04 de Julio de 2020 | Víctor de Currea-Lugo

Si la serie Dark tuviera razón, la esperanza desaparece pero quedaría explicada esa naturaleza humana que nos hace ser animales que tropezamos con la misma piedra una y otra vez, y seguimos escogiendo el mismo camino, como si fuéramos Sísifos conscientes y masoquistas. Las cosas pueden suceder en el pasado, el presente o el futuro; en un mundo paralelo, o en paralelismo dentro del mismo mundo. Es decir, lo mismo pasa con pequeñas diferencias cosméticas en todos los espacios y tiempos, entonces no hay escapatoria.

Hay una oferta de salvación que hacen muchos, incluso desde lados opuestos ¿salvarse de qué? Pareciera de un pecado original que no es explícito. Lo que sí es claro es que en la loca carrera por ganar adeptos, las relaciones interpersonales se supeditan al dogma, a la agenda de la propuesta salvadora.  Adán tiene en su oficina el cuadro “la caída de los condenados”, con en el que refuerza su convicción de estar del lado correcto de la historia. Pero los dos lados se portan igual y, tal vez por eso, aparece textual la cita de Nietzsche: “quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo”.

Así, los ismos de nuestro mundo (por llamarlo de alguna manera) le apuntan a la misma promesa salvadora y supeditan de la misma manera las relaciones entre las personas, llámese estalinismo o capitalismo. Las personas son solo piezas de un ajedrez que obedecen a un líder incuestionable. Uno podría identificar prácticas totalitarias, liderazgos incuestionables, dobles raseros y libros sagrados, como una constante de los ismos. Martha sentencia: “nosotros somos el futuro”, sin reconocer que en la serie el futuro construye el pasado.

Curioso que hay también en la serie un libro sagrado, el que ya tiene registrado lo que va a suceder, así mismo como lo anuncian otros libros de nuestro mundo. Si damos esto por cierto, entonces no hay manera de desatar el nudo, de volver al pasado, ni siquiera de actuar voluntariamente. Pero faltan unas páginas, a las que solo acceden los llamados, los ungidos.

La serie es una mezcla entre el eterno retorno de Borges, del Fin de la historia de Francis Fukuyama, en la que no hay nada que hacer e, incluso, del optimismo marxista de que la historia es lineal y nos lleva inexorablemente a un mundo mejor. Somos más un uroboro colectivo (la serpiente que se mueve la cola) que una flecha con arco y trayectoria. Una idea de Dios que aparece es que es el tiempo, el dios Cronos, el que no duda en devorar a sus hijos.

El viaje de Jonas a ver a su padre antes de que se suicide no es más que la prueba de que los actos para burlar el destino son parte del destino. Los actos contrarios a lo esperado, son el resultado de un destino que no necesita explicaciones, sino que convierte a los personajes en sus marionetas.

Y los viajes dejan marcas, cicatrices, pero no por el viaje sino por el paso del tiempo. Eso explica las arrugas de los viejos. Alguna vez alguien pedía perdón por el crimen de un hombre cometido hace diez año y su maestro le decía “¿estás seguro que tú todavía eres el mismo?”. Es el mismo y al mismo tiempo otro. Las cicatrices van ganado espacio y eso es lo que llaman experiencia. Cuando las cicatrices son demasiadas, la gente muere.

Las variaciones entre el pasado y el futuro, entre un mundo y el otro, no son sino cosas anecdóticas, el resultado predeterminado será el mismo. Es como si el destino jugara a hacer amantes a unos en un mundo y hacerlos hermanos en el otro. Pero todos giran buscando la salida, a veces unos son Teseo y otros son el Minotauro, al final nadie sale.  Y al revés del mito de la caverna, de Platón, donde la solución está afuera, aquí la respuesta está en la cueva, en la que nadie cree. Del refugio de Platón hay incredulidad y no se sale, en Dark hay incredulidad y no se adentran.

Pero, a diferencia el mito de Platón, conocer no sirve, porque no conocemos en profundidad, sabemos una gota en un océano de ignorancia, como lo recuerdan muchos personajes. Repetimos tanto los mismos errores que no sirve viajar al pasado o a un mundo paralelo, en todos nos equivocamos. Y nos equivocamos por nuestra naturaleza. Si salimos del paraíso por el conocimiento o por la desobediencia, sigue siendo una pregunta pendiente.

Citan a Arthur Schopenhauer para sentenciar que “uno puede querer lo que hace, pero no puede controlar lo que quiere”, por tanto, no hay sino impulsos como fuerza vital determinante de la acción humana. Son los deseos más ocultos el motor. Es decir, los deseos que nos condenan son los mismos que nos absuelven; pero una absolución no es una solución ni una salvación.

Y aunque “al final la vida es una acumulación de oportunidades perdidas”, el destino inexorable no nos permite aprovecharlas, como si fueran fruto que nosotros, como míseros Tántalos, intentamos coger. Así las cosas, hay variaciones en el tamaño de las hojas que carga una hormiga o cambios en su ruta hacia la colmena, pero nada de eso modifica en esencia el destino de la colonia.

Al final el paraíso no se asocia con la felicidad, sino con la ausencia de dolor. El paraíso es el olvido del dolor. Como diría Borges: “el olvido es la única venganza y el único perdón”. Adán dice, como gran consuelo que “todo lo que hemos hecho, al final será olvidado”.

Incluso, el dolor del relojero lo lleva a crear otros mundos, mientras que el amor no logra salvar ninguno. No es placer o el deseo lo que lo guía. Como dicen en la serie, aunque hubo cosas hechas por amor, eso no impidió que produjeran dolor y sufrimiento. Martha y Jonas, Adán y Eva, perecen. Es cierto que siempre hay una esfera para viajar, pero más frecuente es un arma en la mano para matar.

El ser humano se mueve entre la incertidumbre y la esperanza. La incertidumbre nos permite el engaño del libre albedrío, Si supiéramos todo lo que va a pasar, además inmodificable, eso nos empujaría al suicidio que advertía Camus; aunque entonces nos dirían que ese suicidio también estaba escrito. La esperanza, en cambio, pone cara de optimismo, cuando en el fondo no es sino otro de los males que contiene la caja de Pandora.

La terquedad del ser humano es la esperanza de que exista el paraíso, sin eso no habría mucho aliento vital. Esa terquedad busca alterando el pasado y el presente. El problema es que, tanto los ismos como los personajes, cuando intentan modificar el pasado o el presente, realmente perpetúan un modelo que cambia de cara haciéndose pasar por novedoso. Creo que si pudiéramos crear un mundo para corregir un error, habría millones de mundos. El error está en creer que en esos mundos lo haremos mejor. La desazón del ser humano es el mismo. No nos sirve ni la proliferación de mundos, ni su unicidad.

Marx decía que las relaciones humanas que estaban mediadas por el dinero, no podían ser auténticas; en el caso de los dogmas, tampoco pueden serlo. Adán, por ejemplo, es capaz de asesinar a su propia madre en aras de la causa. Sin relaciones humanas genuinas, sin esperanza y atados al destino, cualquier lucha es una causa perdida. Pero, aun así, los humanos seguimos intentándolo, como Sísifo, como Tántalo. Y el apocalipsis es solo una promesa.