Perdón

Víctor de Currea-Lugo | 15 de febrero de 2023

La vida, si lo pensamos bien, es una larga cadena de perdones. Y más aún para los que hemos nacido en medio de la culpa. Tenemos el pecado original. No alcanzamos a abandonar el único refugio más o menos sagrado cuando ya nos viene la culpa como una carga insoportable que va quebrando nuestros huesos y nuestras humanidad.

Perdón. Así, sin excusas ni matices, no porque no los haya, sino porque no vienen al caso. Me porté desde una forma naturalizada y generalizada de ver el mundo, pero no por ello correcta. De nada sirve distinguir lo que en realidad pasó de la exageración, ni lo cierto de la mentira. Lo único real es que, bajo las circunstancias que haya sido, pude haber hecho daño, sin intención, a algunas personas. Y eso no está bien.

No puedo devolver el tiempo, ni transformar el pasado. Tampoco puedo esperar que mi obra me redima porque, en los tiempos que corren, se une al autor con su obra. Lo cierto es que, independientemente del autor, ahí está un legado para la paz, el estudio de los conflictos armados, de Oriente Medio y del derecho a la salud que ojalá no pasen al olvido. De corazón, perdón a todas las personas a las que pude haber lesionado.

Mi comportamiento ha tenido unas consecuencias que no puedo ni quiero evadir. Pude haber traicionado un contrato social de convivencia y precisamente en el momento en que más se necesita.

Mi esencia humana es la misma: no dejo de ser el humanitario, el analista, el profesor, ni el escritor que ahora se desdibujan ante las últimas noticias. Pero eso, que sigo siendo yo, todavía está ahí y presto a echar una mano a quien la necesite. Y de esos Víctor han dado fe otras personas a cambio de nada.

No pido perdón desde la formalidad hipócrita y vacía, pero tampoco desde un hipotético escenario en que se me endilga tanta basura. Cada persona sabrá qué puede o qué quiere perdonarme, porque esta carta (aunque sea colectiva) tiene múltiples destinos, tantos como versiones de esa apabullante realidad.

Mi condición humana es una variable, pero no puede ser una excusa. Gracias a los que todavía creen en ese otro Víctor, más cercano al doctor Jekyll que a míster Hyde. Compararme con otras personas no me sirve. Solo me queda el camino del silencio y la introspección personal para curar mis heridas, las merecidas y las inmerecidas.

Desde la consciencia de mí mismo, en mi mundo interior, me acompaña un juez implacable. Y ello solo es posible en la distancia y en la soledad que ahora abrazo. Desde el fondo de lo que he sido y de lo que he hecho de mí mismo, perdón.

El problema global, el general, trasciende; es colectivo y creciente, es un desafío al que no le veo solución ni en los tribunales, ni en las redes antisociales. Nos queda, tal vez, el camino descarnado y directo del diálogo, de quemarnos las manos, de llegar desarmados a la mesa (aún con rabias y deudas pendientes), mirarnos a los ojos y empezar a andar en otra dirección. Por lo menos, de intentarlo.

Si queda algo por aclarar es que esta carta no es la clausura de un debate, ni de mis aprendizajes. Las transformaciones y los debates siguen estando pendientes en la sociedad, sin moralismos, sin dobles estándares y sin puñales ocultos.