Afganistán: los retazos de las guerras

Afganistán

Víctor de Currea-Lugo | 21 de diciembre de 2013

Afganistán apareció en el vocabulario de muchos en 2001, asociado con los talibán (que significa “estudiantes islámicos” en pastún), con el burka (que aquí le llaman “chaderí”) y con el terrorismo. Hace 12 años, Al-Qaeda atacó a Estados Unidos, los talibán eran gobierno en Afganistán y protectores de Al-Qaeda. Estados Unidos y sus aliados ocuparon el país destruyendo parte de lo poco que quedaba después de 22 años de conflicto entre la ocupación soviética, los “señores de la guerra” y el control talibán.

Por fin aterrizamos en Afganistán, que significa “la tierra de los pastún”, su etnia más numerosa. En 1919 salieron de aquí derrotados los ingleses, en 1989 los soviéticos y en 2014 saldrán los estadounidenses sin haber controlado el país. Algunas cosas no han cambiado en los últimos años: la pobreza, la discriminación contra las mujeres, la muerte de civiles. A pesar de esto, hay, sorprendentemente, espacio para el optimismo.

Dice un refrán local que Afganistán fue hecho con lo que quedó de los demás países y tiene razón: es un retazo de pastunes, hazaras, tayicos, uzbekos y otras tribus. Allí pudimos hablar con Mohamad Hussein, delegado de la minoría hazara. Más que hablar de tribus o etnias, los afganos definen sus comunidades, literalmente, como naciones.

Durante el período talibán los hazara fueron duramente perseguidos. Muchos de ellos huyeron a Pakistán. Hoy se sienten seguros. Los hazara apoyan la negociación entre el gobierno y los talibán pues como víctimas que fueron saben muy bien el precio de la guerra.

Tienen un partido político, pero su forma de entender la política –como las otras naciones afganas– es a través de cuotas de poder para su comunidad. Por eso aspiran que su líder, Halil, entre a los círculos de poder en las elecciones de 2014, sin que importe mucho quien gane.

Las agendas de las naciones se imponen sobre la idea de una agenda nacional. Por eso el presidente Karzai ha tenido éxito en dar cuotas de poder a líderes tribales y regionales, lo que favorece la unidad pero pospone la idea de ciudadanía en aras de un clientelismo tribal.

No entender la cultura local ha sido un gran error de ingleses, soviéticos y estadounidenses. La rabia hacia Estados Unidos está asociada, además del asesinato de civiles, del allanamiento de hogares en las noches, que los afganos perciben como una terrible ofensa a su intimidad, y un gran irrespeto a su cultura. Se sienten, literalmente, violados.

Los talibán

Para la mayoría de entrevistados (políticos, abogados, periodistas) los talibán no podrían existir sin el apoyo que tienen desde Pakistán. Los talibán, en su mayoría pastunes, sacan provecho del poder de esta comunidad a ambos lados de la frontera, pues los de Pakistán se sienten responsables por el futuro de Afganistán. También es una constante decir, sin mucho argumento, que detrás de los talibán “está Estados Unidos”.

En algunas zonas los talibán se nutren de cobrar “impuesto” a los transportadores y de “vender seguridad a las pocas empresas locales”, pero la principal fuente de recursos es la misma que para buena parte del mundo rural: el cultivo de amapola. En 2006 el opio representaba 53% del PIB.

El gobierno controla Kabul, pero más allá de ciertas áreas, los talibán controlan todo. “En 2002, en la ruta Kabul-Khandahar no había controles, ahora ellos controlan toda la ruta” nos decía un líder de una organización juvenil que habló de varias “clases de talibán”.

Un político de Kabul nos decía “acabar con los talibán significaría borrar una parte del país y eso no lo queremos”. Los afganos me insisten en distinguir entre los talibán y Al-Qaeda, aunque aceptan que hay zonas donde se unen para combatir al gobierno.

Los talibán son tan diversos que en Helmand patrullan junto con el ejército afgano. En muchas zonas imparten justicia, en otras cultivan opio. Para otros, los talibán son el caballo de Troya pakistaní en Afganistán. La respuesta sobre qué piensan los afganos de los talibán cambia según a quien se le pregunte y en qué zona del país.

Las viudas de la guerra

En las afueras de Kabul nos recibe Azisa, una mujer de 30 años. En 2007, ella vivía con su familia en Badajshán, cuando los talibán atacaron su poblado. Su esposo de 34 años fue asesinado y “su cuerpo estuvo tres días abandonado a la intemperie”.

Después de aquel ataque, ella huyó a Kabul, embarazada y con sus dos hijos mayores. Trabajó en lo que pudo: limpiando casas, pidiendo limosna, lavando ropa ajena. La suerte mejoró cuando conoció a Zulima, una profesora que buscaba ayuda con las tareas de la casa a cambio de un cuarto y comida. En ese cuarto, viven hoy los cuatro, acomodados en no más de veinte metros.

