Kurdos: sobrevivientes a los genocidios

Por  Víctor de Currea-Lugo  (especial desde Irak) / 2 de junio de 2019.

 

Hay tres palabras que es posible que no nos digan mucho: Anfal, Mosul y Shengal (Sinjar). Pero hay otras que sí nos dicen algo: Sadam Husein y Estado Islámico. ¿Qué tienen en común estas últimas? No cuenta el hecho de ser árabes y suníes, pues hay millones de árabes y aún más millones de suníes. Lo común que tienen es que compartieron un deseo: exterminar a los kurdos. La dictadura de Sadam Hussein (1979-2003) logró sostenerse en el poder y persiguió tanto a chiíes como a kurdos. Sadam no aceptaba un Irak plural, y el Estado Islámico no quería un mundo heterogéneo.

 

Anfal

Anfal es el nombre de la octava sura del Corán y significa botín de guerra. Pero esto no implica que haya sido un acto de una guerra religiosa, pues muchas de las víctimas también eran musulmanas, sino que así llamó el gobierno de Sadam a una serie de ocho operaciones militares desarrolladas entre febrero y septiembre de 1988, en el norte de Irak.

 

En 1986, Estados Unidos bloqueó las resoluciones de la Onu que condenaban el uso de armas químicas por Irak en su guerra contra Irán; y ese mismo año, el gobierno de Reagan aprobó nuevos suministros de armas a Irak, incluyendo ántrax (agente bioquímico). Esas armas fueron también usadas en el norte de Irak contra los kurdos.

Entrevisté a Salam Alí, kurdo sobreviviente del genocidio. Habla de más de 180.000 muertos. De hecho, en el hall del museo dedicado a la memoria de dicho genocidio, hay 180.000 trozos de espejos, uno por cada víctima fatal. Dicen que en esos espejos uno se puede mirar y saber si tiene el alma limpia o sucia. En Anfal, hubo destrucción de casas, asesinatos en masa, torturas, violencia sexual, deportaciones, bombardeos y uso de armas químicas.

Salam se ha dedicado por años a crear y ordenar un archivo de miles de testimonios y pruebas sobre el genocidio. Era apenas un muchacho, del distrito de Kifri, cuando empezó la matanza. Estaba en Balisan cuando recibió las primeras noticias. Me dice Salam que todos los civiles estaban aterrados, nadie podía garantizar sus vidas. El responsable militar era el general iraquí Alí Hasán al Mayid, conocido como ‘el Químico’.

 

 

El tercer ataque, dice Salam, fue el peor. Mucha gente era transportada hasta zonas abiertas para luego ser asesinada. Algunos ya habían muerto durante el camino, fruto del hambre y las enfermedades. Muchos hombres fueron ejecutados al llegar. Salam perdió así a su madre y a tres hermanas; de su familia extensa perdió 122 personas; además, supo de la muerte de muchos de sus amigos de la infancia.

Según Salam, “algunos trataron de resistir, pero ¿qué puede hacer un fusil AK-47 ante un tanque de guerra o un avión? Frente a mis ojos cayeron 5 amigos peshmerga (combatiente kurdo). Muchos civiles murieron, hasta sus animales. Y otros muchos fueron desaparecidos”. Por estas cosas, asumió como tarea para las futuras generaciones, la preservación de la memoria. Lamenta que Sadam Husein hubiera sido asesinado: “él debió comparecer en La Haya ante un tribunal para responder por este genocidio”.

Los que sobrevivieron en los campos de detención tuvieron historias dolorosas. Un señor, me cuenta Salam, vio morir en su celda a una de sus dos hijas pequeñas. Pidió permiso para sepultarla y, como no había un cementerio cercano, la puso en una zanja y la cubrió de tierra. El día siguiente vio, desde su celda y sin poder hacer nada, cómo un perro desenterraba el cuerpo de su hija, y enloqueció.

Una mujer embarazada dio a luz en el baño, cortó el cordón umbilical con una lata de jugo de tomate, y bautizó al niño Bandy, que traduce ‘el prisionero’. Ellos lograron sobrevivir, y el Prisionero es hoy un hombre con familia, que pudo ir a la universidad.

