Víctor de Currea-Lugo | 30 de junio de 2026
Después de mirar el gobierno desde el palacio y pensar en la derrota, creo que ha llegado la hora de volver a la calle. Porque el futuro de la izquierda no se decidirá primero en las urnas, sino en su capacidad de reconstruirse entre la gente.
Seguiremos mal si les hacemos caso a esas voces tibias que no se la jugaron por las reformas en el gobierno de Petro y ahora salen a llamarnos a fijarnos única y exclusivamente en las elecciones regionales.
Es como si las personas de la izquierda no pensaran, sino que fueran simplemente votos para llamarlos antes de las elecciones. ¡Grosería tan grande! Las elecciones son importantes, pero las organizaciones que solo existen durante las elecciones ya empezaron a perder las siguientes.
La gente no es un depósito de votos. La gente no aparece cada cuatro años ni cada vez que alguna dirigencia necesita cubrir plazas, cuidar mesas o poner la cara en los territorios. Llamar ahora, sin más, a mirar las elecciones regionales sin antes abrir un debate de fondo es, otra vez, manosear a la gente.
Precisamente porque queremos volver al gobierno en 2030, no podemos saltarnos las discusiones difíciles. Creer que se puede pasar directamente a candidaturas, avales y alianzas regionales, sin discutir previamente la organización, la agenda, el sujeto político y la democracia interna, es el primer paso para asegurar la derrota de 2030. Y después, por supuesto, vendrán los análisis brillantes que dirán que la culpa fue de la gente.
Me atrevo, desde mi condición de ciudadano de a pie, a proponer los siguientes debates antes de meternos a hablar del próximo reto electoral, que parece ser la única agenda de algunos.
Primero hay que reconstruir la herramienta
¿Es el Pacto Histórico la organización más adecuada? Estamos en el momento de pensarnos y es en este momento. El Pacto no es más que una suma de fuerzas, que no es poca cosa, pero no ha tenido un congreso fundacional que lo trascienda y lo identifique mucho más allá de la mera suma de intereses.
Esa coalición es un conjunto de buenas, pero también de malas prácticas políticas con las que se llegó a enfrentar a las elecciones pasadas. Eso implica que discutamos, por ejemplo, si ese nuevo partido es lo suficientemente sólido como organización para gestionar el proceso o si apenas estamos cambiando de nombre para seguir haciendo lo mismo.
Hay que discutir si queremos un partido, un movimiento o una simple coalición electoral. Porque no es lo mismo una herramienta para ganar elecciones que una organización para construir poder popular. No es lo mismo una lista que un proyecto. No es lo mismo una sigla que una militancia. Y tampoco es lo mismo una organización que una maquinaria electoral.
¿Quiénes son los líderes? Y no hablo de los líderes naturales, sino de los autodenominados líderes que, algunos de ellos, desconocen a los líderes elegidos en las elecciones, como, por ejemplo, a los senadores de la nueva bancada.
Y hay que preguntarse cuál será el régimen democrático dentro de ese partido y si será un partido realmente democrático o si se repetirán las viejas prácticas clientelares de las que la izquierda no es ajena.
Y hay que preguntarse también si va a haber derecho a la crítica, porque si se impone el silencio como norma y la complacencia estalinista, pues es muy difícil avanzar y hablar de un partido realmente democrático o de una propuesta democrática.
También habría que preguntarse cómo evitar que el partido termine por reemplazar a la sociedad que pretende representar. La organización debe ser un instrumento del cambio, no el fin del cambio.
También vale la pena discutir cuáles son los mecanismos de rendición de cuentas de esa nueva bancada ante las bases que la eligieron. Eso es fundamental para entender qué tipo de organización se tiene para enfrentar, desde la oposición y de manera decente, lo que corresponde.
Hay que hablar de burocratización, aunque a algunos les moleste. Porque una cosa es construir organización y otra, muy distinta, es convertir la política en el reparto de puestos, cuotas, direcciones y pequeñas vanidades.
La izquierda no puede denunciar la politiquería de los demás para después practicarla con un lenguaje progresista. Una organización política debería medirse menos por la cantidad de cargos que controla y más por la cantidad de sociedad que es capaz de organizar.
