Narrativas frente a la pandemia: la venganza de la ciencia

Víctor de Currea-Lugo, MD, PhD | 12 de Julio de 2020

La multiplicidad de miradas es vista como algo positivo, reivindicador de la diferencia y un llamado a la tolerancia. A riesgo de parecer intolerante, los debates sobre la ciencia no pueden dar por validas todas las versiones bajo la noción de la multiculturalidad, ni pueden aplaudir de la misma manera discursos que se contradicen entre sí. Una mirada científica de la realidad implica tomar partido. Aquí, hay una serie de narrativas que prevalecieron durante décadas y que hoy se desmoronan frente a la necesidad de respuestas científicas ante la pandemia.

  1. La negación

El pensamiento premoderno recurre frecuentemente a negar la realidad y establecer una distancia que le permita sentirse a salvo de lo que está pasando, diciendo como en un mantra “eso no sucede, eso no es verdad”. Desde los seguidores del terraplanismo hasta los del pensamiento antivacunas, pasando por los que consideran que no descendemos del mono, se juntan para afirmar que la ciencia es una gran falacia.

La ciencia ha generado muchos enemigos a lo largo de su historia, ya sea porque confronta el poder al negar, por ejemplo, que la tierra era el centro del universo o porque cuestiona la magia que alegan tener líderes y monarcas. La negación actúa como un acto de fe contrario a las evidencias científicas sobre la base simplemente de decir que eso no es verdad, pero sin aportar elementos a su negación. En el caso de Nigeria, por ejemplo, un grupo de autoridades se dedicó a negar la importancia de la vacuna de la polio, a pesar de ser uno de los países con más casos en el mundo.

En la pandemia actual, los negacionistas plantean que el virus no existe, y que en cuanto no existe no se necesita vacuna ni cuarentena. También hay quienes plantean que bastaría una serie de dietas y de dinámicas especiales o de alimentación o de medidas casi mágicas para erradicar el potencial virus que, además, no existe. Algunos afirmaban que no se trata de un virus sino de una bacteria y por tanto “no podía ser resuelto con una vacuna”. Lo que prima es la desconfianza absoluta en los datos científicos y prefieren echar el agua de la bañera con todo y niño; paradójicamente no dudan de sus propios actos de fe.

Como los Estados han mentido y son manipuladores, entonces se deduce que toda afirmación científica que nazca del poder  y toda información académica que tenga el respaldo de los Estados es, de base, una mentira. Curiosamente respetados académicos, incluso un premio Nobel dijo que el confinamiento es un arma medieval que pudo matar a más personas de las que salvó. “Pudo haber” es ese tipo de expresiones que parte de una premisa no probada para construir un castillo de negaciones.

  1. La conspiración

Una de las constantes en los debates es la teoría de la conspiración: todas las cosas fueron creadas por una mano oculta que desde un poder central se encarga de decidir todo, una especie de mano que desde un poder universal decide el curso de la historia. Allí confluyen por supuesto los que sostienen que todos los conflictos armados solo se explican por una conspiración externa, porque somos piezas de un ajedrez conspirativo.

Entonces el virus fue creado en un laboratorio en China con el fin de atacar el imperialismo estadounidense o fue creado por Estados Unidos y distribuido en China, en una especie de guerra biológica. Incluso, se dijo que el virus tenía fragmentos del virus del Sida. Estudios genéticos publicados demuestran que el virus no fue creado en un laboratorio: estas publicaciones (que no son del todo claras para los neófitos) permiten afirmar que tal argumento es una falacia.

Otros afirman que la cuarentena es un mecanismo de control desarrollado por el capitalismo con el fin de tenernos encerrados. Eso es desconocer que el capitalismo ya lleva bastantes siglos y ha sido capaz de controlar gustos y productos a consumir, para creer que ahora nos van a controlar a partir de una cuarentena, como si antes de la cuarentena fuéramos libres y la enajenación no existiera.

El capitalismo no necesita una cuarentena que, más bien, le afecta. La enajenación no se reduce ni a las relaciones económicas ni a la vida del obrero, sino que se extiende a toda la sociedad. Creer que el capitalismo es tan frágil que necesita una cuarentena porque está al borde del colapso, es delirante. No solamente el capitalismo nos tiene controlados, sino que además hoy no hay una alternativa que lo amenace.

Otros sostienen que ya hay una vacuna y que su mercado va a ser tan potente que va a dar muchas ganancias. Si se revisan las caídas en las bolsas de valores y la disminución del mercado mundial, suena ingenuo pensar que el capitalismo deja de producir carros o hace fracasar grandes industrias para recuperar el dinero vendiéndonos vacunas.