Salam continúa su relato: “lo mejor para muchos era morir, quedar vivo era una desgracia. Se sentían culpables por haber sobrevivido”. Y concluye: “Nadie dijo nada. La comunidad internacional apoyaba a Sadam Husein, le vendía armas y le compraba petróleo”.

Mosul

En junio de 2014, la caída de Mosul, una ciudad al norte de Irak de más de 2 millones de habitantes y la tercera más grande del país, fue la real puesta en escena de la ofensiva del Estado Islámico. El también llamado Daesh (o Isis) controló la ciudad durante más de tres años.

La brutalidad del Daesh la sufrieron todo tipo de personas, incluyendo cristianos, chiíes, kurdos, árabes, homosexuales, asirios, laicos, armenios, etc. Parte de esa mezcla de nacionalismo árabe y fundamentalismo islamista, llevó a considerar enemigo a todo aquel que no interpretara el Corán como los radicales lo conciben, especialmente a las minorías, y entre ellas, a los kurdos.

En Irak entrevisté a Arshad Goran, kurdo originario de Mosul. Él y sus tres hermanos se casaron con vecinas árabes. “A nivel de la sociedad, nunca tuvimos roces entre árabes y kurdos, Mosul es una sociedad multicultural”, pero el problema, me explica, se dio más a nivel de los espacios políticos.

En 2014, sigue en su relato, “escuchamos que el Estado Islámico estaba cerca de la ciudad, negociando con tribus suníes”. Algunas de estas tribus se sentían marginadas por el Estado iraquí que, desde 2004, estaba en manos de kurdos y de chiíes. Ese sentimiento de abandono fue parte del caldo de cultivo para que el Daesh floreciera.

Cuando el Daesh entró a Mosul, algunos árabes suníes los recibieron como si fueran los salvadores y muchos kurdos huyeron asustados. Arshad me dice que, entre muy pocos, los radicales tomaron la ciudad. “Mi papá llamó a la Policía y le dijeron que tranquilo, que eran unas pandillas y que en poco las iban a controlar”. Pero realmente los 20 mil soldados del ejército iraquí decidieron huir: muchos cambiaban sus armas por ropa de civil para irse más fácil. En un solo día, el ejército colapsó.

Arshad decidió huir, con otros familiares, a Suleimaniya. Esa misma noche, Daesh tomó posesión de su casa para convertirla en uno de sus cuarteles, “porque era una casa de kurdos”, dijo el del Estado Islámico que allí se apoltronó. La casa fue totalmente saqueada y, al retirarse, los islamistas destruyeron lo que no se llevaron.

Los que se quedaron, enfrentaron un régimen de terror: látigo para los que encontraran fumando, torturas a peshmerga y eizidíes. Desde un edificio de 23 pisos solían arrojar a los homosexuales y a aquellos de los que se sospechaba que pasaban información al exterior de la ciudad.

Arshad vivía en una buena casa de su propiedad en Mosul, ahora vive en arriendo en Suleimaniya, con su esposa y sus tres hijos. Al principio de su huida recibió el apoyo de algunas oenegés, pero ahora no hay nada. Algunas milicias chiíes le han ofrecido incorporarse, allá en Mosul. En esa ciudad, al sector oriental solo ha regresado el 25 por ciento de sus habitantes, mientras el sector occidental sigue prácticamente vacío “y todavía se siente el olor de la muerte”, me dice. Ahora se ven muchos grupos armados, vestidos de civil, y la gente no sabe si se trata de peshmerga, de chiíes, de guerrillas…

Cuando le pregunto por los debates políticos que envuelven a kurdos y árabes, me responde: “prefiero no hablar de política, los políticos a veces se pelean y luego comen juntos. Ellos venden o compran puestos políticos, es como un mercado”. No piensa regresar a Mosul, no hay garantías, todavía hay secuestros y carrobombas. “Ya no podríamos vivir con las puertas abiertas, como antes”.

 

1, 2 Y 3, zonas de los tres genocidios. El número 1 corresponde a toda la zona sombrea

 

Shengal/Sinjar

Cuando llegué a hablar con las víctimas de este genocidio hubo un momento de confusión, ellos se referían a la población de Shengal y al grupo religioso de los eizidíes. Yo andaba buscando a los yazidíes de Sinjar. La ciudad y la religión se llaman de estas dos formas, dependiendo si se mencionan en árabe (Sinjar y yazidí) o en kurdo (Shengal y Êzidî).

