Víctor de Currea-Lugo | 16 de febrero de 2026
No hemos avanzado como humanidad. Los imperios hacen lo que siempre han hecho y los pueblos han pagado el precio con sus vidas. Desde Jerusalén hasta Cuba, la historia se repite, pero no como burla sino como macabra ceremonia.
Para los imperios, desde Roma hasta Washington, asfixiar es normal. Sitiar una ciudad, rodearla de trampas, negarle la comida y los medicamentos, y hacerla invivible es un ritual en el que se mezcla la frialdad de la política y el calor de la perversión.
Buscan quebrar la economía local, fracturar la moral, hacer del hambre una cotidianidad. No es romper la muralla, es que la sociedad se vaya desgastando y agrietando hasta caer. Por eso no es solo un ejercicio militar contra un enemigo, sino un castigo colectivo.
Otros bloqueos, desde Jerusalén hasta hoy
En el año 73 de nuestra era, Masada encarnó el mayor ejemplo de resistencia judía contra el imperio romano. Fueron cercados, sin mercados con el exterior. Roma sabía que el hambre es más mortal que la espada. Al final, los judíos prefirieron la muerte a la rendición. Hoy, Masada muestra sus ruinas a los turistas, que se conmueven; algunos de ellos no quieren reconocer que, a pocos kilómetros, pasa lo mismo en Gaza.
Tres años antes, en el año 70, el emperador Tito sitió Jerusalén. El pan y los granos se hicieron inaccesibles debido a la especulación que acompañó las medidas romanas. Jerusalén cayó. Y un milenio después, en 1099, la misma Jerusalén cayó en manos de los cruzados y la masacre de su población fue presentada como un acto de purificación. A partir de su caída, la economía pasó a depender de Europa y la población local comenzó a pagar impuestos al ocupante.
En 1453, Constantinopla fue arrasada tras meses de asedio por parte del imperio otomano. No solo caía una ciudad, sino que significaba la ruptura de una economía puente entre Oriente y Occidente. La ciudad que durante siglos había sido el mercado y la aduana del mundo medieval quedó aislada. Mehmed II capturó los flujos comerciales, las rutas de especias, los tributos y los monopolios. El colapso bizantino no fue solo simbólico; fue la transferencia violenta de un sistema económico entero.
Leningrado, entre 1941 y 1944, ofrece una versión moderna y brutal de la misma lógica. El asedio nazi no buscaba negociar, sino exterminar por inanición. Más de un millón de personas murieron no tanto por balas como por el hambre y el frío. La economía urbana fue reducida a cartillas de racionamiento, de trueque y de supervivencia mínima.
El gueto de Varsovia no era solo un barrio cerrado: era una economía deliberadamente diseñada para colapsar. El racionamiento impuesto por el régimen nazi equivalía a una sentencia de muerte lenta. El dinero circulaba en mercados clandestinos, pero la estructura oficial estaba diseñada para que no hubiera suficiente comida ni medicamentos. El sitio interno del gueto fue una forma de exterminio administrativo. El hambre no fue un efecto colateral; fue una política pública.
Sarajevo, durante la guerra civil de Yugoslavia, entre 1992 y 1996, fue el asedio más prolongado de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. La ciudad quedó rodeada por fuerzas que controlaban colinas, carreteras y suministros, convirtiendo la capital en una trampa urbana bajo fuego constante. Pero más allá de la artillería y los francotiradores, el sitio operó como estrangulamiento económico: fábricas paralizadas, redes eléctricas interrumpidas y una economía reducida al mercado negro y a la ayuda humanitaria.
El llamado “túnel de la esperanza” no fue solo un corredor físico; fue una arteria económica clandestina por la que circulaban alimentos, armas y combustible. Sarajevo demostró que el sitio moderno no necesita murallas visibles: basta con controlar los accesos, cortar suministros y dejar que la asfixia haga el trabajo lento de la demolición social (también hubo túneles así en el gueto de Varsovia y en Gaza).