Un ejemplo del uso tendencioso e irresponsable de la información científica es confundir la familia «coronavirus» con el virus de la Covid-19. Esto permite a los partidarios de la conspiración mostrar publicaciones de años atrás, donde se menciona el coronavirus, como prueba de que el virus ya existía y nos lo habían ocultado.

Y uno más, sostienen que el virus fue creado para implantarnos un chip, que la enfermedad se expende por antenas 5G, o que cuando se toman las muestras de laboratorio a la gente le inoculan la enfermedad que está de antemano presente en los hisopos.

En el mismo sentido, sin reflexión seria, se dice: “todo encierro es fascista”, “todo es biopolítica”; claro que hay autoritarismo y biopolítica, pero ¿todo lo es? Muchos críticos condenan la cuarentena invocando a Foucault, pero luego acusan al gobierno de irresponsable si flexibiliza las medidas.

  1. El contexto

La descontextualización toma algunos de los elementos de la pandemia, los coloca y los cita de manera aislada e impide cualquier articulación con el contexto. Así, se habla de un comportamiento cívico donde las personas pueden de manera ideal permanecer en sus casas sin que haya otras variables. Esta lectura permite que la pandemia se resuelva muy bien en un laboratorio virtual, donde todas las variables están controladas, pero no en la realidad.

Por eso se propone una cuarentena como si las personas pudieran fácilmente aislarse del mundo a esperar por semanas o meses una solución diferente. Hay millones de personas sin acceso al agua potable y cumplir la simple recomendación de bañarse las manos no es posible. El dilema es optar entre morir por el virus o morir de hambre, pues no hay la capacidad para resistir con la alacena vacía esperando un desenlace positivo; quitar el contexto es no tener una mirada científica del problema.

En este sentido, diseñar unas políticas que nieguen la realidad en materia de explotación social o de inequidad, no contribuye a la verdad. Eso pasa en medio de la pandemia en Estados Unidos, Brasil y Colombia, solo por citar tres ejemplos precisamente manejados por la extrema derecha.

Hay por los menos tres ámbitos a la hora de discutir la pandemia: el alejamiento físico, lo que no es posible cuando hay necesidades socio-económicas que llevan a la búsqueda de la  supervivencia, lo que se agrava en países con un alto nivel de trabajo informal y de desempleo.

Un segundo ámbito es la fortaleza de los servicios de salud que determinarían la capacidad de respuesta. Pero muchos sistemas de salud son inequitativos, precarios y privatizados; si durante años la salud ha sido vista como un negocio ¿Por qué habría de ser diferente ahora? La pandemia produjo una perversión y fue desconocer que hay otras enfermedades como la hipertensión, la desnutrición, el cáncer, etc., que dejaron de recibir la atención adecuada.

El tercer ámbito es el de la vulnerabilidad. El principal factor de riesgo frente a una epidemia es la pobreza. Mientras sigamos en un mundo con unos altos niveles de inequidad y de carencias, pues los factores de riesgo aumentan y eso solo se resuelve a través de las políticas sociales.

Por eso es, no solamente torpe sino injusto, el llamado que hacen los gobiernos a una supuesta unidad en torno a la lucha contra la pandemia reduciendo el debate a las variables inmediatas que produce la pandemia, pero no las variables estructurales que la potencian: segregación y neoliberalismo.

Reivindicar la ciencia no significa como algunos acusan, de negar el contexto político. Las ciencias sociales también existen y las ciencias médicas pueden ir y deben ir a la par con las ciencias sociales, pero cuando uno habla de una molécula no está negando el hambre, y ese es un falso dilema.

  1. El relativismo postmoderno

El relativismo postmoderno se consolida como una forma de ver el mundo a la par con el auge del neoliberalismo y de las corrientes de la New Age. Realmente es un renacer del pensamiento premoderno. Es una mezcla de lecturas teleológicas y metafísicas con una validación eminentemente local.

Así las cosas, lo local y las dinámicas particulares son las únicas reglas que valen, se echa por el suelo desde la postmodernidad todos los meta-relatos y dentro de ello la universalidad científica. Se consolida un discurso donde lo diferente se vuelve el paradigma y lo universal es el gran fracaso; cualquier cosa que eche mano a algún “argumento” basado en lo local es suficiente para justificar una explicación de la pandemia.

En un mundo donde todos presumen de tener conocimientos médicos suficientes para diagnosticar, en una mirada social que no reconoce de manera adecuada el conocimiento científico, y en una tradición de pensamiento basado más en los mitos, es de esperar una discusión basada más en el libre albedrio de construir teorías sin bases científicas que en argumentar.

