Egipto y el “golpe democrático”

Egipto

Víctor de Currea-Lugo | 22 de julio de 2013

Reflexiones de un testigo ocular acerca de esa sociedad fracturada tras la toma del poder por parte de los militares, oportunistas y camaleónicos.  Los Hermanos Musulmanes formados en la oposición, no supieron administrar el poder.

La historia oficial

La noticia es simple: interpretando el sentir de millones de personas que pedían la caída de Mohamed Morsi — presidente elegido democráticamente — el ejército de Egipto dio un ultimátum de 48 horas para que el gobierno tomara una serie de medidas. De no ser así, los militares removerían del poder a Morsi y tomarían el control del país.  Efectivamente eso ocurrió el 3 de julio de 2013.

Muchos detractores de Morsi, salieron a celebrar con pancartas a favor de los militares, recordando rostros de miembros de dicha institución relevantes en la historia contemporánea de Egipto, como Gamal Abdel Nasser y Anwar El Sadat. Esa versión oficial de los hechos se acompañó de una bien planeada y exitosa campaña mediática.

Los militares egipcios habían “inventado” en lo que alguien denominaba la mítica Plaza Tahrir “la cuarta vía”: llegar al poder por las armas, pero no producto de una lucha armada, sino por decisión del ejército oficial.  Lo demás resultó sencillo: negar y perseguir cualquier otra versión de los hechos.

Morsi, error tras error

En junio de 2012, tras una semana de incertidumbre, Morsi fue reconocido por el gobierno militar de transición como presidente: el primero elegido democráticamente en la historia de Egipto.

Antes, en 2011, millones de egipcios en menos de 20 días tumbaron un gobierno de más de 30 años. Un gobierno militar de transición, liderado por el mariscal Tantawi, se hizo con el poder. Frente a la creciente presión popular, Tantawi aceptó realizar elecciones. Fue preciso ejercer aún más presión para que aceptara el resultado de las urnas. Ahora Morsi celebraba.

Pero la primera decepción vino muy pronto: Morsi prometió gobernar para todos los egipcios y a los pocos meses había prescindido de sus aliados — liberales, izquierdistas, coptos, laicos — para monopolizar el poder nombrando exclusivamente figuras de los Hermanos Musulmanes en los puestos claves de gobierno. Hay que recordar que formalmente el gobierno no figuraba como de los Hermanos Musulmanes, sino del partido Libertad y Justicia, fundado en 2011.

La mayoría de las reivindicaciones sociales esgrimidas para sacar a Mubarak cayeron en el olvido. Morsi empezó a gobernar más con su fe religiosa que con una agenda política, aunque el gobierno siempre estuvo pendiente del juicio a Hosni Mubarak y de un cambio profundo en la Corte Suprema, elementos que después irían a volverse en su contra.

La economía no levantaba cabeza e iban en aumento las quejas del sector turismo, uno de los más importantes de Egipto. Los cortes en servicios públicos, especialmente en la electricidad, eran más y más frecuentes. Las peleas internas dentro del partido de gobierno aumentaron y, muy tarde, se dieron cuenta del gran descontento en su contra.

Tal vez el principal error de Morsi — además de su pasividad y de su falta de liderazgo percibida en las calles egipcias — consistió en pretender transformar un país desde la lógica institucional previa: algo así como pisar callos, pero a las buenas.  Morsi tal vez esperaba que su sola investidura de Presidente le garantizara la protección del caso. Como advertía Weber, la política no es cosa de ángeles, sino de seres humanos.

Los Hermanos Musulmanes, entrenados para hacer oposición, no supieron qué hacer con el poder: se les fue el tiempo en peleas internas y en discursos edulcorados, alejados de las calles. Su gran apoyo político inicial se agotó rápidamente, al tratar de imponer normas concebidas más en función de la religión que de la política. Cuando se dieron cuenta, los militares ya estaban tocando a la puerta.

