2026: pocos días, muchas guerras

Víctor de Currea Lugo | 13 de enero de 2026

 

El mundo que entra en 2026 no está al borde de la guerra: ya vive en ella, solo que fragmentada, tercerizada y administrada por las potencias que deciden dónde se mira y dónde se calla.

No hay estallidos espontáneos, sino violencias sostenidas; no hay errores aislados, sino políticas deliberadas.

Y mientras se habla de orden internacional y seguridad global, los muertos se acumulan lejos de los centros de poder, confirmando que la guerra dejó de ser una excepción para convertirse en un método.

Guerras de 2026

Israel – Palestina: Lo que ocurre con Palestina es un genocidio sostenido que hoy continúa precisamente porque salió de la portada de los grandes medios: un exterminio administrado con precisión militar y silencio diplomático, en el que Israel actúa con total impunidad y Occidente confirma que los derechos humanos son un privilegio geopolítico y no un principio universal.

Rusia – Ucrania: La guerra en Ucrania ya no se explica por mapas sino por cuerpos, por una Europa que se acostumbró a financiar la muerte mientras habla de valores, y por una Rusia que convirtió la invasión en política de Estado, en un conflicto que se prolonga no porque no tenga salida, sino porque a las potencias les resulta funcional mantenerlo abierto como laboratorio de armas, sanciones selectivas y discursos morales a conveniencia.

Estados Unidos – Venezuela: En 2026 la confrontación entre Washington y Caracas dejó de ser retórica y se expresó en el uso directo de la fuerza. La primera acción militar estadounidense incluyó bombardeos selectivos, incursiones contra instalaciones estratégicas y la captura de Nicolás Maduro, lo que confirma que el conflicto nunca giró en torno a la democracia, sino al control político y energético.

Lejos de cerrar la crisis, esa operación abrió una fase más inestable: Donald Trump ha advertido que habrá una segunda ofensiva si las autoridades venezolanas no se ajustan a sus exigencias. Venezuela entra así en un escenario de soberanía condicionada y amenaza permanente.

Arabia Saudita – Yemen: Yemen sigue siendo una guerra invisibilizada, una catástrofe prolongada donde Arabia Saudita intenta cerrar costos sin asumir culpas, mientras Israel amplía su maniobra regional al reconocer a Somalilandia como parte de su proyección estratégica en el mar Rojo y sus hostilidades con Yemen, confirmando que el conflicto ya no es local sino parte de una arquitectura de agresión regional con aval internacional.

Siria – Estados Unidos: En Siria, 2026 no empezó con advertencias abstractas sino con bombardeos concretos. Estados Unidos lanzó ataques aéreos en enero contra objetivos del Estado Islámico y milicias aliadas, confirmando que la intervención sigue activa y que la guerra está lejos de cerrarse.

Donald Trump dejó claro que estos golpes no son excepcionales sino parte de una política de intimidación permanente: habrá nuevos ataques si Washington considera que Damasco o sus aliados cruzan líneas rojas. Siria entra así en otro año bajo fuego y amenaza, con una soberanía condicionada por decisiones tomadas fuera de su territorio.

Alto riesgo de guerra

Riesgo Groenlandia – Estados Unidos: La amenaza sobre Groenlandia marca un salto cualitativo: ya no se trata de intervenciones encubiertas en el Sur global, sino de la disposición explícita a fracturar alianzas históricas si estas obstaculizan el acceso a territorios estratégicos.

La mención del uso de la fuerza para “adquirir” la isla danesa no es una bravata diplomática, sino una señal de que la lógica del despojo ha regresado al centro del sistema internacional. Que esta amenaza ponga en riesgo la continuidad misma de la OTAN revela hasta qué punto el orden liberal se sacrifica cuando choca con la geografía, los recursos y la ambición imperial.

Riesgo México – Estados Unidos: México aparece en el radar no como aliado sino como advertencia. Washington no necesita un ataque abierto para imponer disciplina: basta con convertir la cooperación en un instrumento de presión selectiva.

Las críticas de Claudia Sheinbaum a la intervención en Venezuela conviven con una reafirmación forzada de la colaboración en materia de seguridad y control del narcotráfico, mientras el suministro energético mexicano —en particular el petróleo enviado a Cuba— se convierte en un punto de fricción. El mensaje es inequívoco: en el nuevo orden hemisférico, disentir es tolerable solo si no interfiere con los intereses energéticos y geopolíticos de Estados Unidos, y México camina peligrosamente cerca de esa línea.

