Irán y las guerras existenciales

Víctor de Currea-Lugo | 1 de marzo de 2026

Yo no creo ese cuento de las guerras “particulares, únicas e irrepetibles”. Más bien me inclino a pensar que una guerra se parece a la otra. Y dentro de ese orden de ideas, rechazo el particularismo de las guerras que he visto en muchos frentes.

Pero creo en la categoría de “guerra existencial”, especialmente tras el asesinato del ayatolá Jamenei y de otros muchos líderes políticos y militares; no fue solo un asesinato sino una operación de decapitación política del Estado iraní.

He entrevistado en mi vida a kurdos, gente de Cachemira, resistentes en Palestina, combatientes sirios, milicianos iraquíes y talibán en Afganistán. Y, de alguna manera, hay una tendencia en cada uno de ellos en creer que su guerra es “única e irrepetible”.

No quise mencionar, por obvias razones, que ese mismo argumento lo mantienen algunos analistas de Colombia, que creen que somos el ombligo del mundo, hasta el punto de que alguna vez en Madrid propusieron que Colombia tuviera un DIH especial porque nuestra guerra era especial.

Dicho lo anterior, hay un afán académico profundamente torpe de crear categorías de las guerras. Por ejemplo, hablar de guerra híbrida cuando, en rigor, todas las guerras son híbridas; hablar de guerra de “baja intensidad” cuando las intensidades, pues, no tienen una medición objetiva.

Incluso hay universidades, como la de Uppsala, que plantean que un conflicto armado es más importante que otro si supera los mil muertos en un determinado tiempo; 999 no son suficientes.

Otra es la guerra en “generaciones”, que únicamente sirve para medir guerras estatales, porque con esas no se pueden medir guerras de los tiempos antiguos, ya que no existe el Estado como tal.

Pero más allá de esos oportunismos académicos para crear categorías, creo que hay dos categorías que podrían ser importantes de mencionar. Uno: las guerras que determinan la geopolítica; dos: las guerras existenciales. Y las dos categorías que propongo confluyen en el caso iraní.

Guerras que transforman la geopolítica

¿Qué son las guerras que determinan la geopolítica? Son aquellas que, por su dinámica, agenda y actores, van a afectar de manera significativa el curso de la política mundial. Por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial, por supuesto, o la guerra de Vietnam. Sin embargo, hay otras guerras que, por dolorosas, sangrientas, terribles e injustas que sean, están marginadas de la agenda mundial. Lo que no debería ser, pero es.

Por ejemplo, las guerras del Congo. ¿A quién le importa El Congo si nos han hecho creer que son guerras culturales cuando son socioeconómicas y que es un problema eterno de los negros? ¿A quién le importa el genocidio de Darfur? Allí nos han hecho creer que es un problema de negros y de árabes. Pero cuando estuve allí, me di cuenta de que todos los negros hablan árabe y que todos los árabes son negros. Así que la farsa antropológica no funcionó allí.

¿Cuáles son aquellas guerras que le quitan el sueño al mundo? Una, sin duda, Ucrania; una hipotética, en caso de que hubiera algún incidente militar entre China y Taiwán y, por supuesto, lo que haya ahorita entre Irán e Israel. Me pregunto, y dejo sólo como pregunta, si acaso el genocidio en Palestina generalmente generó alguna ruptura en la geopolítica, o si lo que hizo más fue ratificar el statu quo horroroso que tenemos.

Las guerras existenciales

Ahora me atrevo a pensar en otra categoría: las guerras existenciales. Esas guerras en las que se juega la existencia misma de un pueblo, por ejemplo, la de Hamas y el resto de los grupos de resistencia en Palestina, porque allí está sobre la mesa la supervivencia de Palestina.

También es de supervivencia la que ya mencioné: la de los Rohingya, en su levantamiento contra el horroroso gobierno militar de Birmania centralista, aplaudido tanto por los budistas como por algunos sectores de la sociedad civil, entre ellos, la ganadora del premio Nobel de la Paz.

Agreguemos la guerra de los sirio-kurdos contra el Estado Islámico, la batalla de Stalingrado o la resistencia judía en el gueto de Varsovia. Pero no basta con la categoría genocida, sino con la categoría simbólica de creer que hasta aquí llegamos, de que hemos llegado a un límite en lo que nos reconocemos como identidad colectiva.

Hay una entidad colectiva que se llama Irán, construida durante miles de años, desde Persépolis hasta nuestros días, que, con giros muy interesantes, aunque discutibles, por supuesto, ha logrado articular en un mismo discurso que no es totalizante, pero sí es determinante, la religión musulmana chií, el nacionalismo iraní y la cultura y el pasado persa.

Esa idea, a pesar de todas las diferencias iraníes internas: allí hay kurdos, hay una región que se llamaba Baluchistán, una gran población árabe e incluso miles de judíos. A pesar de todo eso, sí hay una unidad predominante en lo que llamamos Irán.

Ese Irán ha sido amenazado desde 2002, al menos por parte de Netanyahu, y acusado de poseer armas nucleares. Eso no está probado. A pesar de eso, tengo entendido que el 70 por ciento de los inspectores nucleares del mundo están allí, buscando como huesos el arma nuclear que nunca aparece. A ninguno de ellos se les ha ocurrido coger un avión e irse a Tel Aviv y mirar donde realmente sí hay armas nucleares, como se ha documentado.

