No hay cama pa’ tanta gente

Homenaje al Hospital San Juan de Dios

Víctor de Currea-Lugo | 15 de Agosto de 2020

Publicado en la Revista Colombia Hoy, en marzo de 1.994

Hace ya 26 años que escribí esta crónica, sobre nuestro trabajo médico en el servicio de urgencias de nuestro querido Hospital San Juan de Dios, en Bogotá, hoy cerrado. Allí, como dice el bolero, “en mi viejo San Juan” vimos muy de cerca un país que muchos no conocían, el de los marginados, los abandonados por el Estado, los nadies. Así reseñé uno de los turnos para la historia. Nunca pude saber exactamente qué pasó con esa población cuando el Hospital cerró sus puertas, bueno, cuando le cerraron sus puertas.

Mi primer conflicto con la medicina no fue la dolorosa muerte de doña Carmen Araque, ocho días después de salir del Hospital y luego de un largo tratamiento, sino la mañana de mil novecientos ochenta y ocho cuando partí de varios tajos un cerebro en el anfiteatro de la Facultad y no hallé nada digno de mi asombro. En esos días la imagen de la Facultad era la de un monstruo grande por cuya boca en vez de llamas de fuego que carbonizaran árboles, saldrían médicos: con su blanco casi pecaminoso, con su imagen romántica, con su espíritu hipocrático. Mi último conflicto con la medicina fue el turno de anoche, en urgencias.

Hace tres años ingresé por primera vez al Hospital San Juan de Dios. Entonces creía que muchas cosas eran posibles, que bastaban las buenas intenciones. En el turno de ayer comprobé por enésima vez que no es suficiente.

En la mañana, llegó un raponero al que un grupo de personas atrapó luego de robar a una transeúnte y le propinaron tal paliza, que le partieron los huesos de las piernas. Al rato llegó un apuñalado que tenía en su cuerpo las cicatrices de varias cirugías, cuando le íbamos a colocar un tubo en el tórax para drenarle la hemorragia, nos advirtió «hagan el hueco más grande porque ese tubo es muy grueso»: tenía cicatrices de cinco tubos anteriores. Llegó uno, herido hace dos días, con la lesión llena de café «para trancar la hemorragia»

Como a las diez, entró un señor que le había pedido el frasco de gotas para los ojos a su hija y ella, equivocadamente, le alcanzó el que contenía las gotas para probar joyas con las que comerciaba el paciente; luego llegó un muchacho con moretones en todo el cuerpo por una paliza que le dio la policía, cuando el agente de turno en el Hospital se acercó a preguntarle por lo sucedido el dijo: «!fueron unos vigilantes!».

Hacia el medio día, los agentes de tránsito trajeron a un viejito que fue atropellado por un bus, al salir de la sala de reanimación donde acababa de fallecer, la viejita me preguntó «¿ya está bien mi marido?». Al explicarle que había fallecido, exclamó: «¿mi diosito por qué me hace ésto, porqué me dejó solita en el mundo?». Después, llegó un cartonero apuñalado hace veinte días, con un abceso de la nalga izquierda del que sacamos un litro de pus.

Ya en la tarde, la policía trajo dos heridos a bala: una pareja de novios que venían de la mano y el disparo atravesó el brazo de cada uno. Llegó un muchacho de veinte años en silla de ruedas que al trasladarlo a la camilla para examinarlo dejó caer de su chaqueta un «chuzo» de más o menos treinta centímetros que cargaba «para limpiarse las uñas». Llegó toda la familia de una niña de quince años: que estaba totalmente ida del mundo porque al intentar contarle al papá que estaba embarazada, le dio tanto miedo que quedó desconectada de la realidad.

Cuando caía la noche, llegó una señora con la cabeza sangrando, Fabián la suturó y al firmarle la salida, notó que se había extraviado su tensiómetro, que luego encontró en el bolso de la paciente. Después, un señor que había salido a comprarle unos medicamentos a su hija, a la que días antes le habían amputado una pierna en un accidente de tránsito; al señor le robaron la plata de los medicamentos y lo apuñalaron.

Llegó un muchacho con un balazo en la espalda al cual el disparo no le hizo nada, pero su mamá insistía en que sacáramos la bala, le explicamos que era más el daño al sacarla que al dejarla ahí, pero ella insistía porque había oído decir a una vecina que «las balas caminan por el organismo y cuando llegan al corazón la gente se muere».

Antes de la comida, vimos a un muchacho de veinte años totalmente psicótico porque su sueño fue siempre ir a Estados Unidos a donde llegó ocho días antes, indocumentados; lo deportaron y el pobre no pudo con la frustración. Luego, un muchacho de dieciocho años con un disparo que tenía como orificio de entrada la espalda y de salida el ombligo, pero en el trayecto la bala siguió el borde de la piel y no comprometió ningún órgano. Una mujer de 34 años, cuyo nombre era Luz Marina Zuluaga como la reina y estuvo hospitalizada el mes anterior por neumonía, vino porque la infección volvió por causa de la desnutrición y del bazuco.

Después de cenar, entre gritos y lágrimas, varios muchachos trajeron a su mamá quien al convulsionar cayó de cabeza entre el estanque del agua. No sirvieron las maniobras de resucitación porque prácticamente llegó muerta al Hospital por toda el agua que tragó. Llegó un indigente al que una vez suturado le dimos salida, pero se rehusó a salir hasta tanto le devolvieran su pantalón de paño «muy fino» con el que supuestamente entró al Hospital. Cuando llegaban mujeres heridas, policías y detectives corrían de manera morbosa a ver cuando las desvestíamos para examinarlas.

