Las primeras cien horas: Irán versus Israel + Estados Unidos

Víctor de Currea-Lugo | 4 de marzo de 2026

Israel ataca: objetivos, mensaje y costo civil. El bombardeo del 28 de febrero no fue “quirúrgico”: fue una operación para golpear capacidades (defensas aéreas, mando, misiles y componentes del programa nuclear) y, a la vez, para enviar un mensaje político de vulnerabilidad del Estado iraní.

Pero la política empieza donde terminan los eufemismos: hubo impactos en zonas urbanas y el ataque dejó civiles muertos, incluidas niñas, y daños a la infraestructura sanitaria, con mención específica de hospitales afectados o evacuados. Esto no es una nota al margen; es el corazón del debate sobre la distinción, la proporcionalidad y la protección de los civiles en el derecho internacional humanitario.

Irán responde: misiles, drones y regionalización inmediata. La respuesta iraní combinó misiles y drones y no se limitó al “duelo” bilateral con Israel. La onda expansiva de esa respuesta (por impactos, interceptaciones, caída de restos o intentos de ataque) involucró a Israel, Irak, Jordania, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait, Qatar y Omán. Para mí, ese listado importa porque muestra que Irán quiere convertir el precio de la guerra en un costo regional y no solo israelí.

“Decapitación” y martirio: la muerte de Jamenei. Estas primeras horas incluyen la muerte del ayatolá Ali Jamenei, lo que convierte la guerra en otra cosa: ya no es solo la destrucción de infraestructura, sino un golpe al símbolo máximo del régimen. Aquí, la lectura política es más importante que el papel militar: un asesinato de esa magnitud tiende a activar la lógica del martirio, a cerrar filas y a endurecer la doctrina de seguridad. No es una hipótesis decorativa: es la forma en que se reorganiza un Estado bajo ataque.

Esta muerte no puede entenderse únicamente como la caída de un jefe de Estado. Jamenei era, además, la máxima autoridad religiosa del chiísmo contemporáneo (una especie de “papa” dicho de manera muy coloquial). Por eso su muerte tiene una dimensión que va mucho más allá de Irán. El islam chiita cuenta con comunidades importantes en todo el mundo —especialmente en Irán, Irak, Líbano, Bahréin, Yemen y otras partes del Medio Oriente—, por lo que la eliminación de un referente religioso de ese nivel puede tener repercusiones simbólicas y políticas.

Sucesión y endurecimiento: qué significa “reemplazar” a Jamenei. La sucesión no abre moderación; abre endurecimiento. En un contexto de guerra, el peso de la Guardia Revolucionaria, la narrativa de resistencia y la necesidad de control interno tienden a fortalecer a los sectores más duros, incluso si el recambio se realiza por vías formales. El punto político es simple: el reemplazo no es solo “quién”, sino “qué sector manda”, y todo apunta a que será el más militarizado.

Cierre del diálogo. Una consecuencia inmediata —y decisiva— es que, por el momento, se ha cerrado cualquier posibilidad real de diálogo. No porque nadie pronuncie la palabra “paz”, sino porque los incentivos internos para negociar son políticamente suicidas en ambos lados: en Irán, por el golpe al liderazgo, y en Israel, por la narrativa de guerra existencial.

Riesgo nuclear: no por Irán, sino por Israel. En estas cien horas conviene decir lo que muchos evitan: el riesgo nuclear no nace del actor al que se le exige pureza bajo inspección eterna, sino del actor que sí posee armas nucleares y mantiene ambigüedad sobre ellas. En una escalada “existencial”, el fantasma de un umbral nuclear israelí no es ciencia ficción; es un recordatorio brutal del doble estándar internacional.

No es una idea nueva: desde los años setenta se habla en Israel de la llamada “opción Sansón”, asociada a la lógica según la cual, si el Estado se viera ante una derrota irreversible, respondería con una devastación final. Esa doctrina —evocada desde tiempos de Golda Meir— resume crudamente la idea de morir matando antes que aceptar la aniquilación.

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Regionalización del conflicto

Infraestructura estratégica y presencia estadounidense. Durante la escalada, se han reportado ataques iraníes contra instalaciones vinculadas a Estados Unidos en la región. Entre ellos se menciona el impacto sobre un radar estadounidense de alerta temprana y sobre objetivos en la base aérea de Al-Udeid, en Qatar, pieza central del dispositivo militar de Washington en el Golfo.

