Cuba y Colombia: el deber de la solidaridad

En el malecón de La Habana. Foto: Víctor de Currea-Lugo

Víctor de Currea-Lugo | 22 de febrero de 2026

¿Por qué Colombia debe ponerse del lado de Cuba? Hay muchas razones; aquí menciono al menos cinco, pero no es un problema de obedecer una lista de mercado, sino de entender lo que está llamado a ser una política exterior del cambio.

Debemos tener en cuenta que la política exterior que se ha intentado construir con muchas trabas desde el gobierno implica salirse del formato formal de la diplomacia, de la burocracia y de los cocteles, así como de las eternas declaraciones diplomáticas, que a veces no son más que una forma de no hacer.

El gobierno del cambio ha planteado debates de orden esencialmente internacional, como la crisis climática, el genocidio en Palestina, el problema de los combustibles fósiles y la defensa de la soberanía.

Sin que haya un corpus que pueda mostrarse, sí puede deducirse una línea a partir de los diferentes discursos y posturas del presidente Petro a lo largo de estos más de tres años. Y, en ese orden de ideas, hay una agenda internacional que le corresponde asumir a Colombia.

Primero, porque es nuestro vecino, Cuba. Segundo, porque Colombia es presidenta pro tempore de la CELAC. Y tercero, porque somos miembros no permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Y esa agenda, la cubana, no puede entenderse sin la dimensión brutal e inhumana de una serie de medidas económicas que llevan décadas de aplicación por parte de los Estados Unidos con un solo objetivo, asfixiarla.

Tal vez la primera razón para apoyar a Cuba, para algunos, sería lo que ha significado en el imaginario político latinoamericano. Su proceso revolucionario ha sido un referente tanto para quienes han perseguido cambios en la región como para quienes se oponen.

Cuba, la estrella solitaria, que hoy parece más solitaria que nunca, se ha enfrentado a un gran reto: mantener su autonomía y su soberanía en medio de una terrible crisis. Y solo por eso se convierte en un referente para cualquier movimiento progresista latinoamericano. Máxime cuando todos conocemos lo que son la doctrina Monroe, la Escuela de las Américas y, ahora, el gobierno del presidente Trump.

Segundo, porque Cuba no solo ha sido un referente político, sino que también ha sido un ejemplo concreto de solidaridad. Cualquier cantidad de perseguidos políticos de muchas partes del mundo, incluida Colombia, ha recibido acogida en Cuba. Asimismo, la ayuda a la formación de médicos, incluidos los colombianos, que se han formado allí.

Y a esto, sin duda, podríamos agregar todo el apoyo que dio a movimientos revolucionarios. Por ejemplo, recordemos que, tras la crisis de la Embajada de la República Dominicana de 1980, tomada por el M-19, es Cuba quien abre las puertas para facilitar el cierre de ese proceso de negociación.

Pero también es Cuba la que abre las puertas y hace posible la negociación con las FARC, que terminó en la firma de un proceso de paz. Y, asimismo, la que, durante buen tiempo, ha ofrecido sus oficios en la búsqueda de una salida negociada con el Ejército de Liberación Nacional. Es decir, la paz colombiana, con todas las críticas que se le hagan, ha pasado por La Habana.

El tercer elemento es que la defensa de la soberanía no es un ejercicio selectivo. En muchos escenarios, el presidente Petro ha defendido el concepto de soberanía y el de independencia, incluyendo, desde esa lógica, la defensa de nuestro país.

La soberanía, la independencia, la autodeterminación de los pueblos no son solo eslóganes, sino una realidad jurídico-política. Y parte de la defensa que ha hecho el gobierno del cambio apunta a eso.

Por tanto, una agresión como la que vive Cuba ahora es condenable y no solo porque sea Cuba, sino porque es un país, es un estado, y, como tal, Colombia debería portarse de la misma manera si el país fuera otro. La cuarta razón es la situación actual de Cuba. Cuba sobrevivió al período especial impuesto por Estados Unidos en los años 90.

Recordemos que una década antes, en los años 80, gracias al comercio que mantenía con la Unión Soviética, Cuba era un país próspero. Así que basta con mirar un poquito de historia para rechazar de inmediato ese eslogan fácil y consigna ridícula de que Cuba siempre ha vivido en el caos o en la precariedad económica.