Los militares camaleónicos

Los militares han sido el poder real en Egipto desde 1952: controlan más del 40 por ciento de la economía del país. El ejército ha sido la cuna de los últimos líderes egipcios: Nasser, Sadat, Mubarak, Tantawi y Sisi. Su prestigio entre los egipcios es alto, precisamente por su muy inteligente oportunismo político: se pusieron “al frente” de las revueltas de 2011 y en 2013 han actuado como “salvadores”.

La oposición a Morsi — compuesta no solo por laicos, sino también por mubarakistas, coptos, liberales e izquierdistas — salió a las calles por millones en enero de 2013. Los militares leyeron correctamente el momento histórico, como ya lo habían hecho al declararse neutrales ante la inminente caída de Mubarak, a comienzos de 2011.

En junio pasado, dieron un plazo de 48 horas al presidente Morsi para que corrigiera el curso o sería destituido. El ejército no lideraba el malestar contra Morsi, pero supo ponerse en primera fila para recuperar la legitimidad perdida por la mala gestión de Tantawi. Finalmente, el 3 de julio, Morsi fue detenido y los militares tomaron el poder: una parte del pueblo egipcio celebró en las calles.

Curiosamente, las pancartas a favor de los militares golpistas incluyen las caras de Nasser, Sadat y Sisi, pero excluyen deliberadamente la de Mubarak. De la mano de Sisi, el ejército logró reescribir la historia reciente, ganando la guerra mediática.

De hecho, en el lado pro–golpe no se mencionan para nada las históricas violaciones de derechos humanos desde hace más de 60 años, Hasta víctimas emblemáticas a manos del ejército — como Mina Danial — se presentan ahora como muertos por los Hermanos Musulmanes.

Todos conspiran, todos son terroristas

Para el sector que apoya la caída del gobierno de los Hermanos Musulmanes, CNN es considerada ahora una agencia “terrorista”, porque informó sobre las marchas de apoyo a Morsi. Igualmente, Obama apoya el terrorismo porque ha insistido tímidamente en que el presidente elegido es Morsi.

Incluso algunos grafitis en las calles del Cairo presentan a Morsi como títere de Israel. Algunos repiten que los Hermanos Musulmanes están al servicio de la CIA, un discurso que no es nuevo: se decía lo mismo en la década pasada, que había pactos por debajo de la mesa entre los Hermanos Musulmanes y el gobierno de Mubarak.

Los Hermanos Musulmanes, que se sumaron dos días después a las marchas de enero de 2011, serían, según sus detractores, unos oportunistas que leyeron bien el momento político en 2011, poniendo su red social al servicio de la causa para ganar respaldo político.

La famosa “batalla de los camellos” fue un episodio que les permitió ganarse el respeto del pueblo: cuando la policía atacó a los manifestantes en enero de 2011, fue repelida por la Hermandad.

Para el sector que apoya a Morsi, el plan de desestabilizar el país fue concebido por los militares desde el día que Morsi ganó las elecciones. Los recortes continuos de los servicios públicos desaparecieron espontáneamente tras la salida de los militares, lo que prueba que no eran fruto de la escasez, sino de una estrategia oculta y deliberada.

Antes de la marcha del 30 de junio de 2013, policías reconocían que irían a participar vestidos de civil. En fin, los militares minaron el corto gobierno de Morsi, borraron mediáticamente su pasado mubarakista y se erigieron de nuevo como los guardianes de la revolución.

¿Unidad de acción o amor de verano?

Las coaliciones políticas al comienzo de 2011 eran así: los Hermanos Musulmanes en las calles, con coptos, laicos e izquierdistas contra un Mubarak apoyado por la policía, mientras el ejército se declaró neutral. A mediados de 2011, los militares en el poder bajo un gobierno de transición crearon cierto frágil consenso político a la espera de las elecciones.