Por ejemplo, un viceministro colombiano sugirió buscar soluciones autóctonas, diciendo: «debemos abrir el país» y «no sirven recetas de otros países». De nuevo el culto a la excepcionalidad, de nuevo la ciencia a la basura. Del relativismo cultural al relativismo epidemiológico. Según esa línea de pensamiento necesitaríamos un tratamiento local para la tuberculosis porque nuestra tuberculosis es única e irrepetible.

Esas éticas posmodernas aplicables a países desarrollados, pero no en “países en desarrollo”, serán políticas, pero no éticas. Yo, aferrado en la modernidad, pienso que la ética (como la vida) tiene una universalidad que no se puede relativizar sin renunciar a su propia esencia. La ética no puede ser simplemente una recomendación marginal.

  1. Medicinas “alternativas”

Si la procura de la salud es simplemente un ejercicio de dominación basado en una ciencia que no es tal, entonces cualquier comportamiento anticientífico es por definición revolucionario. Llama la atención que Marx se apoyaba en la ciencia para plantear transformaciones, pero sus herederos terminaron por rechazar la ciencia y refugiarse en el pensamiento mágico. Este refugio en lo mágico echa gala de todo tipo de argumentos: decir que una práctica es válida porque es milenaria no tiene ningún sustento, también ha sido milenaria la guerra y la tortura.

Por supuesto hay un poder médico desde la época de Hipócrates que ha sido un ejercicio de (como diría Foucault) micro-poder; pero eso no significa que todos los avances científicos puedan despreciarse con la excusa del poder médico. Por supuesto que existen las farmacéuticas que están buscando vender medicamentos, pero eso no nos puede llevar a abiertamente a negar las evidencias científicas de tratamientos.

Han pululado como remedios ante el coronavirus: curas con eucaliptos, caldos con ajo, consumo de sustancias alcalinas (de pronto el virus rechaza lo alcalino, decía un médico indígena) o dietas de limón, que no han mostrado ninguna eficacia.

Tampoco hoy la ciencia tiene todas las explicaciones frente al virus, pero el problema es si se parte de una actitud dogmática en la que se niega la ciencia y se da por sentado que en la medicina milenaria ya hay respuestas a una enfermedad tan reciente. No puede decirse que los problemas científicos para identificar el comportamiento fisiopatológico del virus, le dan la razón al ajo picado. Esta discusión está abierta y es cambiante: hay investigaciones donde se rectifican las posturas sobre el manejo médico, pero estas discusiones se han dado sobre observaciones reales y no sobre especulaciones.

Si tomamos 100 pacientes infectados de coronavirus, 81% si se van a “curar” al recibir ondas bioenergéticas o cuarzos, simplemente porque se van a curar en todo caso, la enfermedad no es mortal en un 100%. En otras palabras, independientemente de si le dan zumo de un limón partido en tres a la luz de la luna, el 81% no va a tener síntomas o va a tener síntomas leves. Y más que ridículo, resulta ofensivo a la razón y amenazantes a la salud, el discurso de algunos pastores religiosos que invitaban a orar presencialmente en las iglesias, porque, según ellos, el virus no entraría a la casa de Dios.

  1. Conclusiones

Claro que toda persona tiene derecho a dudar, podemos dudar sobre la calidad de un puente, el problema es si tenemos información necesaria para hacerlo. Una cosa es el deseo de que el conocimiento sea universal y democrático y otra, muy diferente, asumir que todo el mundo sabe de todo.

Estas miradas presentadas suelen aceptarse mutuamente porque es parte de su forma de validarse; pero el que se posiciona en la ciencia, no puede hacer lo mismo porque sería negar sus propios postulados;  por esto los “alternativos” aparecen como tolerantes y los que defendemos la ciencia aparecemos como intransigentes.

¿Qué nos queda? Recuperar la promesa de una modernidad que, más que un fracaso, es una asignatura pendiente. Eso implica un debate argumentado, la renuncia a los mitos, y el rescate de la universalidad y de la ciencia como elementos revolucionarios. Culpar a los medios de comunicación (estrategia común y hasta simplista) no sirve. La ciencia presupone un ser humano racional que, a veces, parece que ni siquiera existiera.

El debate no es solo sobre la pandemia, es cómo estamos viendo al mundo y qué sujetos políticos suponemos. El peligroso culto a los “ismos”, sumado al dogma en los enfoques diferenciales, llevó al traste discursos universales como los derechos humanos. La mezcla entre neoliberalismo, New Age y posmodernidad, arrinconó el pensamiento científico hasta convertirlo en algo vergonzoso. Pero hoy no hay tiempo para relativismos y la ciencia reaparece como una verdadera posibilidad que casi todos reclaman. Esa es su venganza.

Nota: Una versión en francés de este texto será publicada con el título “Récits de pandémie: la revanche de la science”, en Politorbis, noviembre de 2020.