Víctor de Currea-Lugo | 18 de febrero de 2026
A Fernando, el bello suicida
No hay cosa más infame que hablar mal de un suicida. Los muertos merecen el respeto que los vivos no alcanzan. Llegaron a la meta y eso merece reconocimiento, así sean los últimos.
Pero el suicida, a diferencia del muerto natural, no dejó su partida en manos del desgaste del tiempo. A diferencia del que muere por violencia, el suicida se reservó un derecho semejante para sí.
Dicen que no hay paraíso para el suicida, pero tampoco hay infierno. Irse por mano propia es un ejercicio que merece el paraíso. El suicida se libera del infierno en la tierra o a lo mejor ha descubierto a tiempo que la tierra es el infierno.
El suicida se respeta a sí mismo como quien sabe irse de una fiesta por voluntad propia; así, en verdad, lo haya empujado el cansancio o la pereza.
Hay quienes, un día, se suicidan y sorprenden al mundo porque nadie sospechaba de esa fortaleza interior para dar el paso al vacío. Hay otros que venían suicidándose de a poquitos peleando en cada atardecer y renunciando al mundo en cada mañana sin nubes.
La muerte tiene una tranquilidad que los vivos no entendemos, pero que, extrañamente, envidiamos. Es posible que morir sea dejar de ser, pero suicidarse es ser.
Hay suicidas que cometen el error de hacer de su acto un castigo para los demás y entonces reparten culpas, lo que me parece que les quita dignidad y les cuestiona el pudor. Otros dejan una carta como un mensaje eterno, compacto, para siempre, sin derecho a la réplica.
La familia y los amigos no terminan de entender. Tal vez, si entendieran, también se irían de este mundo por su propia mano. Tal vez la única tarea que tenemos los vivos frente al suicidio es guardar silencio y no tratar de entender lo inentendible.
Hasta estas palabras son inútiles, porque él no puede leerlas y los que seguimos vivos no entendemos ese último instante en el que lo inevitable surge. Ni la brisa que mueve la cortina ni el maullido del gato alcanzan a interrumpirlo.
Con los años se borra el hombre y queda el gesto final. Se pierden la voz, la risa y las manías. Permanece solo la decisión última. Se desdibuja lo que fue y sobrevive el instante en que dejó de ser.
Todos hemos fantaseado con la muerte, envidiando a quienes se van siguiendo su propia voluntad. Es muy posible que un día se junten en las manos la promesa suicida, la sensación de ya haber hecho y la ausencia de palabras para escribir otra carta.
Pero fantasear no es decidir. Pensarlo no es hacerlo. Tal vez esa sea la única diferencia que nos mantiene aquí, de pie, hablando, haciendo, amando y odiando todavía.
PD: Siempre es mejor decirle algo al suicida, antes de que lo sea. Siempre es mejor darle el abrazo o el insulto a tiempo. Lo demás son nostalgias innecesarias e inútiles.











