La posguerra: enseñanzas desde Nepal

Durante una década, entre 1996 y 2006, las guerrillas maoístas y la monarquía se enfrascaron en Nepal en una guerra que dejó 12.700 muertos.
Durante una década, entre 1996 y 2006, las guerrillas maoístas y la monarquía se enfrascaron en Nepal en una guerra que dejó 12.700 muertos.

3 Jul 2016

Por: Víctor de Currea Lugo

La paz firmada con los maoístas en 2006 y la declaración de una república federal han marcado la política de la posguerra.

Por debajo del Everest está todo y a su suroccidente está Katmandú, la capital de un pequeño país llamado Nepal. Aquí se vivió una guerra de 10 años que terminó hace otros tantos y que dejó por lo menos 12.700 muertos, además de miles de desaparecidos y desplazados. Para salir de ese caos, la gente optó por un proceso de paz.

El conflicto se dio entre las guerrillas maoístas y la monarquía, que contaba con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea e India. Durante esos diez años hubo acercamientos fracasados, treguas rotas y violaciones a los derechos de los civiles. En 2005, el rey Gyanendra se hizo con el poder total, lo que generó una coalición antimonárquica que exigió su renuncia. La paz firmada con los maoístas en 2006 y la declaración de una república federal han marcado la política de la posguerra.

Y se firmó la paz

La firma del acuerdo “estuvo precedida por días de protestas contra la monarquía”, me dice Dirgha Raj Sigdel, activista por la paz. “Todos los días escuchábamos noticias de muertos y heridos debido al conflicto, y todos queríamos cambios. A pesar de las rondas de negociación, la frustración aumentaba. Todos estábamos muy contentos (por la firma), aunque era una época llena de escepticismo”.

Después de la guerra “hubo una mayor conciencia de los derechos de la gente, mayor aceptación de la etnias y menos discriminación en general, mayor presencia de las mujeres en el poder: es el caso de la presidenta del país, Bidhya Devi Bhandari (de origen comunista), y de la presidenta de la Corte Suprema de Justicia”, dice Balmukunda Humagain, un joven nepalés. Asimismo, el Estado se volvió secular y proliferaron nuevos partidos políticos. “Yo creo que demasiados”, dice Balmukunda, pensando en los más de 150 partidos registrados.

Una vez firmado el acuerdo, los rebeldes se concentraron en varios puntos donde “pasaron varios años haciendo nada”, me dicen. Las armas no fueron propiamente entregadas, sino guardadas en contenedores con sus llaves en manos de los insurgentes. Y ante la falta de oportunidades y las altas cifras de desempleo, muchos excombatientes se fueron a trabajar a otros países, especialmente aquellos del golfo Pérsico; de hecho, el 23 % de su PIB proviene de las remesas de sus inmigrantes.

El deseo de una reforma constitucional prevaleció en la política nepalés por años, siendo una de las banderas del acuerdo de paz (2006), pero su malogrado proceso tomó hasta 2015. El grave problema es que opacó cualquier otro debate y robó buena parte de las energías del posacuerdo. La Constitución se elevó casi a una categoría mítica, y por andar peleando qué escribir en la Constitución descuidaron lo importante: el nuevo rumbo del país.

Las víctimas

Anuja Sapkota trabaja el tema de desaparición forzada. Con ella visité la Comisión para la Investigación de Desapariciones Forzadas de Personas. Allí su director, Bishnu Pathak, nos hace su propio balance. Dicha Comisión debía ser instalada en los seis meses posteriores a la firma del acuerdo de paz, pero eso tomó casi nueve años, hasta 2015. La principal razón fue el miedo que suscitaba entre los políticos la creación de un órgano de investigación en un país donde, parece, todos tienen rabo de paja. Dice Pathak: “Con esa demora querían borrar el pasado”.

Los familiares de los desaparecidos presentaron 203 casos ante la Corte Suprema, obligando así a que la desaparición fuera tenida en cuenta. El 77 % de los desaparecidos son responsabilidad del Estado, el 10 % de los maoístas y el 13 % de no identificados.

Bishnu nos explica que la Comisión y la conciencia pública del fenómeno de desaparición se deben, en parte, a las acciones de las organizaciones de víctimas, dedicadas a hacer denuncias, marchas, educación y tareas judiciales. Anuja explica que se necesitan 12 años para que una persona desaparecida sea considerada muerta y, debido al sistema patriarcal, las viudas no pueden “tocar nada de las propiedades” sin permiso del marido. En los últimos años ha habido enfrentamientos entre los grupos de víctimas y los grupos sociales más pobres, por la falta de recursos oficiales para ambos.