En 2012, los errores de los militares (especialmente la postergación injustificada de unas elecciones) puso a parte del pueblo en su contra, forzando un camino electoral. A mediados de 2012, ante la disyuntiva de los dos candidatos que llegaron a la segunda vuelta (Morsi, de los Hermanos Musulmanes y Shafik, del antiguo régimen y apoyado por el ejército) la gente votó más por Morsi quien prometió gobernar para todos.

Los errores de Morsi llevaron a que en enero de 2013, muchos sectores descontentos (incluso jóvenes de los Hermanos Musulmanes) salieran a las calles. A esta coalición se sumaron a mediados de 2013, los mubarakistas y los militares, llevando a la caída de Morsi.

Ahora hay dos bloques muy heterogéneos: los partidarios del regreso de Morsi y los anti-Morsi. En el primero están los Hermanos Musulmanes y además jóvenes de la revuelta de 2011, intelectuales, izquierdistas y gente que creyó en la vía electoral. En el segundo, musulmanes desilusionados, líderes de la Universidad de Al-Azhar, coptos, militares, mubarakista y, durante pocos días, los salafistas, aliados usuales de la Hermandad. Ninguno de los dos bloques representa una organización política estable, son alianzas de momento, amores de verano que se pueden fracturar mañana mismo.

Ahora hay un marginal llamado a las armas: está el Bloque Negro anti-Morsi, así como un reciente llamado de uno de los Líderes de la Hermandad diciendo que, ante el robo del camino electoral, sólo queda la violencia.

Una sociedad fracturada

Algunas enseñanzas preliminares de la situación política actual de Egipto, a flor de piel, tras discutir  en estos días con periodistas, activistas, Hermanos Musulmanes, cristianos coptos, laicos y hasta policías: Un mal chiste decía que si quieres que las masas te sigan, ponte al frente de ellas; eso hizo el ejército egipcio.

En 2011 supieron desmarcarse a tiempo de Mubarak, se enredaron al frente del gobierno de transición 2011-2012 y ahora vuelven como el poder detrás del poder civil; aprendieron y actúan como un auténtico camaleón. Sobre Ciudad Nasser llueven volantes desde los helicópteros invitando a parar la movilización.

Los Hermanos Musulmanes, criados en las tareas de la oposición, no supieron qué hacer con el poder. Como muchas organizaciones de oposición, no estaban preparadas para la pelea política ni para la administración de las instituciones. La ingenuidad no es una justificación, ni las buena intenciones un argumento serio.

La guerra mediática, la amnesia selectiva, la negación de cualquier cualidad o acierto en el contradictor reduce al enemigo a un estereotipo. Hoy por hoy, la barba larga es símbolo de ser miembro de la Hermandad y hasta motivo de discriminación.

La idea de la guerra contra el terrorismo ha contaminado al mundo árabe: todo enemigo es terrorista. Las mutuas acusaciones de ser de la CIA o de Al–Qaeda no sólo son posturas simplistas, sino infantiles.

Los aliados en política no son amigos, Egipto nos enseña que la gente se puede mover más rápido que las instituciones. No sobrevive la organización más justa o mejor intencionada, sino la que mejor se adapte.

Estados Unidos reconoce políticamente a Morsi, pero financia al ejército: pase lo que pase saldrán ganando. Pero afirmar que Estados Unidos está detrás de todo este confuso proceso no es más que el fruto de la paranoia heredada de la Guerra Fría. Es cierto que Mubarak vendía gas subsidiado a Israel, pero Morsi tampoco hizo mucho por los palestinos.

Los egipcios parecen latinos: piensan con el corazón. Por eso, sostener un diálogo calmado es una tarea casi imposible. Basta con reconocer algo positivo al lado contrario del interlocutor, para recibir una serie de críticas. Más allá de quién es la mayoría, el país se siente fracturado.

Dice el viejo refrán que a veces los árboles no dejan ver el bosque. Aquí pasa lo mismo: los egipcios no dejan ver a Egipto.

Publicado originalmente en Razón Publica