El reloj del Eln

26 Oct 2016

Por: Víctor de Currea Lugo

Que el tiempo se acaba, gritan los unos; que vienen las elecciones, vociferan los otros; como si la paz fuera un problema de relojes. El tiempo que demore el proceso entre el Gobierno y el Eln, así suene a Perogrullo, será el tiempo que se tome el proceso. La experiencia internacional ha demostrado que las negociaciones bajo la espada de Damocles de un reloj tienden al fracaso.

El problema del tiempo es, esencialmente, de legitimidad. Pero la solución no necesariamente está en correr, pues podrían explorarse otras formas de mantener la legitimidad y evitar el desgaste. Para eso debemos tener en cuenta la naturaleza del proceso, que está basado en la participación: el punto uno es la construcción de la agenda, el punto dos los debates y el tres la identificación de reformas.

Un proceso participativo puede mover la acentuación del reloj a la legitimidad continuada, en la medida en que vaya respondiendo a preguntas del día a día (lo que implica una comunicación fluida de la mesa a la sociedad). No sería un proceso que espera su fin para mostrarse al país en busca de su refrendación, sino que la participación iría dando el oxígeno necesario para su funcionamiento.

Además, la naturaleza del Eln no hace pensar que harán depender su negociación del calendario electoral. Los “elenos” han propuesto la construcción de una salida negociada durante 25 años y han visto pasar muchos gobiernos como para creer que los trasnochan las elecciones.

Santos, por su parte, quiere dejar su firma en los acuerdos con el Eln, lo que se complejiza con el hecho de que la agenda contempla una fase última de implementación que dé certezas a esa guerrilla para avanzar hacia la dejación del uso de las armas. Lo primero empuja a acelerar los diálogos y lo segundo a hacerlo más lento.

Esta tensión se expresa bajo dos palabras de la agenda: “celeridad y rigurosidad”; la primera la puso el Gobierno y la segunda el Eln. Pero ambas cosas podrían combinarse si las partes acuerdan un modelo de implementación de acuerdos parciales, como fue el caso del desminado con las Farc.

Apurar un acuerdo de paz de una guerra de tantos años a una negociación de unas pocas semanas puede ser suicida. Es cierto que el país necesita noticias positivas pronto, pero la prisa no es buena consejera. Una tregua bilateral también ayudaría a quitar la mirada del cronómetro.

Si la información es fluida y transparente, y si la mesa de verdad escucha lo que la sociedad tiene que decir, la prisa se desvanece y el protagonismo lo adquiere el proceso mismo y no las manecillas del reloj.

Fuente: https://www.elespectador.com/noticias/paz/el-reloj-del-eln-articulo-662421