Azisa solo sonrió una vez como reflejo a la risa de su hija, luego bajó la mirada y retomó su dolor. Sus hijos parecieran imitar ese rostro recio. Dos de ellos van a la escuela gracias a la ayuda de Zulima. En medio del diálogo, llega su salvadora.

Zulima es mucho más jovial, dedicada a su gran pasión, la enseñanza. En la época de control talibán “tuvo una escuela clandestina, pues era prohibido enseñar a las niñas”. En los años noventa enviudó: su esposo murió por un rocket en Kabul. Ella empezó su vida de cabeza de familia haciendo tapetes con una organización de caridad. Ahora trabaja con 350 estudiantes, la mitad mujeres.

En 2005, había un registro de 1,5 millones de huérfanos y un millón de viudas por la guerra. Zulima era una de ellas, Azisa enviudó después. ¿Qué tienen diferente a otras viudas de otras guerras? Tal vez nada. El dolor es algo universal.

Las dos mujeres nos ofrecen té. No saben mucho de los temas políticos, poco les importa el acuerdo de seguridad que negocia el presidente Karzai con Estados Unidos, ni los alcances de la propuesta de paz entre el gobierno y los talibán. Pero saben que sus maridos están muertos, que hoy es viernes y pueden descansar un poco antes de ir a la mezquita a rezar.

Las drogas

Afganistán produce el 90% del opio mundial. “El negocio no depende de Khandahar ni de Helmand (dos regiones del sur de Afganistán) sino de los agentes internacionales. Las ganancias son para ellos”, me dice un joven político afgano, que luego acepta que sin cultivos ilegales muchas familias no podrían sobrevivir.

A finales de los años noventa, los grandes erradicadores de la amapola fueron los talibán, pero “en el gobierno de Karzai hay permisividad con el negocio”, dice el mismo político. Cuando la ofensiva de 2001 cortó el flujo entre el dinero de Al-Qaeda y los talibán, éstos optaron pragmáticamente por meterse de lleno al negocio. Otro entrevistado afirma que “si un campesino de Helmand no puede producir ni vender otras cosa, ¿qué podemos esperar que haga?”.

El problema no es sólo la exportación. Hay un mercado interno que crece en un país con pocos sueños y con mucha población joven desempleada. Se calcula que hay más de un millón de drogadictos. Otro hombre nos dice que “los desplazados desesperados encuentran consuelo en las drogas”.

En 2013 se dio la mayor cosecha de opio en Afganistán. En Nangarhar se pasó en el último año de 3.000 a 16.000 hectáreas. Según el coronel jefe del departamento de investigaciones criminales, Sayed Mohamad Aqa “la policía no cuenta con personal experimentado, que nos permita siquiera hacerle frente al problema de las drogas”. En Herat el Azafrán fue un cultivo alternativo que floreció porque tenía un mercado internacional.

«Tomar el futuro en nuestras manos»

Es difícil ser mujer en Afganistán pero más aún haberlo sido en el pasado, sin que esto sea un consuelo. Ser mujer aquí es doloroso: violencia sexual asociada a la guerra, prácticas discriminatorias asociadas a la cultura, matrimonios forzados hasta de niñas, rechazo social a las víctimas, crímenes de honor, etc.

Durante los años noventa no pudieron ir a la escuela, estuvieron confinadas a sus casas y no podían salir sin el burka ni acompañadas de un familiar. La educación de niñas desapareció. Por eso ver un colegio femenino, con todas las deficiencias que tenga, es un logro.

La profesora Fatimá Mahmudí nos recibe en su oficina. Nos cuenta que su mayor reto es que “las familias permitan a las niñas venir a estudiar”. La gente muy vieja, explica, no entiende la importancia del conocimiento, del saber, han sobrevivido sin saber leer ni escribir, y no lo ven como una necesidad. Para muchos viejos “una mujer se casa y no le sirve para nada lo que estudió”. Lo que más recalca de las niñas de la escuela es su pasión por aprender, sus sueños de ser médicas o profesoras.

Al salir de hablar con la profesora, nos topamos con dos niñas de 14 años, Shiomui y Azma, que nacieron bajo el régimen talibán. Accedieron a hablar con nosotros y no hizo falta traductor. Con una excelente gramática inglesa respondieron fluídamente. Shiomui afirma que estudian porque “queremos tomar el futuro en nuestras manos”. Para Azma, que empezó usando la expresión “derechos de la mujer” nos dice que “no estudiar es ser como un árbol que no produce frutos”. La profesora nos despide diciendo: “puedo ver ya un poco de nuestro futuro en las caras de ellas”.

Publicado originalmente en El Espectador: https://www.elespectador.com/noticias/elmundo/los-retazos-de-guerras-articulo-465509