Fotos: Víctor de Currea-Lugo

Mi sitio favorito es más complejo que una foto. Es una sensación. Y para agarrarla totalmente hay que esperar una hora exacta: la caída del sol del Caribe

Por: Víctor de Currea-Lugo Julio 01, 2017

La Habana tiene nombre de mujer. Es la ciudad, la capital de “la bella Cubita, la de La Habana preciosa” como dice la canción, un lugar cargado de demasiadas historias, mitos y emociones. Como en toda ciudad, cada cual tiene su lista de sitios favoritos: desde La Habana Vieja y su catedral eterna, hasta las fachadas de El Vedado, pasando por las tumbas del Cementerio Colón y las huellas de Fidel y de los suyos. Las calles de La Habana son algunas de las más fotografiadas del mundo.

Pero mi sitio favorito es más complejo que una foto. Es una sensación. Y para agarrarla en toda su extensión hay que esperar una hora exacta: la caída del sol del caribe. Y el sitio adecuado es el jardín posterior del Hotel Nacional. Allí se debe llegar caminando para estar entonces saturado del olor de La Habana. Todo el mundo le pone un olor a la ciudad: a mí me huele a tabaco, más exactamente a tabaco recién enrollado. En honor a la verdad, aquí no hay (afortunadamente) olor a santidad sino olor a santería.

 

Cuba tiene el sello del pasado colonial, no solo en dicho hotel sino hasta en esa mole que se alza en la Habana Vieja y que es una versión cubana que mezclan partes del panteón de Paris, de la catedral de San Pedro en el Vaticano y del capitolio de los Estados Unidos. Uno atraviesa esa extraña elegancia colonial del Hotel y pide un Cuba libre. Lo toma con la mano izquierda (no podría ser de otra manera) y lo eleva unos pocos centímetros, compartiendo un brindis con el mar.

El sol bajando, el hotel detenido en el tiempo, el olor a tabaco en el aire, el mar golpeando el malecón y un bolero sonando a lo lejos. Han pasado 25 años exactos desde mi primer viaje a Cuba. En el fondo es como una Penélope que espera, por eso mira al mar y por eso engaña al tiempo. A propósito, soy un convencido que si Penélope no existiera, Ulises no hubiera regresado (no tendría razones para hacerlo).

A lo lejos un conjunto típico canta el famoso: “parece que va a llover, el cielo se está nublando, parece que va a llover, ay mamá me estoy mojando” y sonrió porque soy consciente de esa colectiva autopercepción cubana de que son de azúcar: todos le huyen a la lluvia como si se fueran a derretir, como si en ello se les fuera la vida.

 

 

El ritual termina y su belleza radica en que más que un sitio favorito es una ceremonia que repito; esta vez brindo por la escritura y por el periodismo (que me dio mi primer viaje a la isla al igual que este último), por la poesía, y por la Virgen de Guadalupe y por Santa Bárbara (aunque yo sigo siendo ateo). El camino de regreso está lleno de viejas ansias y nuevas nostalgias, de carros viejos y rumor de banderas. Y, claro, el sabor del brindis en los labios.

En las calles y plazas más céntricas hay servicio de Internet. Es curioso, parece que ahora medimos nuestro nivel de vida por la velocidad de la red. Aquí ya, para algunos, el problema no es que se caiga el sistema, sino que se caiga la señal.

 

Sí, La Habana es una mujer y eso tiene consecuencias. Los seres humanos, como las ciudades, a veces somos solo ese momento exacto que resume un cúmulo de años de encuentros y desencuentros. Borges se refería a una mujer amada diciendo: “igual a las demás pero que es Ella”. Lo mismo se podría decir de cada persona, de cada ciudad, pero no de un brindis frente al mar Caribe.

@DeCurreaLugo

Fotos: Víctor de Currea-Lugo