El síndrome de Stalin

23 Mar 2016

 

Por: Víctor de Currea Lugo

 

En agosto de 1939, nueve días antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, representantes de Alemania y de la Unión Soviética firmaron un pacto de no agresión. Ese pacto contenía un protocolo adicional (secreto) que, para resumir, señalaba la repartición de Europa entre los dos firmantes.

Para Stalin, Hitler no era el enemigo a derrotar sino un potencial aliado en su guerra contra el capitalismo. Para Hitler, congelar un frente oriental y una confrontación con el poderoso Ejército Rojo significaría la tranquilidad militar y política de disminuir sus frentes de guerra.

Años después, en el marco de la Guerra Fría, el pensamiento político se volvió marcadamente dicotómico. Es famosa la frase del secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt: “puede ser que Somoza sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

La Guerra Fría ha terminado, pero no sus consecuencias; la cultura política está (y estará) envenenada durante mucho tiempo. Así como para algunos de derecha todos los terrorismos son iguales (eso decía José María Aznar), para algunos de izquierda el presidente sirio Al-Asad es el bueno simplemente porque es enemigo de los Estados Unidos.

Esto preocupa aún más a la hora de leer las acciones del Estado Islámico. Es cierto que varios de los países atacados han sido responsables de bombardeos en Siria e Irak, que la comunidad internacional tiene un doble rasero en el momento de hablar de derechos humanos, y pareciera que los muertos europeos (por el terrorismo islamista) fueran más importantes que los muertos en Oriente Medio; por ejemplo, en Siria mueren cada día por lo menos 100 personas por culpa de la guerra.

Pero ninguno de estos argumentos puede desviarnos de un debate más profundo. Si bien Bruselas no es La Democracia, ni París La Modernidad, cuando el Estado Islámico golpea no solo busca amenazar el poder de la Europa colonial, sino, precisamente, cerrar espacios de democracia, modernidad y pluralidad.

El aumento de la islamofobia y la xenofobia, el rechazo a los inmigrantes, el aumento de medidas policiales y la imposición de restricciones legales, son un triunfo del Estado Islámico. Creer, como Stalin en 1939, que el fascismo puede ser aliado, es un suicidio. Ya tendremos tiempo de discutir otras agendas indispensables para la paz en Oriente Medio, como el Estado kurdo o la ocupación de Palestina. Por ahora la lucha contra el llamado por algunos “islamo-fascismo” es una urgencia que nos une o, que por lo menos, debería unirnos.