Riesgo Irán – Israel: Tras un primer round que rompió el mito de la guerra indirecta, 2026 apunta a un segundo enfrentamiento más duro entre Irán e Israel, con una escalada que ya no se limita a mensajes simbólicos sino a golpes calculados, en una región donde cada misil tiene detrás una red de alianzas, silencios cómplices y apuestas por una guerra ampliada.

Durante las marchas en Irán (desde el 28 de diciembre de 2025), Estados Unidos ha advertido que no permanecerá al margen si la represión escala, invocando una vez más el lenguaje selectivo de la “defensa de la democracia”.

Riesgo China – Taiwán: Taiwán sigue siendo una bomba de tiempo cuidadosamente administrada, donde China afirma su poder, Estados Unidos juega a la provocación y la disuasión simultáneas, y el derecho internacional se adapta al tamaño del actor, no al principio que dice defender, dejando al mundo al borde de un error de cálculo de proporciones históricas.

Riesgo Cuba – Estados Unidos: Cuba vuelve a estar en el centro de la presión hemisférica de Washington. Donald Trump declaró que no permitirá que “ni petróleo ni dinero venezolano” sigan llegando a la isla y exigió a La Habana que “haga un acuerdo”, reeditando la lógica de coerción que ha marcado más de seis décadas de bloqueo.

No se trata de un anuncio de ataque militar, sino de una amenaza económica explícita que busca asfixiar al país y forzar concesiones políticas. Cuba sigue siendo, para Estados Unidos, un conflicto no resuelto que se administra mediante sanciones, castigo colectivo y ultimátum, no mediante diplomacia.

Riesgo Corea del Norte–Corea del Sur: En 2026, la península coreana volvió a escalar las amenazas sin cruzar aún el umbral de la guerra abierta. Corea del Norte acusó a Corea del Sur de incursiones con drones y advirtió de represalias, mientras Seúl negó los hechos y elevó el nivel de alerta militar.

A ello se suman nuevas pruebas de misiles norcoreanos y un endurecimiento del discurso oficial en Pyongyang, lo que confirma que el conflicto sigue activo y listo para reactivarse en cualquier momento.

Riesgo Colombia – Estados Unidos: Y al final aparece Colombia, atrapada entre su historia de subordinación y la presión de una potencia que no tolera autonomías reales. Tras el ataque estadounidense en Venezuela y la escalada verbal entre ambos países, Gustavo Petro y Donald Trump sostuvieron una conversación telefónica en enero de 2026 que abrió un compás de espera, presentado como un esfuerzo por reducir la tensión y preservar los canales de diálogo. Pero esa pausa es frágil; se trata de una tregua tácita, reversible y asimétrica.

Riesgo de Tercera Guerra Mundial: No se anuncia con una declaración formal ni con trincheras globales, pero la Tercera Guerra Mundial ya se insinúa como una suma de guerras fragmentadas, normalizadas y conectadas, donde las grandes potencias externalizan la violencia, prueban armas, redefinen fronteras y dejan que los muertos se acumulen lejos de sus capitales.

Y solo van 15 días

Aquí no están todas las guerras ni todos los dolores: quedan fuera los conflictos internos que desangran África —Sudán, Congo—, las violencias estructurales —Haití, Birmania—, y las guerras no declaradas que se libran con hambre, sanciones y fronteras cerradas.

No están excluidas porque sean irrelevantes, sino porque esta columna no pretende ser un inventario exhaustivo del horror, sino una advertencia política: las guerras que aquí se nombran son las que ordenan el sistema internacional, las que deciden silencios, alianzas y permisos para matar, mientras otras tragedias siguen ocurriendo precisamente porque no alteran el tablero del poder global. Tampoco aparecen Nigeria, bombardeado por Estados Unidos a finales de diciembre de 2025, ni los ataques de Israel al Líbano y a Siria.

Lo inquietante no es que el mundo esté lleno de guerras, sino que aprendió a convivir con ellas, a jerarquizar víctimas, a justificar agresiones y a normalizar el exterminio cuando conviene; en 2026 no asistimos a un desorden global sino a un orden violento perfectamente funcional, donde las potencias administran conflictos, los medios administran silencios y el derecho internacional sobrevive como retórica, mientras la guerra —esa vieja herramienta del poder— vuelve a mostrarse como lenguaje principal de la política mundial.

PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es el asesor presidencial para Oriente Medio, del gobierno colombiano.