Colombia en la era de posconflicto

Por: Víctor de Currea-Lugo  / 2007/03/03

 

Aunque la guerra que sacude al país no termina, cada vez se habla y se escribe más de una etapa que aún no ha llegado. Víctor de Currea-Lugo, responde qué significa esto.

Las librerías de Colombia empiezan a llenarse de libros sobre el posconflicto, los expertos hablan más y más del tema, varias investigaciones tratan de estudiar y comparar otras experiencias de posconflicto con el preposconflicto que se anuncia en Colombia. Parece una moda basada en pocas evidencias y muchas opiniones, de dudosa fortaleza.

Cuando hace más de 15 años las organizaciones guerrilleras M-19 y EPL firmaron sus procesos de paz con el gobierno colombiano, no se habló de posconflicto sino de reinserción. Tampoco nadie hizo demasiado énfasis en el término posconflicto cuando una parte del ELN se desmovilizó en 1994 bajo el nombre de Corriente de Renovación Socialista (CRS). Ni siquiera se puso de moda la palabra posconflicto en la efervescencia de una paz inminente que rodeó la zona del despeje otorgada a las Farc en 1999 por el gobierno de Andrés Pastrana (aunque algunos la usaron).

Recuerdo que durante la década de los años 1980, el EPL pidió la aplicación del DIH al conflicto colombiano convencido de que, si se aplicase, entonces el EPL y las demás organizaciones guerrilleras serían reconocidos como “beligerantes” y la revolución estaría más cerca gracias a cierta aceptación internacional; al tiempo la Fuerza Pública rechazaba el DIH argumentando que tales normas les impediría luchar eficazmente contra la guerrilla, y ambos no podían estar más equivocados.

En 1996, el presidente Ernesto Samper, con un juego estadístico del Departamento Nacional de Planeación, redujo el número de pobres en 500.000: de un día para otro medio millón de colombianos amanecieron no-pobres. Hoy día, según el Dane, en Colombia no hay los 3,6 millones de desplazados que cita la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (Codhes) ni tampoco los más de dos millones que acepta Acción Social, sino solo 800.000, por obra y gracia de las estadísticas. Como decía un profesor de epidemiología de la Universidad de Antioquia burlonamente: “dime qué resultados quieres y te digo qué variables incluir”.

En 1998, trabajando con una agencia humanitaria internacional debí atender como médico a combatientes del conflicto armado colombiano; al llegar a Bogotá visité las páginas web de las Farc, del ELN, de las AUC e incluso del Ejército, y cada una en su “parte de guerra” tenia una versión tan distorsionada que mi conclusión fue tajante: yo no estuve donde estuve porque las partes del conflicto y los analistas dicen que no sucedió como lo viví sino como ellos lo dicen.

Con Uribe la tesis es que no hay conflicto armado, que se trata simple y únicamente de un problema de terrorismo, como decía Sharon en relación con Palestina, Putin en relación con Chechenia, Bush hablando de Irak y de Afganistán. Así que los desplazados terminan siendo, más o menos, turistas internos que por su propia voluntad se van a las ciudades.

¿Qué tienen en común todos los hechos anteriormente narrados? La transformación del conflicto en otra cosa: unos lo niegan de manera directa, como Uribe; otros lo reducen a la cultura; varios lo encierran en categorías jurídicas que desconocen; otros niegan los problemas estructurales, como la sociedad civil de Francisco Santos; otros lo minimizan en las estadísticas, como el Dane; otros lo llaman posconflicto, desviando la real agenda del conflicto; y todas las partes del conflicto intentan ganar la guerra en los papeles. Pero ninguno de esos discursos refleja la realidad de lo que viven y sufren los afectados por la guerra.

Ahora, cuando el grueso de los grupos paramilitares continúan con su control político y social, cuando la mayoría de armas de las AUC no han sido entregadas (los observadores coinciden que fundamentalmente solo armas cortas y caseras han sido entregadas), cuando es más y más claro que no hay “nuevos” paras sino que son los mismos con las mismas armas y hasta los mismos uniformes, cuando el ELN continúa con una mesa de negociación en La Habana pero sin haber firmado acuerdo alguno, cuando las Farc parecen reponerse de su repliegue mitad obligado y mitad decidido por ellos mismos y realizan operaciones militares importantes contra el Ejército, cuando estructuras urbanas de las Farc realizan actos de sabotaje y crecen sus milicias, resulta que, según algunos expertos, Colombia está entrando al posconflicto.

Es cierto que ahora se investigan fosas comunes, se habla de reparación y se mencionan figuras que, aparentemente, solo ocurren en el posconflicto. Pero eso es la conclusión de pensar que los conflictos son lineales en, más o menos, el siguiente orden: terrorismo, lucha armada, violaciones al DIH, desplazamientos, empate negativo de las partes armadas, firma de tratados, investigaciones, tribunales, reparación, verdad y convivencia pacífica. Eso no se da ni siquiera en conflictos de corta duración, mucho menos en conflictos crónicos. Ahora, si nos ponemos a hablar en rigor, en Colombia no parece que vaya a ver ni verdad, ni justicia ni reparación en la farsa de proceso con los paramilitares; así que tampoco por ahí se puede hablar de posconflicto.

El mensaje de esta lectura del posconflicto es que en medio del conflicto no puede haber justicia, ni verdad, ni reparación, sino que tales elementos solo son posibles al final del camino, como los que dicen erróneamente que los derechos humanos se aplicarán en la paz, cuando es al revés: Colombia estará más cerca de la paz cuando respete los derechos humanos.

Esa visión del posconflicto niega que en Colombia ha habido procesos de negociación con unas guerrillas mientras otras continúan los combates, intercambios humanitarios sin proceso de paz y mesas de negociación con áreas desmilitarizadas en medio de la guerra. Así que decir que estamos en el posconflicto por un proceso de paz entre el Estado y unos que no estaban en guerra con el Estado, los paras, es triunfalismo.

El número de desaparecidos y de desplazados han aumentado, el número de 14 muertos diarios por el conflicto armado para el período 1996-2002, se mantiene para el período 2002-2006. Ha disminuido el número de masacres, pero ha aumentado las muertes “gota a gota”; los efectos de las minas antipersona coloca a Colombia en el primer lugar en el mundo por este tipo de crímenes; los secuestrados nunca habían estado tan desilusionados de un “intercambio humanitario”; dicen que hay menos desplazados, pero más pueblos confinados donde no se puede ni entrar ni salir, pero, según los expertos, estamos ad portas del posconflicto, basados en que ahora se va de Bogotá a Melgar sin tanto problema.

Las Farc han dicho reiteradamente que no habrá negociaciones con el gobierno mientras Uribe esté en el poder, lo que nos lleva a extender el conflicto hasta por lo menos más allá de 2010. Si Uribe no repite (cosa que es posible aunque improbable) un proceso tomaría varios años, como fueron los casos centroamericanos, con guerrillas menos numerosas, en contextos menos enredados sin tanto narco de por medio.

Es decir, el escenario del cacareado posconflicto podría empezar más allá de 2015 ó 2020, años en que la dinámica colombiana no será la misma que en la coyuntura actual. Luego, construir en posconflicto del futuro con las mentiras del pasado y los pretextos del presente raya entre lo ingenuo y lo perverso. Pero como dice la ley de Murphy: “si la realidad no concuerda con el informe, deseche la realidad” y prepárese para el posconflicto.

PHD. Investigador del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (España) y profesor universitario.