Por: Víctor de Currea Lugo / 2 Abr 2012

 

En Marruecos, Amina Filali, de 15 años, fue violada por Mustafa Sallak hace nueve meses. Este suceso sería otro más en la lista mundial de agresiones sexuales, si no fuera porque Amina se suicidó el pasado 10 de marzo tomando raticida. Esto conmovió a la sociedad marroquí, ya que un periodista elevó el hecho a la categoría de noticia.

Además de la tortura propia de la violación, en el mundo musulmán la deshonra que esto implica aumenta, si cabe, el dolor de la víctima. Y, como si fuera poco, la ley no estaba del lado de Amina sino de Mustafá: en caso de que el violador acepte casarse con la víctima el delito se extingue, según el artículo 475 del Código penal marroquí. Esta norma recoge la tradición machista donde las leyes son hechas por hombres y/o para ellos, donde el honor de la víctima se “repara” con el matrimonio, donde se legitima la violación mediante una formalidad jurídica.

Meses antes, el padre de Amina había denunciado las agresiones sexuales de Mustafá, pero un Fiscal le aconsejó salvar el “honor” de su hija casándola con el violador, propuesta que el padre aceptó. Amina, trató de regresar a su casa paterna ante su infelicidad matrimonial, pero su padre la rechazó (cosa que él desmiente). Finalmente, Amina se suicidó después de ser fuertemente golpeada por Mustafá.

Días después, el Consejo de Ministros incluyó el caso en su agenda y su declaración final fue clara: “La joven fue doblemente violada. Fue violada sexualmente y lo fue tras ser obligada a casarse con su violador”. Pero, el Ministro de Justicia dijo que Amina había consentido la relación.

En Colombia la noticia no tuvo el peso mediático que tuvo en Marruecos o incluso en España. Quienes siguieron los hechos buscaban explicaciones simplistas: que Marruecos es un país del norte de África, que tienen una monarquía, que son musulmanes, que tienen tradiciones pre-modernas y una lista de argumentos similares, pero ninguna de ellos suficiente para explicar los hechos ni mucho menos el marco legal.

En el caso colombiano, existió hasta 1997 una norma del Código Penal (artículo 307) del año 1980 que tenía por título “Extinción de la acción penal por matrimonio”, la cual contemplaba que “si cualquiera de los autores o partícipes de los delitos descritos en los capítulos anteriores (Delitos contra la Libertad y el Pudor Sexuales) contrajere matrimonio válido con el sujeto pasivo, se extinguirá la acción penal para todos ellos”.

El problema no es pues, ser musulmán, y una prueba de esto son los espacios de participación política que han sido ganados por las mujeres en el marco de las revueltas en Túnez. El problema tampoco es que sea una monarquía: Europa está lleno de casas reales, y éstas nunca aparecen en la ecuación para explicar la violencia sexual en España o en Suecia. El problema es que el derecho es machista.

En Ucrania, mientras el mundo “celebraba” el Día de la Mujer, con flores y chocolates, Oksana Makar de 18 años, fue violada y quemada viva por tres hombres. Durante las cirugías por salvarla le amputaron un brazo y los dos pies; finalmente falleció el 29 de marzo. Amina conmovió a Marruecos y Oksana a Ucrania. En vez de “celebrar” el día de la mujer, bastaría con empezar por no violarlas.

Como dice un letrero que circula en las redes sociales: “Vivimos en una sociedad que enseña a las mujeres a cuidarse de no ser violadas en vez de enseñar a los hombres a no violar”.