Víctor de Currea-Lugo | 9 de abril de 2026
Permítanme comenzar con una confesión sencilla, casi cotidiana. En el mundo hispanohablante, cuando no entendemos algo, solemos decir que “eso está en chino”.
Es una expresión tan extendida que parece inocente, pero en realidad revela algo más profundo: durante mucho tiempo, China ha sido para nosotros no solo lejana, sino también incomprensible. Y, sin embargo, estamos aquí justamente para hacer lo contrario: para comprender.
Creo que uno de los grandes problemas de nuestras sociedades, y lo digo como académico, pero también desde mi experiencia como servidor público (trabajo que terminó hace algunos días), es que hemos mirado a Asia, y particularmente a China, con demasiada distancia, con prejuicios persistentes y, sobre todo, con ignorancia debido a la falta de estudio, de contacto, de curiosidad genuina.
En América Latina, y en Colombia en particular, nuestras élites políticas, académicas e incluso culturales han estado históricamente orientadas hacia otros horizontes. Hemos pensado el mundo desde el Atlántico, no desde el Pacífico.
Hemos leído más hacia Europa y Estados Unidos, y mucho menos hacia Asia. Y cuando uno no mira, no estudia, no dialoga, termina por simplificar. Y cuando simplifica, inevitablemente se equivoca.
Por eso, durante años, China ha sido vista a través de lugares comunes: o bien como una amenaza abstracta, o bien como una potencia incomprensible. Ambas visiones, aunque opuestas, tienen algo en común: nacen de la distancia. Y la distancia es mala consejera.
Pero el mundo en el que vivimos hoy ya no permite ese tipo de distancias cómodas. Estamos atravesando un momento de crisis global profunda, una crisis de orden mundial. Las reglas que durante décadas parecían estables hoy se discuten, se tensan, se rompen.
Las guerras se multiplican, las tensiones geopolíticas aumentan, las instituciones internacionales muestran sus límites, y los discursos dominantes ya no logran explicar del todo la realidad.
En ese contexto, el mundo nos obliga —casi nos empuja— a mirar de nuevo. A repensar nuestras categorías. A revisar nuestras certezas. Y en ese nuevo mapa, China ocupa un lugar central. No como una abstracción, no como un titular, sino como una realidad concreta, compleja y dinámica.
Por eso, creo que este tipo de encuentros no son un simple acto protocolario. Son, en realidad, una forma de corregir una mirada histórica incompleta. La mejor manera de conocer un país es a través del encuentro: del intercambio académico, de la conversación, del estudio compartido, de la posibilidad de hacerse preguntas mutuas.
La academia tiene aquí una responsabilidad fundamental. Porque la academia no está llamada a repetir lo que ya se cree saber, sino a cuestionarlo. No está llamada a confirmar prejuicios, sino a desmontarlos.
Y en un momento como el actual, donde el mundo tiende a dividirse en lecturas cada vez más binarias, el papel de la academia como espacio de complejidad se vuelve indispensable. Desde esa perspectiva, los intercambios académicos no son un lujo, ni un complemento. Son una necesidad.
Varias veces he insistido en algo que hoy me parece aún más urgente: el mundo no se puede entender desde un solo centro. No hay una única mirada capaz de explicar la totalidad de la complejidad global. Y cuando se intenta imponer una sola mirada, lo que se produce no es claridad, sino distorsión.
Pero entender no significa idealizar. Tampoco significa renunciar al pensamiento crítico. Significa algo más exigente: asumir la complejidad, aceptar que hay diferencias y tensiones, pero también que hay posibilidades de diálogo y cooperación de aprendizaje mutuo.
Creo que ese es el verdadero sentido de encuentros como este: no eliminar las diferencias, sino hacerlas comprensibles. Permítanme decirlo de manera directa: necesitamos más conocimiento y menos consignas. Más intercambio y menos prejuicios. Más preguntas y menos certezas prematuras.
Y eso también implica un cambio cultural. Tal vez ha llegado el momento de dejar de decir que algo “está en chino” cuando no lo entendemos, y empezar a reconocer que, si no entendemos, es porque no hemos hecho el esfuerzo suficiente por comprender.
Porque entender al otro no es un acto de cortesía. Es una necesidad en un mundo interdependiente. Pero también, y esto es importante decirlo, tienen una oportunidad: la de contribuir a un mundo menos simplificado, menos polarizado y, ojalá, más comprensible. Muchas gracias.
PD: palabras pronunciadas en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tianjin, China, a donde asistí como académico invitado independiente al Campamento de Educadores 2026, sin asumir ninguna representación de carácter oficial.