En la misma lógica se han citado ataques o intentos de ataque contra instalaciones militares en Erbil (Irak), contra activos asociados a la Quinta Flota en Bahréin y contra posiciones militares estadounidenses en Kuwait y Jordania. También se ha mencionado un ataque contra una sede diplomática estadounidense en Arabia Saudita, que Irán describió como un centro de operaciones de la CIA. En conjunto, estas acciones buscan mostrar que la respuesta iraní no se limita a Israel, sino que alcanza la red militar estadounidense desplegada en la región. En otras palabras, Irán intenta convertir el conflicto en un enfrentamiento directo con la arquitectura militar de Estados Unidos en el Golfo.

Guerra naval. El conflicto también se ha extendido al espacio naval. Un submarino estadounidense hundió un buque militar iraní en el océano Índico. Más allá del dato táctico, el episodio confirma algo políticamente más importante: el enfrentamiento directo entre Estados Unidos e Irán ya no se limita al Golfo ni al intercambio indirecto a través de Israel, sino que empieza a abrirse como un frente militar propio.

El Abraham Lincoln: ataque, retiro y narrativa. Según versiones que circulan, el portaaviones USS Abraham Lincoln habría sido atacado o presionado y luego habría tenido que retirarse o reposicionarse. En una guerra así, el dato no es solo si hubo impacto físico; es que la narrativa busca mostrar la vulnerabilidad de los símbolos de poder de Estados Unidos.

El estrecho de Ormuz como arma: según declaraciones atribuidas a la Guardia Revolucionaria, Irán ordena cerrarlo. No hace falta que el cierre sea total para que el mundo tiemble: basta con elevar los riesgos, los seguros, las rutas y los precios para exportar la guerra a la economía global.

Líbano: no solo fuego cruzado, sino también una ofensiva terrestre. El frente libanés no es un “apéndice”: es una palanca regional; no se trata únicamente de bombardeos o intercambios con Hezbollah; hay una ofensiva terrestre israelí en el sur del Líbano. Eso confirma que Israel abre —o acepta— múltiples frentes, con el costo humanitario y político que ello conlleva.

Yemen: declaración y capacidad de perturbar rutas. Sobre Yemen, el punto no es retórico: es geográfico. Aunque las acciones puntuales puedan variar, Yemen sigue siendo una carta para tensar el Mar Rojo y el Bab el-Mandeb. Mientras Ormuz presiona el Golfo, Yemen puede abrir el segundo cuello de botella marítimo de la región.

Irak: postura política y actos en el terreno. Aquí hay un elemento que no es menor: según declaraciones del primer ministro iraquí, hay una condena a Estados Unidos y una postura cercana a la lectura iraní del conflicto. En el terreno, Irak aparece como un espacio vulnerable para la agenda estadounidense. El resultado es un país presionado por fuerzas cruzadas y con la soberanía comprometida por todos los bandos.

Siria ha adoptado en esta fase una posición que termina por favorecer la estrategia israelí. El gobierno de Ahmad al-Shara depende en gran medida del respaldo político de Estados Unidos. En sus declaraciones recientes ha insistido en evitar la expansión de la guerra y en coordinar con actores occidentales. Ese posicionamiento rompe con la narrativa tradicional del Levante, en la que Siria aparecía como adversaria directa de Israel.

Protestas y adhesiones: En estas cien horas también se pelea en la calle. En Irán se observan manifestaciones a favor del gobierno, como el cierre de filas ante un ataque externo y la movilización del aparato estatal. La calle iraní no está con Estados Unidos. Mi lectura es que ambas escenas confirman algo básico: en Israel, la crisis borra la disputa política interna (por ahora); en Irán, la crisis tiende a disciplinarla.

Reacomodo geopolítico internacional

Europa: España dice que no; el Reino Unido figura en la operación. La Europa real no es una sola. España, según la línea política que se ha visto, marca distancia y no facilita la guerra. El Reino Unido habría participado en las primeras operaciones. Esto es clave porque muestra que la “guerra de Israel” se convierte, por acción u omisión, en una guerra del eje atlántico.

Rusia: postura directa, sin maquillaje. En los últimos días, Rusia ha sido una de las voces más frontales contra Estados Unidos y el ataque inicial, denunciando la ilegalidad, la agresión y la lógica de cambio de régimen. Moscú no necesita tomar partido militar para capitalizar políticamente la crisis: le basta con exhibir el doble estándar occidental y reforzar la idea de un orden internacional selectivo.

