Manual de frases inútiles

Víctor de Currea-Lugo | 27 de julio de 2026

Hay frases que no sirven para decir un carajo, sino solo para que parezca que uno dijo algo. Son fórmulas solemnes, infladas de adjetivos, totalidad y compromiso, que permiten ocupar el lugar moral correcto sin asumir costo alguno.

Esas frases funcionan como una especie de detergente verbal: limpian la imagen, diluyen culpas, simulan cercanía y dejan intacta la realidad. Aquí unos ejemplos:

1. Rechazamos categóricamente estos hechos. Rechazar categóricamente suena mucho más contundente que rechazar simplemente.

Uno imagina que hay categorías de rechazo: rechazo leve, rechazo moderado, rechazo con ceño fruncido y rechazo categórico, que debe ser cuando además se mueve la cabeza de lado a lado.

El problema es que los hechos siguen exactamente dónde estaban, porque el rechazo, por categórico que sea, no los modifica, no los castiga y ni siquiera los incomoda. Pero queda la constancia de que uno estuvo muy en desacuerdo desde una oficina.

2. Expresamos nuestra más profunda preocupación. La preocupación, para ser respetable, tiene que ser profunda. Una preocupación superficial sería casi una grosería. Ahora, nadie explica cómo se mide la profundidad: si llega hasta el pecho, hasta el estómago o hasta alguna zona administrativa donde se redactan comunicados.

Lo cierto es que la preocupación profunda suele producir el mismo resultado que la preocupación poco profunda: ninguno. Solo que la primera viene mejor redactada y posiblemente con membrete.

3. Toda nuestra solidaridad. Toda nuestra solidaridad suena solemne, pero ¿y si no fuera toda sino solamente tres cuartos? Mejor dicho, ¿qué quiere decir la palabra toda? Y, segundo, ¿solidaridad quiere decir solo un abrazo afectivo y que le vaya bien o quiere decir esa frase latina de “tu casa es mi casa”?

Creo que no es exactamente lo último y es más bien lo primero. El riesgo es que tres cuartos de solidaridad sean un abrazo formal y toda nuestra solidaridad un abrazo bien estrecho, y luego, igual, que le vaya bien.

4. Asumo plenamente mi responsabilidad. Asumir plenamente la responsabilidad parece mucho más serio que asumirla a medias, aunque nadie sabe cómo sería asumir media responsabilidad.

Tal vez reconocer la mitad del daño, pedir disculpas por un costado y conservar intacto el cargo, el sueldo y la dignidad pública. No implica renunciar, reparar, devolver nada ni aceptar castigo. Es una forma elegante de decir: sí, fui yo, ¿y cuál es el hijueputa problema?

5. Tomaremos todas las medidas necesarias. Esta frase tiene una virtud extraordinaria: contiene todas las medidas sin mencionar una sola. Además, serán las necesarias, lo cual evita el riesgo de tomar medidas innecesarias, que sería un desperdicio imperdonable.

Tampoco se dice quién las tomará, cuándo, contra quién ni con qué recursos. Pero tranquiliza pensar que, en algún lugar, existe un paquete completo de medidas esperando el momento exacto para no ser aplicado.

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6. No escatimaremos esfuerzos. No escatimar esfuerzos quiere decir que se usarán todos, salvo que nadie haya definido cuáles son. Puede tratarse de esfuerzos físicos, morales, presupuestales o simplemente retóricos. Lo importante es no escatimarlos, porque escatimar suena miserable.

Luego se convoca una reunión, se redacta un comunicado, se crea una comisión y queda demostrado que, en efecto, hubo un esfuerzo considerable, sobre todo para aparentar que se estaba haciendo algo.

7. Hacemos un llamado urgente a todas las partes. Los llamados urgentes tienen la particularidad de que casi nunca son atendidos, pero eso no les quita urgencia. Se llama a todas las partes porque identificar responsables concretos puede resultar incómodo y, además, poco diplomático.

Entonces se llama por igual al responsable, al que se defiende, al que observa y posiblemente al que pasaba por allí. Después del llamado, cada parte continúa haciendo exactamente lo que hacía, pero ya sabe que uno la llamó urgentemente.

8. Nuestro compromiso es total e inquebrantable. Pero estos compromisos suelen quebrarse con una llamada telefónica, un cambio de gobierno, una encuesta adversa o una dificultad presupuestal.

Tal vez lo inquebrantable no sea el compromiso sino la costumbre de declararlo. Porque comprometerse parcialmente sería indecente, pero incumplir totalmente parece entrar dentro de los usos aceptados.

9. Este hecho no puede quedar impune. Decir que un hecho no puede quedar impune tiene una ventaja: no obliga a explicar quién impedirá que quede impune. Puede decirlo el juez, el ministro, el fiscal, el policía o el vecino, y todos parecen igualmente indignados y misteriosamente impotentes. Después pasan los años, el hecho queda impune y nadie corrige la frase.

10. Acompañaremos este proceso hasta sus últimas consecuencias. Acompañar es un verbo estupendo porque permite estar cerca sin hacer demasiado. Uno acompaña a un amigo al aeropuerto, a un enfermo al médico o a un proceso hasta sus últimas consecuencias.

El problema es que nadie sabe cuáles son esas consecuencias ni quién decide que ya fueron las últimas. En la práctica, se acompaña durante la rueda de prensa, se acompaña mientras hay cámaras y luego el proceso sigue solo, perfectamente acompañado por el recuerdo de quienes prometieron acompañarlo.

El problema no es solo que estas frases sean vacías, sino que hemos aprendido a recibirlas como si fueran acciones. Una declaración sustituye una decisión; una condena reemplaza una sanción; una solidaridad evita una ayuda; una responsabilidad asumida elimina la necesidad de pagar por ella.

Tal vez convendría empezar a desconfiar menos de las malas palabras y más de las palabras impecables. Sobre todo, de aquellas que llegan tan bien peinadas, tan categóricas y tan profundas, que uno sospecha que fueron redactadas precisamente para no mover un solo centímetro del mundo.

Esto nos ocurre porque hemos ido reemplazando la realidad por las palabras. Nos convencimos de que todos los conflictos son semánticos, de que todas las batallas se libran en el lenguaje y de que basta encontrar la expresión correcta para corregir el mundo.

Cambiamos los nombres, afinamos los adjetivos, vigilamos los pronombres, redactamos protocolos impecables y luego confundimos esa operación con una transformación efectiva. Pero la realidad, bastante menos pudorosa que nuestros comunicados, sigue exigiendo decisiones, recursos, renuncias, sanciones y costos.

Las palabras pueden nombrar el daño, ocultarlo o denunciarlo; lo que no pueden es repararlo por sí solas. Y quizá por eso abundan tanto las frases solemnes: porque son la manera más barata de parecer que uno hizo algo. Pero el problema es semántico.