Kobane, en 2014, sitiada por el Estado Islámico, mostró que la lógica del cerco no pertenece solo a la Antigüedad ni a las guerras mundiales. La ciudad kurda quedó aislada, con una economía reducida a lo esencial. La destrucción de la infraestructura significó la anulación de los mercados, del empleo y de la circulación monetaria. El cerco convierte a la población en rehén.
Gaza, en nuestros días, ha sido convertida en un territorio donde el cierre de fronteras, la restricción de bienes y la destrucción de infraestructura provocan un colapso económico sistemático. No se trata solo de bombardeos; es la paralización de puertos, el control de combustible y la reducción de importaciones esenciales. El impacto es devastador: desempleo estructural y dependencia casi total de la asistencia humanitaria.
Y la política del imperio, permanece
En todos estos casos, el sitio ataca la humanidad antes que la muralla. Lo que se destruye es la posibilidad de intercambio, de comercio, de salario, de pan compartido. Se ataca la dignidad material de la vida cotidiana. El hambre no distingue entre cristianos, musulmanes, judíos, kurdos o comunistas. El cerco convierte la identidad en irrelevante: todos son cuerpos sometidos a la misma pena colectiva.
Nos parece asqueroso el cierre deliberado de una ciudad o de un territorio, sea cual sea la bandera del sitiador. La indignación ante Jerusalén, Leningrado, Varsovia o Palestina no puede depender de simpatías religiosas o ideológicas. El sitio nunca ha sido civilización.
Los embargos y bloqueos, como el aplicado contra Irak en los años noventa, las medidas contra Irán o las sanciones contra Siria, son condenables porque el daño que producen sobre la población no tiene justificación moral.
En todas esas ciudades —Masada, Jerusalén, Constantinopla, Leningrado, Varsovia, Sarajevo, Gaza— aprendimos algo elemental: sitiar es castigar a la gente de a pie para forzar decisiones que no toman ellos. Somos capaces de indignarnos con lágrimas históricas por los asedios del pasado mientras justificamos otros con argumentos geopolíticos impecablemente fríos.
Si nos repugna el cerco medieval, si nos horroriza el sitio nazi, si denunciamos la asfixia contemporánea en otras latitudes, entonces no podemos hacer gimnasia moral cuando se trata de un caso actual. No se trata de simpatías partidistas ni de absolver gobiernos; se trata de algo más simple y más incómodo: nadie merece vivir décadas bajo asfixia económica como forma de presión política.
Aprendimos —o decimos haber aprendido— que el sitio es una forma de castigo colectivo. Que el hambre no es un daño colateral sino una herramienta siniestra. Que asfixiar mercados, puertos, rutas y monedas es otra manera de apuntar al pecho de una sociedad sin disparar una bala; es una intención genocida.
Nos estremecen las ruinas de Masada, las crónicas de Jerusalén, las fotografías de Leningrado, los testimonios de Varsovia, las imágenes de Sarajevo y Gaza. Nos indignamos ante el pasado porque ya no nos exige coherencia política. El horror histórico es cómodo: no obliga a votar resoluciones, ni a firmar decretos, ni a desmontar sanciones.
Pero cuando el cerco no es arqueología sino presente, entonces aparecen las justificaciones técnicas, las explicaciones estratégicas, los informes diplomáticos. El hambre deja de llamarse hambre y pasa a llamarse presión legítima.
Si el sitio fue barbarie en Roma, si fue crimen en el siglo XX, si es inaceptable en cualquier latitud contemporánea, entonces también lo es cuando adopta el nombre de embargo. No se trata de absolver gobiernos ni de compartir ideologías. Se trata de algo más elemental: convertir la escasez en instrumento político siempre ha sido una forma de violencia. Y esa violencia, hoy, tiene un nombre que incomoda pronunciar sin matices: Cuba.
PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es el asesor presidencial para las Relaciones Internacionales del gobierno colombiano.











