Víctor de Currea-Lugo | 17 de marzo de 2026
No es aún una guerra total, pero sí un conflicto sostenido y en expansión, con múltiples frentes activos y potenciales. La intensificación del frente libanés, la presión sobre las rutas energéticas, la activación del eje aliado de Irán y la centralidad estratégica de Irak muestran que el escenario supera con creces la confrontación bilateral. Aquí algunas tendencias:
1. Profundización del frente libanés. La intensificación del frente libanés se manifiesta tanto en la ampliación del territorio ocupado por Israel como en el daño significativo e indiscriminado a las zonas urbanas.
Israel repite su fórmula de golpear de manera indiscriminada objetivos militares y bienes civiles. Como en el pasado, la destrucción de infraestructura civil busca funcionar como mecanismo de presión sobre la población y los actores políticos locales.
Pero hay dos elementos nuevos: la resistencia de Hizbollah sigue viva, una variable bastante menospreciada por Israel. Nos dijeron que tras la muerte de su líder, Nasrallah, Hizbollah no levantaría cabeza, pero lo que vemos es diferente.
Y la oposición de Francia a la campaña de Israel en el Líbano, debido a sus vínculos históricos y políticos. En relación con ese país, Francia sí menciona el derecho internacional y la soberanía, lo que no hace respecto de Irán.
2. Discurso y prácticas maximalistas de Irán. Irán asume el conflicto como una guerra existencial, con una lógica de confrontación total y de resistencia prolongada. No va a ceder en pocos días, y menos aún si lo dice Estados Unidos.
Irán ha sido golpeado como nunca antes, pero se mantiene, lo que indica que sus capacidades superan las previstas y/o que el poder de fuego de Israel y de Estados Unidos fue sobredimensionado. Irán, para negociar, pediría quitar las sanciones económicas, desmantelar la capacidad nuclear de Israel y retirar las bases militares de Estados Unidos de los países cercanos, lo que significaría una derrota aplastante para Estados Unidos.
Otro punto es que el mecanismo de reemplazo de los líderes asesinados es casi automático, por lo que no se trata de asesinar al líder para desbarrancar al país. Y algo muy importante: no se han observado fracturas en las Fuerzas Armadas ni en la sociedad iraní.
3. Activación del eje de la resistencia. Se observa una activación —aunque frágil— del eje regional aliado de Irán: Hizbollah entra de lleno en combate, las brigadas iraquíes participan en ataques contra Estados Unidos en Irak, y queda pendiente la postura militar activa de Yemen.
Esto empantanaría más a los Estados Unidos y a Israel en la medida en que las guerras mal llamadas irregulares sirven para, digamos, “vietnamizar” la confrontación. Siempre vale tener presente la heterogeneidad en el eje de la resistencia.
4. El estrecho de Ormuz como espacio de confrontación. El estrecho se convierte en escenario de desafío comercial y militar, especialmente tras acciones directas, como el bombardeo estadounidense contra una isla iraní. Controlar el estrecho es la “arma” más eficaz de Irán.
Además, su reciente decisión de no bloquear el estrecho, sino de restringir el paso a ciertos países, llevó a Australia y Japón a rechazar la invitación de Estados Unidos a crear una coalición militar que garantizara la apertura total del estrecho. Negocios con negocios: frase que ahora se vuelve contra Estados Unidos.
5. Ataques a sedes diplomáticas. Los ataques a instalaciones diplomáticas —como los ocurridos en Irak o contra la embajada estadounidense en Arabia Saudita— sitúan, en la práctica, estas sedes en la lista de objetivos militares (debate jurídico que abordaré en otro análisis).
El uso de sedes diplomáticas para actividades de inteligencia, la transmisión de información militar, la planeación de acciones y la presencia de servicios de inteligencia operativos (tipo CIA) alteran su estatus de seguridad y aumentan el riesgo de escalada.
6. Importancia estratégica de Irak. Quien controle Irak obtiene un corredor terrestre clave hacia Irán o la posibilidad de cerrarlo, dado que otras rutas son geográficas o políticamente inviables.
Es cierto que el gobierno posterior de Sadam Husein fue impuesto y administrado por Estados Unidos y que allí se mantiene un pequeño despliegue militar, como la base en Erbil, al norte del país. Pero Irak es mucho más complejo.
Uno, el sentimiento antiamericano es fuerte; dos, la mayoría de la población es musulmana chií; y tres, las brigadas iraquíes que forman parte del eje de la resistencia se mantienen activas. Allí, los únicos aliados potenciales de Estados Unidos son los kurdos, pero su líder, Barzani, ya dejó claro que no entrará en la guerra.
7. Sesgo de la comunidad internacional y del Consejo de Seguridad. Hay un claro desequilibrio en la respuesta institucional internacional: el Consejo de Seguridad ha condenado los ataques iraníes contra países vecinos, pero no ha emitido una condena equivalente frente a la ofensiva inicial de Israel y Estados Unidos contra Irán, lo que evidencia una aplicación selectiva de los principios del derecho internacional.
Lo que hace Irán se califica como una amenaza para la paz internacional, sin mencionar los bombardeos iniciales de Estados Unidos e Israel que desencadenaron el conflicto. El texto fue respaldado por la mayoría del consejo, mientras que propuestas que pedían condenar a “todas las partes” o cesar las hostilidades sin señalar responsables no fueron siquiera adoptadas.
Un Oriente Medio en caos
El conflicto aún no alcanza el nivel de guerra total, pero sí constituye una guerra sostenida, con múltiples frentes activos y potenciales. Es iluso negar que exista un desgaste militar, económico, político y social, tanto en Estados Unidos como en Israel.
Las declaraciones sobre la negociación y el fin de la guerra pueden interpretarse como mecanismos de presión más que como indicios de una desescalada real. La ausencia de una invasión terrestre masiva mantiene el conflicto en un nivel controlado, aunque altamente destructivo.
Por otro lado, si sumamos las declaraciones de España y su reciente postura, la preocupación de Francia por el desarrollo de la guerra en el Líbano, las negativas de Australia y Japón de enviar tropas para desatascar el estrecho de Ormuz, más el casi nulo llamado de Trump a sus aliados para organizar una coalición para cuidar el estrecho, todo esto hace pensar que el respaldo militar efectivo de los aliados de Estados Unidos está por verse. Irán sabe que está “solo”, pero Estados Unidos está descubriendo que podría quedar solo.
Al final, lo que estamos viendo no es una guerra relámpago ni un conflicto destinado a resolverse en una mesa de negociación en cuestión de semanas. Es una guerra de desgaste, de cálculo frío y de umbrales cuidadosamente administrados, donde todos los actores parecen avanzar lo suficiente como para no perder, pero no tanto como para desencadenar una catástrofe irreversible.
Ahora, si los planes eran destruir las capacidades militares nucleares de Irán, la guerra fue un fracaso simplemente porque no hay pruebas de que tales capacidades existan. Sí, fue para reducir el ámbito de influencia de Irán en la región; tampoco. Si el objetivo era “cambiar el régimen”, hoy el gobierno de Irán está más fuerte que hace dos meses.
Sin embargo, la historia enseña que las guerras sostenidas rara vez permanecen bajo control indefinidamente: basta con un error de cálculo, un ataque fuera de libreto o una presión interna insoportable para que el conflicto salte a otra escala. Oriente Medio vuelve así a situarse en el punto exacto en el que las crisis regionales dejan de ser regionales y empiezan a convertirse en problemas del mundo entero.
PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabajaba. El autor es asesor presidencial del gobierno colombiano.











