Emiratos Árabes Unidos: Paz con Israel, guerra con Palestina

Víctor de Currea-Lugo | 15 de Agosto de 2020

Emiratos Árabes Unidos ha decidido normalizar plenamente sus relaciones con Israel a cambio de que éste suspenda sus actividades para anexarse Cisjordania. El problema de fondo es que Emiratos está fortaleciendo un reconocimiento internacional de un Estado genocida, atribuyéndose una vocería del mundo árabe que no tiene, a cambio de que Israel deje de cometer un crimen de guerra. Esto pone en evidencia que parte del liderazgo árabe sigue diciendo que está en contra del sionismo, pero sus acciones lo delatan

Ya en 1919, el representante de la Organización Sionista Mundial, Jaim Weizmann, y el emir Fáysal, hijo del jerife de La Meca, firmaron un acuerdo que le permitía al lobby sionista la colonización de Palestina, con el apoyo de la casa saudí. Posteriormente, en los años, el Gobierno egipcio de Anwar el-Sadat, decidió negociar con Israel luego de la derrota egipcia en la guerra de 1973. Aunque este acercamiento le valió a Egipto la expulsión de la Liga Árabe y la condena de muchos líderes en la región, finalmente Egipto regresó al seno de la Liga sin que tuviera mayores consecuencias, salvo haber legitimado el régimen de Tel Aviv.

La jugada reciente de Emiratos Árabes Unidos no es ni espontánea, ni aislada de la política regional: obedece al plan que ha venido diseñando Donald Trump y que tiene un claro objetivo: fortalecer la presencia y la seguridad de Israel en la región, garantizando así su continua anexión del territorio palestino. Queda pendiente la posición que asuma Arabia Saudita. Si el régimen de Riad se suma a esta decisión, se consolidará la traición de una parte importante del liderazgo árabe al pueblo palestino.

Los Emiratos juegan la carta pragmática de “si no puedes vencer a tu enemigo únetele”; el problema es que esa alianza con Israel significa una nueva dinámica en Oriente Medio, con alcances mundiales, pero que sin duda también beneficiará la imagen interna de Netanyahu en Israel, rodeado de escándalos de corrupción.

Sabemos que la trampa del plan que ofrece Donald Trump es reconocer como israelí un territorio equivalente al 30% de la actual Cisjordania, dejando a los palestinos solo un 70% del 22% que le queda de la histórica palestina bajo su control. Es decir, a los recortes del territorio palestino de 1947, 1948 y 1967, se sumaría uno nuevo. Estados Unidos además propone que, en el territorio que quede, Palestina podría erigir un Estado, pero sin ninguna capacidad militar; con lo cual no tendría ningún monopolio de la fuerza, lo que es por definición la característica fundamental de un Estado.

Con el mismo cinismo que argumenta Emiratos Árabes Unidos, el Gobierno de Jordania también trata de presentar el acercamiento a Israel como un paso que facilitaría la paz. Esto no solamente es cínico, sino que desconoce por completo el comportamiento político de Israel durante las últimas décadas cada vez que se menciona la palabra paz.

En Egipto, el Gobierno de Al-Sisi, favorable a los Estados Unidos y muy cercano a los Emiratos, asume la misma postura. Bahréin, país que tiene en su territorio una gran base militar de los Estados Unidos, también se pronunció a favor del acuerdo. Como era de esperarse países europeos como Alemania, Reino Unido y Francia se han manifestado a favor del proyecto, lo que refleja la altísima influencia del sionismo en la política exterior europea y su gran irrespeto al derecho internacional.

Desde el lado palestino el rechazo a este acuerdo une por completo todas las voces palestinas, desde el Presidente Abu Mazen hasta los voceros de Hamas. Y, como en muchos otros intentos de paz en Palestina, la agenda se basa en prioridades externas o en asuntos que son más consecuencia que causa del conflicto: la vieja táctica usada por Israel es evitar dar la discusión sobre los temas centrales de la ocupación: asentamientos, refugiados, Jerusalén y territorio.

Como en otras ocasiones, se utiliza una supuesta defensa de la causa palestina para presentar lo que realmente es una traición. Emiratos Árabes Unidos dice que el acuerdo con Israel detiene la colonización, pero de facto lo que está haciendo es dando una legitimidad a Israel que le va a permitir precisamente continuar con la apropiación del territorio en un futuro cercano. El Gobierno israelí ha insistido en que esa suspensión solamente tiene un carácter temporal y, todos sabemos, que la palabra temporal es una de las cartas con las que ha jugado Israel durante décadas. La aclaración hecha por el Gobierno de Netanyahu es contundente: se trata simplemente de un aplazamiento.

Entre las monarquías del Golfo, organizadas en el Consejo de Cooperación del Golfo, cada vez pesa más su sentimiento contra Irán que su apoyo a la causa palestina. Por tanto, prefieren aliarse con los enemigos de Irán, como Estados Unidos e Israel, que apoyar al pueblo palestino. Así, va a aumentar lo que se ha conocido como la “guerra fría” entre Arabia Saudita e Irán, colocando Israel aún más cercano al eje saudí, que precisamente por eso sale más fortalecido, además de contar con la bendición de los Estados Unidos.

Esta decisión entierra, aún más si cabe, las posibilidades de un acuerdo de dos Estados. Sin territorio es imposible construir un Estado; pero, a su vez, Israel rechaza la posibilidad de un solo Estado democrático, pues esto significaría la negación de su pretensión de ser reconocido como un Estado judío, quedándole la carta de prolongar el régimen de Apartheid gracias, en buena parte, al silencio cómplice de la comunidad internacional.

Es ingenuo pensar que de parte de Emiratos Árabes Unidos vendría una propuesta de paz. Su Gobierno ha tenido una postura en general bastante guerrerista. Su presencia en Yemen, en Libia y en Siria demuestra claramente sus pocos aportes a la paz y muchos aportes  a la guerra en la región. Esa actitud repite la ya usada por Israel durante las negociaciones de Oslo que empezaron a finales de los años ochenta: los palestinos no tienen voz propia y las monarquías del Golfo y otros gobiernos árabes pueden, descaradamente, hablar a nombre del pueblo palestino y tomar decisiones desconociendo su autodeterminación.

La propuesta sionista entonces es alargar las medidas ilegales en el tiempo, mantener el apartheid contra los palestinos, continuar con la apropiación ilegal de territorios y esperar un golpe de suerte para que mágicamente desaparezcan millones de palestinos. Esto último es precisamente su mayor problema y es, además, la única esperanza real de Palestina.

 

Reproducido por Palestina Libre en: https://palestinalibre.org/articulo.php?a=76305