Al lado de eso viene un problema central: los ataques que se habían cometido contra Irán por parte de Israel, ya sea mediante el asesinato de sus científicos nucleares, la infiltración, con acciones que han realizado la CIA y el Mossad en las calles de Irán. El ataque del año pasado, donde hubo una gran ofensiva, aunque limitada, en la famosa Guerra de los Doce Días, hoy es diferente

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Recuerden que Irán es parte del Tratado de No Proliferación y, por tanto, tiene todo derecho a producir energía nuclear con fines pacíficos. Es decir, de Irán se podrá decir lo que se quiera, pero no que esté fuera del derecho internacional.

Atacaron 24 de 31 provincias de Irán; bombardearon la ciudad sagrada de Qom y asesinaron al ayatolá Jamenei. Así que lo que está en juego es la supervivencia de Irán, lo que le obliga a una reacción distinta.

En este momento, ponernos a discutir sobre qué tan democrático o poco democrático es el régimen de los ayatolás es un descache en el “timing”, como dicen los gringos, porque ahora la gran pregunta es si tendremos Irán como lo entendemos para rato. Por eso, la reacción iraní fue tan fuerte de para atacar todas las bases militares de sus vecinos. Fue una reacción inmediata y regionalizada.

Ahora es profundamente torpe y hasta miserable tratar de decir que atacar la base militar de Estados Unidos en Qatar es atacar al pueblo qatarí, o que atacar la Quinta Flota de los Estados Unidos estacionada en Bahréin es querer acabar con el sagrado pueblo de Bahréin.

Aparte de eso, se está desconociendo y, aparte de lo anterior, hace claramente una aclaración necesaria: la confusión entre base militar y población civil no es un error inocente sino una forma de retórica política que busca desplazar la discusión hacia la emoción y alejarla del derecho. Si nos preocupan más los potenciales civiles víctimas que tenga Qatar que los centenares reales de víctimas civiles en Irán (entre ellas, más de 100 niñas en edad escolar), estamos muy mal de análisis.

Caemos en la desgracia de creer que el derecho internacional todavía nos va a dar luz sobre un problema grave. No es decente ni de buen recibo hablar del derecho internacional sin reconocer un crimen reconocido por la Corte Penal Internacional: el crimen de agresión. Entonces, plantear el derecho internacional sólo como no matar a civiles, pues se reduce el derecho internacional a una rama de él, el derecho internacional humanitario.

Conviene recordar que el derecho internacional también reconoce el derecho inherente a la legítima defensa frente a un ataque armado. La Carta de las Naciones Unidas no exige pasividad ante la agresión. Discutir la proporcionalidad de una respuesta sin reconocer previamente ese derecho introduce un profundo sesgo en el análisis y desplaza la responsabilidad hacia quien ha sido atacado.

Tampoco es de la mejor estrategia esperar que la ONU, esa misma que, con sus agencias, ha satanizado a Irán por hacer uso de sus mecanismos legales de generar uranio de desarrollar energía nuclear con fines pacíficos, ahora le responda como si acaso la ONU fuera un espacio democrático y no un espacio en el cual Estados Unidos decide qué se hace y qué no se hace.

Si a este ataque sumamos un encerramiento económico que lleva años, un encerramiento con bases militares en todos los vecinos, un aislamiento comercial como el que ha impuesto Estados Unidos, una negación de Irán como Estado y como actor válido del derecho internacional, es poco el argumentario para “relativizar” ese crimen de agresión.

Entonces, ¿con qué cara le vamos a decir a Irán que no, que no es un problema existencial? Y si a todo lo anterior se agrega la muerte del ayatolá Jamenei, que simbólicamente significa la unidad de lo que es Irán, entonces estamos ante una guerra de orden existencial.

Ahora, no es una guerra existencial y marginal como la que afronta el pueblo palestino. Ni una guerra determinante, pero no existencial, Irán enfrenta ambas: existencial y determinante a nivel global.

Por tanto, la geopolítica mundial se enfrenta a un problema: Estados Unidos e Israel “despertaron” a Irán, lo que nos lleva necesariamente a un escenario en el que Irán se enfrentará a la supervivencia. Recordemos que Irán empató en la guerra contra Irak y el resto del mundo en los años 1980, y se ha preparado realmente de cara a la guerra actual.

Sin embargo, las guerras existenciales no obligan necesariamente a respuestas ilimitadas. La historia muestra que incluso los Estados convencidos de luchar por su supervivencia pueden optar por guerras limitadas, cuidadosamente calibradas para preservar la continuidad del Estado antes que lanzarse a una escalada total.

Irán podría decidir responder de manera controlada o indirecta, no por falta de convicción, sino porque preservar su estructura política puede resultar más estratégica que una demostración inmediata de fuerza.

Volvamos a los dilemas de fondo: como la Carta de las Naciones Unidas no le ofrece alternativa y el sistema internacional tampoco, lo único que le queda es defenderse, convencido de que su propia existencia está en juego. Y si eso cambia o no el mundo, o si genera una geopolítica diferente, la culpa no es de los iraníes.

Y quizás, como ha ocurrido demasiadas veces en la historia, el problema no sea la respuesta del acorralado sino la soberbia de quien creyó que podía acorralarlo sin consecuencias. Porque las guerras existenciales tienen esa particularidad incómoda: no terminan cuando lo decide el más fuerte, sino cuando el que sobrevive decide que todavía existe.

English version: Iran and Existential Wars

PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es asesor presidencial del gobierno colombiano.