Política exterior colombiana: agarrados hasta con los gringos

Víctor de Currea-Lugo | 12 de enero de 2021

Ya sé que en política exterior no hay amigos, sino aliados, y que estos cambian de acuerdo con la coyuntura. Basta mirar los conflictos armados para darse cuenta del oportunismo de las potencias y hasta de los colonizados.

Cuando Somalia le declaró la guerra a Etiopía, en el año 1977, esperaba que la Unión Soviética la apoyara, pero cuando esta se decidió por el otro bando, entonces Somalia recurrió rápidamente a Estados Unidos. De igual manera, cuando las potencias europeas de Inglaterra y Francia perdieron oxígeno e Israel vio disminuida la importancia de sus aliados, saltó bajo la protección estadounidense, con la cual mantuvo su apoyo internacional.

Aún en los peores momentos, algunos dictadores y gobiernos autoritarios han sabido jugarse las cartas para ganar un último apoyo que les permita sobrevivir, por ejemplo, Bashar Al-Assad, al que algunos ya dábamos por perdedor, pero pudo mantenerse en el poder, pese a la guerra y gracias a sus aliados Irán y Rusia.

Incluso en el caso de Corea del Norte: a pesar de las duras medidas que ha impuesto Estados Unidos contra ella, sobrevive por el apoyo de China. También, los militares en Birmania se mantuvieron durante años a pesar del repudio internacional, gracias a que Beijing les proveía de la ayuda necesaria. Así hay cientos de ejemplos de cómo los países se van acomodando a un juego de ajedrez de muchos protagonistas.

 

La diplomacia colombiana, un ejemplo patético

Colombia nunca ha tenido una política exterior independiente. De hecho, la designación de sus embajadores no obedece a su formación académica, sino principalmente al nombramiento a dedo que hace el presidente. A los puestos diplomáticos de nuestro país fácilmente acceden congresistas de poca monta y hasta delincuentes -véase el caso del embajador ante Uruguay acusado de tener laboratorios de cocaína en sus fincas-; también tenemos el caso de militares colombianos involucrados en violaciones de derechos humanos en los que se les “castigó” mandándolos como embajadores a otros países.

Los gobiernos han aceptado por una visión internacional impuesta por Washington, por ejemplo, frente a la posición de Oriente Medio o, incluso, frente a los asuntos regionales latinoamericanos. Basta recordar cuando la guerra de las Malvinas, mientras muchos países invocaban el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca) para colocarse del lado argentino, Colombia miró para otro lado y se abstuvo de tomar una postura.

Asimismo, Colombia tiene muchísimos acuerdos de intercambio de información de inteligencia militar y de armas con Israel, de hecho, el fusil Galil, originalmente de fabricación israelí, ahora es producido y comercializado por nuestro país debido a que se compró hace unos años la patente. Así que no es de extrañar que, en este mismo momento, los fusiles que están matando palestinos hayan sido construidos en territorio colombiano.

Pero la situación ha ido empeorando con los años. Así pues, cuando la inmensa mayoría de la comunidad internacional rechazaba una guerra de ocupación ilegal por parte de Estados Unidos en Irak, en 2003, el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez planteaba un despliegue equivalente en Colombia de las tropas estadounidenses.

Con el expresidente Juan Manuel Santos, la Unión Europea jugó un papel importante en el proceso de construcción de paz, así como otros países de la región (a pesar de las tensiones crecientes con Venezuela): valga la pena mencionar las conversaciones con las FARC realizadas en Cuba y el acompañamiento a la paz con el ELN, para el que Ecuador y Cuba sirvieron como sedes, con el apoyo de Venezuela, Brasil, Chile, entre otros países. Eso abrió a Colombia a un modelo de relaciones internacionales más multipolar.

 

Iván Duque y su política internacional de potrero

Recientemente, con la llegada al poder del señor Iván Duque, lo primero que este hace es “patear la mesa” de negociaciones con el ELN en La Habana, mediante argumentos no solamente ilegales, sino ridículos, como si los pactos internacionales que firmara un país no correspondieran a un compromiso de Estado, sino a un compromiso temporal del Gobierno de turno. Entonces, en esa ruptura del proceso de paz termina por pasarle una factura inmerecida por demás a Cuba (Ver: Colombia, Cuba y el (mal) ejemplo de construcción de paz).

Duque también corrió, siguiendo la lógica de Donald Trump y de la política israelí,  a deshacer tal vez la última decisión en política internacional del expresidente Santos que fue reconocer a Palestina; Duque buscaba desconocer la figura del presidente como jefe de Estado y no únicamente como jefe de Gobierno, sin darse cuenta de que se desconocía a sí mismo.