A la media noche, llegó un borracho con una herida semicircular en el pecho. Al preguntarle si había sido con una botella, contestó: «si, tráigame una». Después vino un cartonero que tocó subir a las salas de cirugía y quien para solicitar ayuda decía: «Mi Lord, no me deje morir».

Llegó una niña de dieciseis años con la cara cortada que se rehusó a ser atendida; volvió a las dos horas y agarró a patadas a los médicos porque no la «querían atender». Después un joven de 28 años con una herida en el corazón, no sirvió subirlo a cirugía pues falleció a los pocos minutos. Le siguió un indígena con la cara rota al que le cogimos más de sesenta puntos de sutura en el rostro.

A eso de las dos empezó una nueva avalancha que llegaba en los diferentes carros oficiales. A nuestro Hospital es a donde llegan los cartoneros, las trabajadoras sexuales, los borrachos, los indocumentados, los heridos en las riñas de las cárceles y los raponeros…

Esa noche los policías trajeron una mujer borracha bañada en sangre que realmente sólo tenía una herida en el labio hecha con un pico de botella; una niña de quince años, ebria, apuñalada por un amigo de su novio y que insistía en lo que realmente necesitaba: «un espejo»; un tipo de 25 años con diecisiete puñaladas que entró muerto.

También llegó un cartonero con múltiples heridas «es que me chuzaron con una patecabra -y sacando un chuzo de debajo de sus ropas continuó- como ésta». Trajeron un gay baleado por un hombre «muerto de la ira»; un niño de la calle con un gran hematoma en la mejilla izquierda; una mujer de treinta años con la cara fracturada por toda la mitad en un accidente de tránsito.

Después entró una niña de trece años que llevó a su marido apuñaleado y del que no sabía el apellido porque sólo llevaban cuatro días viviendo juntos; un niño de dieseis años a quien por robarle una chaqueta de cuero le metieron un disparo en el abdomen; y trajeron a una trabajadora sexual con un brazo lastimado, que antes de ser atendida aclaró que ella no se dejaría examinar «por hombre alguno».

Iban a ser las cuatro, hubo un momento de calma durante el cual no sonó la puerta del servicio, pudimos entregar los equipos, revalorar algunos pacientes y hasta tomar café: desde la cafetería del noveno piso del Hospital se oían las sirenas de los carros de la policía trayendo más heridos. Ya eran tantos los pacientes que las historias clínicas las pegaban las auxiliares con esparadrapo en la pared cercana al retazo de piso donde esperaba el herido.

Amanecía. Llegó una paciente con un trozo de vidrio incrustado en un pie desde hacía quince días y que no consultó antes porque «no tenía con quién venir». Una trabajadora sexual traída por cuatro de sus compañeras porque tenía una uña encarnada y como camino a casa quedaba el Hospital decidió hacerse examinar de una vez. Un cartonero con una herida en la espalda que me dijo cuando lo intenté suturar: «o me hace pasito o cuando nos veamos en la calle, lo levanto».

En la entrega de turno, a las siete de la mañana, llegó una trabajadora sexual que por huir de un cliente enamorado de ella y a quien ella detesta, rodó por las escaleras del burdel. Un cartonero -sin heridas- pedía a gritos que se le hospitalizara para así asegurar comida y dormida; me decía «doctor, es que todos tenemos los días contados», yo le respondí que los días y las camas, y que éstas últimas ya estaban llenas. A las siete y cuarto entregamos el turno y junto con Mireya y Antonio, nos fuimos a desayunar.

Definitivamente, allí las relaciones no son médico-paciente, ni siquiera médico-paciente deformadas. Son relaciones salvajes entre seres agredidos y agresivos, tanto médicos como pacientes, teniendo la sangre como telón de fondo.

No se trata de estar allí un mes o cinco minutos: en últimas, el olor de la sangre es eterno. Después de estar allí ya soy culpable, ya he perdido la inocencia. Y no basta irse del lugar, cruzar el mar. Varios compañeros seguirán toreando pacientes en urgencias, y si se cerrara urgencias entonces los heridos morirían en otro hospital o en las calles de la ciudad.

En la mañana llegó el Fiscal 18, para averiguar por un paciente que murió en las puertas del Hospital y que según él «no recibió atención médica» por lo que entró pidiendo el libro de ingresos. El jefe del servicio le explicó que San Juan de Dios -también llamado de la Hortua- es un Hospital donde se manejan urgencias de todo el país, «como para ponernos a salir a la calle a buscar pacientes».

La justicia colombiana insiste en que lo importante del muerto es la hoja de defunción y del herido la Historia Clínica, como si fuera fácil elegir el juego de los documentos y los papeles burocráticos entre los heridos de una ciudad que, aunque no lo reconozca está en guerra. Sí, mi última decepción de la medicina fue el turno de anoche, del que todavía no alcanzo a reponerme.

NOTA: Esta crónica está incluida en el libro: De la violencia y otras costumbres, publicado en 1997 y que puede descargar gratuitamente en el siguiente link: http://victordecurrealugo.com/de-la-violencia-y-otras-costumbres/