Fue en los años 90, entonces, cuando las medidas se arreciaron contra La Habana y contra Cuba como parte de lo que se llamó el período especial. Pero ese tipo de medidas no es novedoso. Tampoco es una crisis aislada de un contexto internacional ni es una crisis producto del socialismo, sino del capitalismo de los Estados Unidos, que la impone.

Recordemos la oleada de especulaciones y acaparamientos que impulsó la burguesía chilena para, finalmente, dar lugar al golpe de Estado de Pinochet. Recordemos todas las medidas de asfixia contra Nicaragua de los años 80, así como las estructuras y tretas económicas para producir hiperinflación en la Venezuela reciente.

En esa crisis hay graves problemas: el acceso a alimentos y medicamentos. Así como Colombia se ha manifestado frente a crisis humanitarias como las de Haití o de Gaza, necesariamente debe condenar las medidas que provocan el ahorcamiento de pueblos.

Y la quinta razón es darle otro paso más a eso que no es un corpus teórico sino una realidad práctica de solidaridad. En el caso de Palestina, y lo sé de primera mano, se han realizado múltiples acciones de solidaridad.

De Gaza a Haití, pasando por Cuba

También es conocida la solidaridad del gobierno colombiano con Haití, así como su preocupación por los riesgos de huracanes en el Caribe. Pero ahora el huracán que ataca Cuba, se llama Donald Trump. Entonces, ante una crisis humanitaria, no podríamos silenciarnos ni mirar para otro lado. No tiene absolutamente nada que ver con compartir o no compartir plenamente la agenda política de un país.

Por ejemplo, los bombardeos a Irán, condenables, que realizó Israel, deben leerse como un crimen de agresión, tal como realmente lo fue, y no justificarse con el contexto de la situación política interna de Irán.

Las medidas de bloqueo contra Siria, por ejemplo, no afectaron a las élites de Bashar al-Assad, sino que afectaron fundamentalmente al pueblo. Y ese castigo colectivo de los embargos, las medidas económicas y los bloqueos no es solamente un crimen de lesa humanidad, sino que además es un arma política ineficaz porque no afecta a las élites sino a los pueblos.

No se trata de nostalgia ideológica ni de romanticismo revolucionario. Nadie niega las contradicciones internas de la isla. El propio Raúl Castro dijo con claridad que hay problemas de corrupción y de burocracia, pero ninguno de esos argumentos puede justificar que tengamos una Gaza en el Caribe, como la que quiere construir Donald Trump.

Cualquiera que haya estado cerca de las labores humanitarias de envío de médicos, de las labores políticas de negociación o de la oferta de su territorio para construir paz, debe reconocer que Cuba puso en todos esos casos no solamente su integridad territorial, sino su capacidad diplomática y su paciencia política al servicio de salidas dignas.

México y Brasil lo han entendido con total claridad y no solo han hecho declaraciones, sino que también han planteado acciones concretas de apoyo. Por ejemplo, convertir a México en un puerto para el repostaje de combustible de aviones en ruta a Cuba, o el esfuerzo que se viene dando, con una gran participación de la sociedad civil, de organizar una flotilla del Caribe que lleve ayuda desde México a Cuba.

Allí están participando algunas de las personas con experiencia directa y análisis acertado que ya participaron en la flotilla que intentó romper el bloqueo en Gaza. Así pues, se recupera un mecanismo internacional de solidaridad, de acción concreta, de denuncia política y de ayuda humanitaria tratando, mediante embarcaciones, de llegar hasta allá. Ese es un ejemplo digno de emular.

Decir que apoyar a Cuba es apoyar el comunismo, el socialismo y la expansión de expresiones armadas latinoamericanas es un discurso bastante equivocado, adecuado solo para quienes confunden Rusia con la Unión Soviética.

Colombia pensó en su paz en las calles de La Habana. Olvidarlo ahora no sería prudencia diplomática. Sería, simplemente, amnesia. No podemos olvidarnos de quien sigue ayudándonos a construir nuestra propia paz.