China: energía, petróleo iraní y preocupación estratégica. Aquí hay un dato estructural que, para Irán, es vital: el mercado chino. Irán necesita vender petróleo y China es la llave principal de ese flujo. Por eso China no mira esta guerra solo con lenguaje diplomático: la mira con cálculo energético. Si se afecta la exportación iraní o se amenaza con Ormuz, se tensiona el suministro y se incrementa el riesgo, lo que impacta directamente en el interés chino.

Turquía: postura sin lugares comunes. Quiere evitar que la guerra desborde hacia su periferia, proteger su seguridad aérea y marítima y conservar margen frente a Estados Unidos, Rusia, Irán e Israel sin regalarse a ninguno de ellos. En estas guerras, Ankara no predica; administra riesgos. Ese pragmatismo revela que incluso los actores regionales más fuertes prefieren hoy gestionar la guerra antes que intentar detenerla.

Narrativas y consecuencias estratégicas

Falsa bandera: CIA y Mossad en el relato de la guerra. Según acusaciones y narrativas que circulan, se habla de operaciones de falsa bandera atribuidas a la CIA y al Mossad para justificar escaladas, imputar responsabilidades o realizar ataques selectivos. Este tipo de noticias forma parte de un frente de propaganda, pero eso no quiere decir que sean falsas.

Fragmentación de Irán: kurdos, baluchis, árabes iraníes. Formulo esto como hipótesis y pregunta estratégica: ¿buscarán desmembrar Irán, alimentando fisuras internas entre kurdas o baluchis, o tensiones en zonas árabes iraníes? La fragmentación es un guion viejo en la región y, en una guerra de desgaste, vuelve a aparecer como tentación.

En el caso kurdo, además, conviene recordar que no existe un solo actor kurdo ni una sola agenda política: hay movimientos y organizaciones muy distintos entre sí. Sin embargo, también es cierto que dentro del amplio mosaico kurdo existen sectores y dirigentes que han mostrado cercanía o simpatía hacia Israel, lo que alimenta la percepción —en Teherán y en otras capitales de la región— de que la cuestión kurda podría ser utilizada como una palanca geopolítica en un escenario de presión o de fragmentación.

Economía de la guerra: Ormuz y el precio mundial. La guerra no se queda en el mapa; se mete en el bolsillo del planeta. Con Ormuz amenazado —aunque sea por una declaración—, suben el riesgo, los seguros y los costos de transporte, y con ellos se mueven el petróleo, el gas y la inflación. La guerra se vuelve global sin que caiga una sola bomba fuera del Golfo.

Cierre: la clave política de estas cien horas

Estas primeras cien horas dejan tres certezas políticas. Una: Israel y Estados Unidos buscan imponer un nuevo orden regional por vía militar. Dos: Irán convierte la guerra en una guerra regional. Tres: el sistema internacional vuelve a exhibir su doble moral —y esa doble moral no es un error, sino un método—. En medio de eso, el diálogo queda clausurado, la sucesión en Irán empuja hacia el endurecimiento, y el riesgo de escalada —incluida la sombra nuclear asociada a Israel— deja de ser un tema “tabú” para convertirse en un cálculo real.

La guerra con Irán ha terminado afectando también los planes internacionales para Gaza. Indonesia anunció que las discusiones dentro del llamado “Board of Peace”, el mecanismo impulsado para la reconstrucción y estabilización de Gaza, han quedado en pausa porque gran parte de la atención diplomática se ha desplazado hacia la nueva escalada regional.

Queda, entonces, una pregunta incómoda: ¿cuál es el plan? En Venezuela hubo una María Corina Machado; en Cuba, durante décadas, se ha buscado un Marco Rubio doméstico; incluso con Irán se llegó a fantasear con los herederos del Sha como relevo político. Pero hoy no aparece una figura equivalente que pueda presentarse como una alternativa interna creíble. Si el objetivo real fuera un cambio de régimen, la ausencia de ese relevo sugiere algo inquietante: que la guerra avanza más rápido que la política. Y cuando las bombas van delante del plan, lo que suele venir después no es el orden prometido, sino el caos.

PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es asesor presidencial del gobierno colombiano.