko Haram, de Nigeria, que desde el significado de su mismo nombre se opone al conocimiento: “la educación occidental es prohibida”.

 

En Pakistán los ataques a los centros educativos de los Hazara (especialmente en la ciudad de Quetta) y el atentado a Malala Yousafzai son antecedentes relevantes, pero no los únicos. El miedo al conocimiento es contrario al dogma, y eso lo saben los líderes de todas las sectas. Por eso el reciente ataque era esperable aunque, obviamente, no deseado.

 

Los talibán de Pakistán no se distinguen mucho de sus vecinos afganos en cuanto a que ambos son suníes, hacen una lectura retorcida del Corán, culturalmente son pastunes y ambos están convencidos que el conocimiento es una amenaza a su dogma de fe. La famosa “Línea Durand” que separa los dos países no es una frontera sino un trazo en los mapas que no refleja la realidad de las relaciones Pakistán-Afganistán.

 

Es relevante que la escuela atacada sea gestionada por militares y con hijos de militares en sus aulas. Teniendo en cuenta que la inteligencia pakistaní ha sido acusada muchas veces precisamente de alimentar a los talibán a ambos lados de la frontera, esto sorprende incluso a los pakistaníes que veían a los militares como una rueda suelta intocable y como un Estado dentro del Estado.

 

Hasta ahora los militares solo se habían limitado a contener el avance talibán, pero este ataque los obligaría a decantarse y actuar de manera rigurosa frente a la “creciente influencia talibán en la sociedad en los últimos años”, como me dice un refugiado pakistaní.

 

Los talibán en Pakistán no están limitados a una región sino que hacen presencia en todo el país. Pero lo más preocupante, me dice mi interlocutor, no son los grupos de talibán en sí sino el poder de su ideología en la sociedad. Estos grupos están apoyados por un sector del ejército, de clérigos, una parte de la sociedad y por líderes políticos. “El problema real es que la sociedad pakistaní está contaminada con la ideología de los talibán”.

 

Volviendo al comienzo, ni la Inquisición ni el nazismo hubieran sido posible sin el apoyo de un sector social; lo mismo pasa con el fenómeno radical islamista de nuestros días y su miedo a las escuelas. El conocimiento asusta y cuestiona, y los cuestionamientos son contrarios al dogma.