Camboya y sus campos de la muerte

Camboya
Cuando los vietnamitas llegaron, en 1979, encontraron miles de cadáveres.Víctor de Currea-Lugo

Víctor de Currea Lugo | 14 de julio de 2016

Toda guerra tiene su drama, pero los genocidios tienen un dolor especial; en parte por la intención de los perpetradores de borrar la naturaleza humana que, además, comparten con sus víctimas. Es inexplicable la aniquilación en masa. El Holocausto nazi, Ruanda y Darfur comparten la pregunta. En 1975, Phnom Penh cayó en manos de los Jemeres Rojos, quienes en pocas horas la evacuaron, como parte del plan de destruir el mundo urbano y ruralizar el país. En los siguientes cuatro años, alrededor de dos millones de personas fueron asesinadas por orden de Pol Pot y de sus todopoderosos maoístas. (Lea «Muerte en Camboya»)

Los sobrevivientes

Iv Saosokha es uno de los sobrevivientes: tenía 17 años cuando “fui evacuado con 12 miembros de mi familia, nos dijeron que no lleváramos nada porque en tres días volveríamos”. Era el comienzo del “Año Cero”, un mito fundacional de una nueva Camboya. Estuvieron caminando durante seis días y debieron escribir una autobiografía bajo la amenaza de que “si encontramos mentiras serán castigados”. Su padre, un hombre de clase media, fue enviado a un “campo de reeducación” y por “sus antecedentes burgueses” fue asesinado.

La venganza contra “el enemigo de clase” incluía la represión de cualquier expresión “burguesa”, ya fuera ropa, joyas o el uso de gafas, me explica Kunthy Seng, del Centro de Documentación de Camboya. El régimen priorizó la ejecución de médicos, ingenieros, profesores, deportistas y personas bilingües.

Iv, luego del primer filtro, fue separado y enviado con su mamá y su hermana menor a la provincia de Battambang. Su hermana, de sólo nueve años, debía recoger boñiga de vaca para fertilizar la tierra; esa era la tarea de los menores de cinco a 10 años.

El pasado debía desaparecer: el dinero, la familia, la religión, los carros, el deporte, todo. “No teníamos medicinas ni doctores. Las pocas que teníamos las escondíamos. Tenerlas equivalía a una traición que se pagaba con la vida”. Al año siguiente su madre enfermó y fue separada; cuando le informaron de su muerte “me prohibieron explícitamente llorar”.

Iv recuerda cómo un hombre, con las manos atadas y los ojos vendados, era golpeado hasta morir y luego arrojado a una fosa; él mismo encontró el cuerpo de uno de sus primos en una plantación. Los castigos eran por cometer crímenes contra el régimen, pero para él nunca era claro qué era permitido y qué no. “Mataron gente por dejar perder una cuchara o dañar una herramienta”.

Finalmente, los vietnamitas intervinieron en el país y los liberaron. Hace 37 años se acabó la matanza, pero el dolor sigue. Para Iv, cada aniversario es viajar en el tiempo. Él cuenta todo esto a sus estudiantes y a sus hijos, pero muchos no le creen del todo; el olvido se impone y la inmediatez del mundo relega el pasado.

La sombra del olor

El olor a muerte era tan fuerte que por esto los vietnamitas hallaron el mayor campo de tortura del régimen, instalado en un antiguo colegio en la capital: el famoso centro S-21 o Tuol Sleng. Sus aulas fueron divididas en pequeños cubículos donde había cadenas fijas para los detenidos. Hoy funciona allí un museo que recuerda el terror que sufrieron más de 14.000 detenidos, de los cuales menos de una docena sobrevivieron. En su reglamento interno se prohibía “gritar al recibir latigazos o choques eléctricos”. Para evitar que algunos se suicidaran saltando desde los pisos más altos, pusieron alambradas.

Cuando los vietnamitas llegaron, encontraron cadáveres por doquier, algunos atados de las extremidades a camas metálicas sin colchón. Décadas después, “el camarada Duch”, que había sido jefe de los servicios de inteligencia y responsable directo de las purgas, confesó todo el horror.

A varios kilómetros de allí, en las afueras de la capital, queda De Choueng Ek, uno de los más de 300 campos de exterminio, los tristemente famosos killings fields. La convicción de que la radicalidad política debía ir de la mano de la ferocidad militar se impuso. Las minorías fueron perseguidas, especialmente musulmanes y budistas, chinos y vietnamitas.

Visito el campo con Tily Fatily, quien me cuenta que a su abuelo le ataron una piedra a la espalda y luego lo arrojaron a un río por ser musulmán; su padre ocultó su identidad para poder sobrevivir. En este campo llegaron a matar hasta 300 personas al día. El sitio era un antiguo cementerio chino, luego adaptado para la muerte y donde se oían por altavoces canciones revolucionarias, en parte para acallar los gritos de las víctimas.

Más que un genocidio, parece una suma de genocidios contra grupos diferentes reducidos a una noción común: el enemigo. También hubo purgas dentro de las propias filas: había miedo al “burgués interno” y había que extirparlo. Tenían que “golpear al enemigo en sus raíces”, y así justificaron la muerte de los hijos de los detenidos. En este campo está el “Árbol del Exterminio”, donde los Jemeres Rojos mataban a los niños tomándolos de los pies y estrellando sus cabezas contra el árbol.

Muchos murieron por las condiciones de vida (raciones diarias de 600 gramos de arroz o menos), aunque por lo menos 800.000 fueron asesinados; de estos, menos del 30 % con armas de fuego y el resto fueron “ejecuciones manuales” en campos como éste. La máxima de Pol Pot era simple: “es mejor matar a un inocente por error que dejar un enemigo vivo por error”.

Ayer y hoy

Los asesinos eran un puñado de estalinistas intelectuales afrancesados (Pol Pot estudió en París y militó en el Partido Comunista Francés) que sacaron provecho del odio de los más marginados, a quienes entregaron el poder local. Su paranoia colectiva se nutrió hasta del genocidio en Indonesia contra los comunistas.

Años después, algunos círculos de poder se opusieron al estudio del genocidio porque varios de los antiguos dirigentes de los Jemeres Rojos siguen estando en posiciones de poder. Por eso tomó más de siete años la pelea por incluir los hechos en el currículo escolar. Por lo mismo, algunas víctimas prefieren el silencio.

Me cuenta Kunthy Seng, del Centro de Documentación de Camboya, que los asesinos dicen que cumplían órdenes, que no tenían toda la información, y algunos hasta se redefinen como víctimas. Algunas víctimas reales de credo budista han renunciado al camino de la justicia seguras de que el karma de los genocidas algún día les cobrará lo hecho.

Por su parte, la comunidad internacional demoró 19 años para usar la palabra genocidio (1997), tal como había sido temerosa de usarla en Ruanda y demorada para usarla en Darfur, aunque la ONU tenía ya un informe de los horrores en 1979, que mantuvo en secreto.

La Guerra Fría hizo de Camboya un simple peón del ajedrez internacional, como hoy lo es Siria. Los ejemplos de Lenin, Stalin y Mao marcaron ese genocidio y hay quienes discuten si se trata de un genocidio comunista o camboyano, pero no hay que ser comunista, cristiano o alemán para ser genocida, basta con ser humano. Y esa comparación aterra porque nos hace responsables.

Publicado originalmente en El Espectador: https://www.elespectador.com/noticias/elmundo/camboya-y-sus-campos-de-muerte-articulo-643365