En la sede del Partido Eizidí Libertad y Democracia (Pade), me reciben varios líderes de esa comunidad. Fakir, de la dirección del Pade, cuenta que su religión tiene más de 4.000 años. Era la fe más común entre los kurdos, pero se convirtió en minoría cuando hubo el proceso de islamización. Se cree que son más de 800.000 en todo el mundo, la mayoría en el norte de Irak. El sheik Jamal me explica que para ellos todo es sagrado: la tierra, el agua, el sol.

La ciudad de Shengal cayó en manos del Estado islámico en agosto de 2014. Aunque allí hay cristianos y musulmanes, la inmensa mayoría de sus habitantes son kurdos eizidíes.

Antes de este control, ya los eizidíes habían sufrido la persecución de Sadam Husein, quien los puso en campos después de destruir sus pueblos, en los años setenta. Y antes habían sufrido la represión del imperio Otomano, me explica el sheik Jamal.

Cuando entraron las milicias del Estado Islámico, detenían kurdos, pero no árabes. “Eso fue el 3 de agosto de 2014. Antes teníamos excelentes relaciones con los árabes, incluso nos dijeron que nos defenderían de los islamistas, que solo teníamos que mostrar una bandera blanca y convertirnos al islam. Nosotros no aceptamos esa propuesta. Lo cierto es que varios vecinos árabes le dieron nuestra información al Daesh, nos traicionaron. A muchos los arrestaron y otros huyeron a las montañas”. Esta es una mezcla de frases de varios de los entrevistados, de Abel, de Leyla, de Jamal y de Fakir. Mi traductor las dice en ráfaga, con los ojos llorosos.

Antes había 12.000 peshmerga de Barzani, que prometieron protegerlos, pero que los abandonaron. Los del Daesh mataron a todos los hombres y niños, y tomaron secuestradas a las mujeres y a las niñas.

Abel, que ha estado callado buena parte, empieza a contarme que las mujeres y las niñas fueron vendidas como esclavas en el mercado de Mosul. “Una niña de 6 años era venida por 4 dólares entre los miembros del Daesh, pero también entre gente que venía de Arabia Saudita o hasta de Afganistán”. Las milicias kurdas liberaron a algunas de esas mujeres en Siria, pero todavía hoy, hay 5.000 mujeres y niñas desaparecidas.

 

Muchas mujeres kurdas quedaron embarazadas, fruto de las violaciones en grupo. Algunas que lograron huir abandonaron a sus hijos porque “no eran hijos de ellas, no sabían siquiera quién era el padre”, dice Jamal. El consejo espiritual de los eizidíes orientó a la comunidad para que recibieran de la mejor manera a las mujeres que habían sido víctimas, al regresar a su pueblo. Pero el daño estaba hecho, me dicen que hay unas que llevan desde el día de su liberación sin hablar. Además, han encontrado 73 fosas comunes. Todos los hombres mayores de 15 años fueron asesinados.

 

Ese genocidio no ha sido reconocido como tal por el gobierno federal kurdo del norte de Irak, ni por el gobierno central de Bagdad. Para recuperar la ciudad, cosa que estuvo fundamentalmente bajo su propia responsabilidad, crearon las Unidades de Resistencia de Shengal. Ellos, más el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (Pkk), las Unidades de Protección Popular de los kurdos (Ypg) y las Unidades Femeninas de Protección kurda (Ypj), echaron al Daesh.

Sheik Jamal insiste en la necesidad de un tribunal internacional para este genocidio, que además investigue la suerte de los desaparecidos. Incluso, las fuerzas internacionales, como Turquía, en vez de facilitar el retorno de los desplazados, lo ha dificultado.

No quieren olvidar, no quieren migrar ni disolverse en otros países. “Si no fueramos iezidíes, no nos hubieran abandonado”. Pregunto por el impacto del escándalo que hubo en los medios de comunicación sobre ese genocidio, que ocupó las principales páginas de los diarios más leídos del mundo. Y me dicen que en el terreno eso no cambió nada. Como decía el poeta Cernuda: “las palabras no sirven, tan solo son palabras”. Así, este artículo.

 

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