Turquía, una semana después

‎22 ‎de ‎julio ‎de ‎2016

Por: Víctor de Currea-Lugo, desde Estambul, Turquía

 

Ha pasado una semana del golpe militar fallido; en la plaza Taksim, de Estambul, hay un recordatorio inmenso con la lista de civiles muertos. Allí se reúnen después del trabajo los anti-golpistas a celebrar el triunfo y a mostrar su apoyo al presidente Erdoğan, quien salió fortalecido y con ganas de revancha. No es un homenaje gratuito: como respuesta al golpe, Erdoğan llamó al pueblo a echarse a las calles y lo logró.

Los cánticos de respaldo al presidente se acompañan de gritos como “Allah es grande” y prevalecen entre los manifestantes: el uso del velo, alusiones a los rebeldes sirios, a los Hermanos Musulmanes y gestos, como señalar cuatro dedos de la mano en apoyo al proceso de islamización.

Frente al golpe, que puso en el pasado lejano el grave atentado del aeropuerto, los argumentos de la democracia y de la defensa de la nación fueron usados por ambos lados: Erdoğan insiste en que ante todo fue elegido democráticamente, lo que es cierto, y los golpistas en la necesidad de salvar el país del creciente islamismo, proceso encabezado desde 2003 por el actual presidente, quien hasta hace dos años era Primer Ministro.

Frente a la inmensa lista pública de muertos, hay un libro que recoge las firmas de apoyo. Mientras tanto, los teléfonos no paran de recibir mensajes a nombre del propio Erdoğan llamando a defender la democracia. Este es un caso en que el Estado usó las redes sociales para su propio beneficio. Alguien me hace una traducción de uno de los mensajes: “Querida nación, no dejes de resistir. Mantenemos las guardias para aleccionar a los terroristas traidores”. Urge al gobierno mantener escenarios de manifestación continuos para garantizar la movilización social que precisamente le salvó.

Los militares rebeldes se equivocaron en varias cosas: desconocer las bases sociales de Erdoğan, que no son pocas ni pasivas; minimizar el peso del ritual democrático que se mantenido en las últimas décadas, con todo y sus errores; y, por último, creer que los escándalos de corrupción, los ataques del Estado Islámico y las protestas del pasado reciente habían afectado lo suficiente al gobierno para ganar adeptos a la hora de un golpe.

La tradición militar golpista es relevante, este fracaso es apenas otro capítulo que se suma a los cuatro golpes militares perpetrados desde 1960. De hecho, un orador en la plaza Taksim recuerda los golpes y presenta el fracaso reciente como un triunfo de los civiles contra los estamentos militares (por no decir del islamismo sobre lo laico, parte de la tensión interna en Turquía por décadas).

Este golpe le ha permitido a Erdoğan medir su popularidad, al punto que presentó el intento de golpe como “una bendición de Alá” que le va a permitir limpiar (aún más) las instituciones estatales de enemigos.

Erdoğan arremete causando despidos y detenciones que se cuentan por miles: jueces, militares, académicos, servidores públicos, etc. Llama la atención que hay más académicos que militares afectados por la cacería de brujas. De manera cuidadosa se presenta el golpe, ante la sociedad, como una acción terrorista y (casi) pone en la misma bolsa a los kurdos del PKK, al Estado Islámico y a los militares golpistas. Sabe que tiene a las calles activas de su lado y a los opositores arrinconados.

En la plaza se impone la misma lógica del mal menor, los gritos exaltan las virtudes de Erdoğan. Los manifestantes gozan del apoyo y cuidado de la policía, la institución que se enfrentó al ejército y contribuyó a la derrota del golpe.

Erdoğan reproduce ese modelo en sus mensajes a la comunidad internacional, sabe que es el momento de poner contra las cuerdas a Europa y a Estados Unidos: “con nosotros o con los golpistas”; sabe que Europa necesita a Turquía para luchar contra el Estado islámico y para detener a los inmigrantes.

Hasta cerca del amanecer se oyen las consignas, los carros con banderas y fotos de Erdoğan por la ciudad. Hay un movimiento nacional muy combativo de rechazo a los golpistas, lo que podría ser leído (por lo menos por parte del gobierno) como una legitimización del proyecto en curso: una Turquía que se aleja de la democracia en aras del Islam, que persigue disidentes de izquierda y que no quiere negociar con los kurdos.

La amenaza “no ha terminado del todo”, fue una conclusión del Consejo Nacional de Seguridad del miércoles pasado, ¿Cuándo terminará? Prolongarlo da dividendos políticos y espacios para actuar sin rendir cuentas: ya Turquía opta por el Estado de emergencia, suspender la Convención Europea de Derechos Humanos, con lo cual crece el temor de que a nombre de salvar la democracia, se ataque la democracia. El letrero con los muertos se acompaña de una gran consigna: “la soberanía pertenece a la nación/pueblo”, pero, ¿a quién le pertenece la nación?

Los militares perdieron, pero tampoco eran una gran esperanza: el record de violación de derechos humanos en su lucha contra los kurdos lo demuestra. En todo caso, una democracia (así sea de fachada) es mejor que un golpe militar, pero eso no es consuelo para justificar los recortes a las libertades y las persecuciones en nombre de la democracia. Contener a los militares le permitió a Turquía romper con su pasado golpista, pero no necesariamente abrir una agenda que la ponga en un futuro esencialmente mejor. El error está en pensar que se trata de una lucha en la que hay buenos y malos, y no agendas enfrentadas pero, de cierto modo, igual de perversas.