Cuba y la trampa del Estado

Víctor de Currea-Lugo | 12 de febrero de 2026

Estados Unidos amenaza a Groenlandia, y eso parece preocupar solo a los daneses. Venezuela es atacada y, a pocos, de verdad eso les preocupa. Cuba es ahora sometida a la más perversa versión del embargo, y el mundo solo contempla. ¿Será que el Estado es una prisión conceptual y práctica?

Recuerdo la primavera de 2011, en El Cairo, Egipto. Millones de personas en las calles exigen democracia, marchan con banderas egipcias y hablan de la “Revolución del 25 de enero”, aunque ese momento no fue exactamente una revolución: un cambio de régimen, sino simplemente una revuelta popular.

Ese mismo día, en esa misma ciudad y con esa misma efervescencia revolucionaria y democrática, se produjo una serie de actos militares en Siria, un país vecino, también envuelto en las revueltas árabes, con gente en las calles y bajo una dictadura que llevaba décadas en el poder.

Sin embargo, a eso de las ocho de la noche nos acercamos a la embajada de Siria en Egipto y esperamos que hubiera, bueno, no millones ni cientos de miles, sino, por lo menos, algunos miles de egipcios solidarizándose con la lucha siria. Realmente no había más de 200 personas. La pregunta es: ¿A los egipcios les importaba lo que ocurría en Siria? La respuesta es simple: no.

Es más, ni siquiera tenían claro el panorama de lo que ocurría en Siria. Por eso, entre muchas otras cosas, hablar de una nación árabe es una utopía. Porque, finalmente, cada país quedó atrapado en un Estado. Egipto es Egipto; Libia es Libia. Líbano es lo mismo; Jordania es otro tanto, y nadie es capaz de ver más allá de sus fronteras. El problema es que eso se repite y seguimos viéndolo.

Cuando el ataque contra Libia (no ocupación, porque esa nunca la hubo), la invasión de Afganistán o el secuestro de Maduro en Venezuela. La pregunta es: ¿quedamos realmente atrapados políticamente en el marco de los Estados? ¿La gente es capaz de pensar más allá de sus fronteras? Es posible que estemos ante el fin del internacionalismo.

Esta noción aparece con frecuencia y no existe una definición consensuada. ¿Qué es ser internacionalista? El símbolo de lucha más importante del internacionalismo ha sido: las Brigadas Internacionales que pelearon en la Guerra Civil Española. Miles y miles llegaron a pelear al lado de la República, defendiéndola, y murieron, entre ellos muchos latinoamericanos.

En ello había una mentalidad de pertenencia a algo que trascendía el Estado: la idea internacionalista. Después, en el marco de las ideas marxistas-leninistas, se funda la Internacional Comunista y, hoy en día, existe algo parecido en la socialdemocracia: la Internacional Progresista.

El problema no es de nombres ni de estructuras; el problema es de pensamiento. Hoy en día es casi imposible hablar del conflicto árabe-israelí porque los árabes no están peleados con Israel; solamente los palestinos, y ni siquiera todos. Con lo cual, hablar hoy de un conflicto árabe-israelí es desconocer las grandes alianzas que existen entre regímenes, o la gran indiferencia de los pueblos árabes, incluso en relación con Palestina.

¿Por qué? Porque están atrapados en sus propias agendas, que son las del Estado. Incluso hay un simplismo en reducir la solución a uno o dos Estados, sin preguntarnos qué tipo de Estados son. Mientras la izquierda piensa en el Estado como su gran mito, se adapta a la bandera del nacionalismo, aunque todo nacionalismo es de derechas.

¿Qué hay detrás de la inacción ante Cuba?

¿Cuál es el problema central? Que la derecha, la burguesía y las élites sí son internacionalistas porque el dinero —y eso lo dijo, claro, Marx— no tiene fronteras. El capital no tiene patria y ese capital le da lo mismo moverse en Rumanía, en Uzbekistán, en Haití, en Colombia o en Estados Unidos.

Los reales internacionalistas del mundo hoy no son quienes, con nostalgia, desde un Estado en un rincón del mundo, piensan en la Guerra Civil Española. Los verdaderos internacionalistas son aquellos que tienen un jet privado; pero, más que para ir de una parte a otra del mundo, tienen una agenda internacional.

Y el neoliberalismo es eso. No hay agenda más internacionalista hoy que el mercado neoliberal. El problema es que nosotros, los que nos decimos de izquierda, estamos atrapados. En Colombia ni siquiera entendemos bien lo que pasa en Venezuela. Pero peor aún: no solo no lo entendemos, sino que damos por sentado que sí lo entendemos. Y, como damos por sentado que sí lo entendemos, pontificamos sobre lo que pasa allí, pero sin mover un dedo.

No conocemos la crisis de Haití, que queda aquí cerca. Decimos cosas tan estúpidas como que hubo una invasión de tropas gringas en Libia cuando no la hubo, o repetimos versiones sin el menor rigor académico.

Hay consignas, y las de la izquierda están avanzadas en lógicas de derecha, como la patria, el Estado y la nación, mientras que la derecha se quedó con el internacionalismo. Algo parecido al debate de la ciencia, donde la derecha se quedó con la ciencia y nosotros nos quedamos con mentalidades ancestrales y milenarias que no responden a las preguntas de hoy.

En ese orden de ideas, hay que preguntarse: ¿alguien se la va a jugar por Venezuela? No. Por eso circula en las redes sociales una canción en la que una niña se burla de los rusos y los chinos que, supuestamente, en su cabeza le han prometido la solidaridad absoluta cuando toquen el primer pelo de Maduro, pero eso no sucedió.

De la misma manera que hoy sería impensable que algunos ejércitos fueran, aunque sea de manera anecdótica, a ayudar a Argentina si decidiese invadir las Islas Malvinas, mientras la OTAN sí es internacionalista, el Fondo Monetario Internacional sí lo es, la Organización Mundial del Comercio lo es.

Ahora, Cuba, ¿qué pasa en Cuba? Pues es que no importa: las medidas contra Cuba no son por la democracia; como la ocupación de Irak no fue por armas de destrucción masiva, y como claramente el ataque a Venezuela fue por petróleo.

El imperio y Trump han dejado claro que pueden imponer no solo los aranceles que quieran al mundo, sino también que nadie le venda petróleo a Cuba. Hoy, aunque nos duela reconocerlo, Cuba está sola. Y el internacionalismo es más una nostalgia que una realidad.

Tal vez el problema no sea Cuba ni Venezuela ni Palestina. Tal vez el problema es que hemos aceptado que la solidaridad termina donde empieza la frontera. Nos declaramos progresistas en casa, pero prudentes en el mundo. Si el internacionalismo quedó reducido a una consigna nostálgica, no estamos ante una derrota diplomática, sino ante una derrota moral. Y entonces, para salvarnos, llamamos «realismo político» a lo que es claudicación.

(Nota para los que puedan leer con mala leche y a la defensiva: esta columna no niega para nada el gran esfuerzo solidario con Cuba por parte de varios grupos y personas; se cuestiona es la cantidad y la intensidad del compromiso hacia Cuba).

PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es el asesor presidencial para las Relaciones Internacionales del gobierno colombiano.