Etnias, castas y regiones

En Nepal hay, por lo menos, 123 grupos étnicos, algunos de los cuales tienen disputas territoriales. La idea constitucional de llamarse (y de querer ser) una república federal es una declaración contra la monarquía y el centralismo; aunque ya no hay un rey, sigue siendo Katmandú el centro determinante de la política.

De hecho, me explica Balmukunda Humagain, las fronteras entre las nuevas entidades políticas no están del todo definidas: una nueva geografía para el posconflicto no termina de nacer y la promesa de federalización se quedó en eso, pues se sigue mandando desde Katmandú.

Para Shankar Prasad, del Ministerio de Paz y Reconstrucción, la implementación del acuerdo llegará de la mano del proceso de federalización, el cual es posterior a una Constitución que ha gastado casi una década en escribirse. De hecho, están por presentar una “nueva política” de desarrollo para la paz, 10 años después de firmados los acuerdos.

Uno de los avances son los Comités Locales de Paz, 75 en los distritos y 3.800 en los centros poblados, pero algunos no ha sido creados y otros ya creados no funcionan. Según Shankar Prasad, la composición de estos comités, con representación de la sociedad, los empresarios y los partidos políticos, es garantía de inclusión.

Balmukunda Humagain explica que uno de los graves problemas es la falta de presupuesto: al año, cada comité de distrito recibe US$5.000, y el de cada centro poblado US$200. Según Pathak, uno de los problemas de estos comités es la presión que sufren por parte de las Fuerzas Armadas, que quieren “arrancarles información” sobre las víctimas y sus denuncias.

La economía de la posguerra

Las pocas consideraciones económicas del acuerdo de paz son tan generales que (casi) cualquiera las firmaría: promover las industrias nacionales, hacer una reforma agraria, acabar las formas feudales, garantizar los derechos sociales y dar seguridad socioeconómica.

Las consecuencias económicas de la paz no se ven; las peleas por escribir una Constitución han salpicado otras reformas pendientes, además de la falta de voluntad política. A pesar de que se reconocen causas económicas en el origen de la guerra, estas son marginales en el posacuerdo. Los esfuerzos por la paz han sido politizados, y en esto concuerdan todos los entrevistados.

Me dicen que más del 75 % de la casta dalit de la región de Terai nunca ha ido a una escuela. En algunas zonas del occidente del país, el 82 % de las fincas tienen menos de una hectárea. El sistema de castas y las diferencias étnicas perpetúan las diferencias. Como en Sudáfrica, los pobres siguen siendo más pobres. En esas regiones fue donde floreció la propuesta maoísta, que tampoco les cumplió lo prometido.

El posconflicto estuvo lleno de ilusiones. Aunque existe el ministro de Paz y Reconstrucción, que ha trabajado en la recuperación de infraestructura destruida por la guerra, la falta de coordinación interinstitucional ha hecho el proceso muy lento. Allí nos reunimos con el secretario adjunto del Ministerio, Shankar Prasad, para quien el proceso de reconstrucción ya superó el 50 %, pero ese dato no lo comparten los demás entrevistados.

En 2008, según el Banco Mundial, más del 60 % de la red de carreteras estaba concentrada en la región central de Terai. Anuja Sapkota me dice que “celebramos la firma del acuerdo, pero nos quedó por delante la violencia estructural”. Creo que lograron sacar la violencia de la política, pero no la economía.

Dejando atrás el Himalaya

El maoísmo ha cometido varios errores, me dice un activista por la paz: entre otros, querer crear regiones por etnias e ideologizar cada actividad política hasta el extremo. Gracias a la paz hay menos violencia, sin duda, hay nuevos actores políticos, pero la lógica política se mantiene. Cuando pregunto por la corrupción, uno de los entrevistados me mira, sonríe y simplemente me dice: “Esto es Nepal”.

Aquí nació el Buda Gautama y dicen que vive el “abominable hombre de las nieves”. Aquí mismo, hace 14 meses, un terremoto destruyó varios de sus templos más emblemáticos. La cotidianidad de la pobreza hace que el sismo de 2015, así como los debates constitucionales, se quede al margen. La gente agradece el fin del conflicto armado, pero el resto de esperanzas está sin cumplir: las castas persisten, las tensiones étnicas aumentan y la pobreza se mantiene. Atrás queda una promesa de paz en un país, el único en el mundo cuya bandera no es rectangular, suficiente razón para visitarlo nuevamente.

* Profesor Universidad Nacional@DeCurreaLugo

Fuente:https://www.elespectador.com/posguerraensenanzas-nepal-articulo-641349