Víctor de Currea-Lugo | 30 de abril de 2026
A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, miles de personas fueron asesinadas en un instante. Podemos imaginarnos qué hacía cada víctima un minuto antes y, horrorosamente, imaginarlas sin futuro un minuto después. Todo quedó detenido. Todo.
Es cierto que a Japón no lo metieron en la guerra: Japón se metió en ella. Pero ninguna de esas explicaciones sirve de consuelo a las víctimas. Algunos sostienen que, gracias a esos muertos, se detuvo una guerra que habría dejado más víctimas. Pero nadie lo sabe y, en todo caso, tampoco es un argumento definitivo.
Lo que sucedió fue brutal. Tuvo razón el ayatolá Jomeini al prohibir la fabricación de la bomba nuclear, y tienen toda la razón quienes insisten en que Israel debe ser sometido a inspección. Nadie acusa a Albert Einstein ni a Oppenheimer. Al final, ambos han sido glorificados en el cine, y hasta el avión desde el que se arrojó la bomba hoy está en un museo.
Lo que más me conmueve es que no haya la más mínima mención al responsable: los Estados Unidos de América. No imagino visitar un campo nazi sin mencionar a Hitler. Ni en las ruinas, ni en las fotos de los muertos, ni en los testimonios de los sobrevivientes, ni en los dibujos de los niños, ni en las exposiciones de los museos hay una sola mención clara sobre los responsables.
Godzilla no nació del cine, sino del hongo nuclear: una ficción construida a partir de la memoria de ciudades arrasadas. En Godzilla, el monstruo no ataca: repite lo ocurrido en los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Cada paso suyo es una explosión que vuelve, cada ruina, un eco de 1945. Y, aun así, resulta más cómodo nombrar al monstruo que a los responsables.
Se podría decir que es una decisión tomada para hablar de la guerra como una abstracción que hay que rechazar, y de las armas atómicas como una amenaza universal. Pero me cuesta trabajo pensar que silenciar una obviedad sea justificable.
Allí quedaron hijos sin sus padres y ancianos sin sus hijos; víctimas sin extremidades ni futuro. De algunos solo quedó una sombra tallada en la piedra. El lema dice: “No más Hiroshimas”. Igual se dijo después de Auschwitz, de Ruanda y de Darfur. Pero la humanidad no aprende.
Miramos el Domo destruido (Cúpula de Genbaku) sin hacer conciencia de que esa calle, desde donde lo vemos, también fue destruida por la bomba. Pero en esa calle no reparamos ni en el edificio que ahora reemplaza al anterior. Con un mundo convulsionado, ¿somos conscientes de lo que solemos hacer a las 8:15? ¿Sabemos si llegaremos a las 8:16? El riesgo nuclear es real.
Aquí les comparto mis fotos de otras fotos, de los monumentos, de los dibujos que hicieron los sobrevivientes, de las ropas y objetos que sobrevivieron. Creo que ese momento, de las 8:15 am., se quedó para siempre.