A la par de todo esto, volvió a asentar todos sus esfuerzos en el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro en Venezuela. La idea de la autodeterminación y el principio de no injerencia desaparecen por completo y da la impresión de que el señor Duque piensa que fue elegido para ser presidente de Venezuela y no de Colombia. Por eso, su papel es tan ridículo cuando intenta entrar ayuda humanitaria -que no lo era- mediante un concierto de solidaridad -que no era más que un acto político- con el apoyo con el Grupo de Lima y reconociendo un gobierno de Juan Guaidó -que tampoco es gobierno-.

La cadena de desaciertos de Duque con respecto a Venezuela es tan larga que no solamente daría para otra columna, sino para un libro, porque muestra exactamente cómo no hacer relaciones internacionales.

La torpeza en términos de diplomacia internacional es tan grande que eso lleva a que se presenten fotos del ELN supuestamente en Venezuela cuando fueron tomadas en Colombia, a que se mienta ante la comunidad internacional respecto a la implementación de la paz, a que se intente explicar frente a la ONU un proyecto de siete principios económicos invocando a los siete enanitos.

A Oriente Medio solo nos hemos acercado para entregar el páramo de Santurbán a Emiratos Árabes Unidos, pero sin entender la dinámica de esa región; y a Turquía a pesar de la masacre continua que realiza el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan contra los kurdos, tanto en territorio turco como en los países vecinos.

A finales del año 2020 hubo un nuevo escándalo por una supuesta trama de espionaje ruso en Colombia, hecho que fue puesto en duda por muchos.

Toda esa cadena de torpezas es la política internacional nuestra. Pero más allá de la torpeza está lo trágico: el país volvió a la guerra y, aunque intenta convencer a la comunidad internacional de que están respetando los acuerdos de paz, el número de excombatientes de FARC y líderes sociales asesinados sigue creciendo.

En tanto, la Unión Europea y Reino Unido, por ejemplo, han pedido en numerosas ocasiones el respeto de unos principios internacionales que Colombia está obligado a garantizar en materia de derechos humanos.

Lo peor es que mientras Colombia se queja de que hay una violación a su soberanía cuando le piden que garantice la vida de los que negociaron la paz y que cumpla con los acuerdos internacionales a los que se comprometió, sí se permite meterse en los asuntos internos de otros, como en la política de Venezuela o recientemente, como se ha venido demostrando en la prensa, en las elecciones de Estados Unidos.

De la misma manera irresponsable con la que se dirigió a Caracas, miró a Washington, como si fueran potreros en los que se podían expandir noticias falsas, calumnias y tomar partido frente a asuntos internos. Es decir, el Gobierno de Duque no solamente se decanta por Estados Unidos, sino que dentro de Estados Unidos lo hace por el ala de más extrema derecha, la más contraria a la democracia, negadora de unas elecciones y desconocedora de los pactos internacionales.

La política internacional de Duque es vergonzante y no puede verse como cosa aislada, tiene que ver con una forma en la que entiende el mundo. Esa es la herencia de la gestión de Uribe, quien se definía como un “administrador de fincas y un domador de caballos”. Uribe, el mismo que hizo parte de una comisión internacional que aplaudió el asesinato de ciudadanos turcos en aguas internacionales por parte de Israel.

Trump y el uribismo tienen más en común de lo que se puede pensar: la negación del cambio climático, la defensa del fracking, el manejo del Estado como si fuera una empresa, el culto a la tecnocracia y la mirada neoliberal, el desprecio a las minorías, la persecución a los migrantes, la negación del Estado de derecho, el desconocimiento de los derechos de las comunidades negras y un largo etcétera.

Pegarse un tiro en pie, eso que hizo Trump cuando alentó la toma del Capitolio, es exactamente lo que el señor Duque está haciendo con su diplomacia: aislando más a Colombia de la comunidad internacional.

Uno de los dilemas para las elecciones presidenciales de 2022 es si votaremos por una apuesta que apoye la extrema derecha de los Estados Unidos, el conservadurismo más rancio y la negación del cambio climático, entre otras cosas, o votamos por una apuesta que respete la soberanía de los pueblos, luche por el cumplimiento del derecho internacional y garantice los pactos que Colombia ha firmado. Ese dilema, así de simple, es parte de una gran agenda que hay que discutir ante las elecciones en Colombia. Fin del comunicado.

PD: tan mal estamos que Joe Biden es la esperanza.