También hay que retomar la formación de cuadros. La izquierda se acostumbró demasiado a las redes sociales, a la administración pública y a los cargos, pero descuidó el estudio, la discusión de ideas, la pedagogía política y la formación de nuevos liderazgos. No basta con tener influenciadores, funcionarios o candidatos; se necesita gente formada para pensar, organizar y resistir.
Los cuadros no se forman en las oficinas ni en las redes sociales. Se forman en los barrios, las universidades, los sindicatos, las veredas y las discusiones con la gente. Esa tarea debió resolverse antes de llegar al Gobierno. Si no es así, resulta fácil decepcionar a la gente.
Resolver lo de la agenda
Hay una agenda pendiente del gobierno de Petro que hay que analizar de manera crítica y profundizar ahora desde la oposición, tanto en las calles como en el parlamento. Y eso implica, primero, la identificación de esa agenda y la coherencia entre lo que dice la calle y lo que dicen la bancada y el partido. Una agenda no puede ser el producto de los despachos; debe ser el resultado de una conversación permanente con la sociedad.
Porque es muy difícil avanzar si, como en el paro nacional (que ahora algunos llaman un estallido social, aunque en su momento lo llamamos paro), las bases, los muchachos y la gente de la calle iban por un lado, mientras la dirigencia, en ese caso, del Comité Nacional del Paro, iba por otro.
Esa agenda implica discutir con rigor las grandes reformas sociales, no para defenderlas acríticamente ni para abandonarlas, sino para corregir sus errores y fortalecer sus aciertos. Pero también implica discutir el trabajo y el rebusque cotidiano de millones de personas, el acceso a la tierra, la educación, el transporte, los servicios públicos, el abandono de las regiones y el futuro de los jóvenes. Eso no requiere tecnicismos; requiere escuchar.
Los debates sobre paz y seguridad también son urgentes. El debate de la seguridad urbana, del señor al que le roban el celular, de la señora a la que asaltan en su tiendita, no es un problema de la derecha. No podemos evadir estos asuntos sangrantes por estar solo pensando en los temas identitarios.
Eso también es un problema de la izquierda y, en buena parte, no se puede responder simplemente hablando de la paz total o de abstracciones que no cogen cuerpo. Es decir, si la seguridad humana no coge carne en las propuestas cotidianas de la gente, pues eso no deja de ser un discurso. La seguridad también consiste en que la gente pueda caminar tranquila por su barrio. Renunciar a ese debate es regalárselo a la derecha.
Otro debate es el de la política exterior. Ya se ha dicho claramente que estamos en contra del genocidio. El problema es que, dentro del gobierno de Petro, desafortunadamente —y hay que admitirlo—, la burocracia de la Cancillería no permitió avanzar en un proyecto de solidaridad real.
La política exterior del país ahora sí que va a estar mucho más a favor del sionismo, en parte porque tampoco hicimos la tarea de solidaridad internacional que había que hacer en la dimensión que se necesitaba, por ejemplo, con Cuba, con Haití o con la misma Palestina.
Otro debate muy complejo es el de las Fuerzas Armadas. No son las Fuerzas Armadas del cambio. Se requiere la capacidad de analizar la doctrina militar, el vínculo reportado desde el territorio entre militares y paramilitares y, por supuesto, la influencia de los Estados Unidos.
Mientras no seamos capaces de enfrentar a las Fuerzas Armadas no como enemigo estructural, porque todos los Estados tienen Fuerzas Armadas por definición, sino como aliadas de unas élites, entonces no vamos a avanzar en el proceso democrático porque, la verdad, a veces el poder no hay que buscarlo tanto en el Palacio de Nariño, sino en el Club El Nogal y en el Ministerio de Defensa.
Y también hay que preguntarse cómo someter el poder militar al control efectivo de la democracia, porque no hay república posible cuando las armas terminan teniendo más poder que los ciudadanos.
Y, por supuesto, el debate sobre impuestos, porque se requieren recursos y ese debate impositivo la bancada lo debe tener claro, pero el pueblo lo debe tener aún más claro para estar informado de por dónde dar los debates.
Fijémonos en que los análisis que aparecen muestran que, en las elecciones pasadas, la gente votó con perspectiva de clase y fue la clase la que determinó la agenda. Fueron los sectores más pobres quienes votaron y quienes no votaron, desde la cotidianidad, no desde la intelectualidad.
Entonces, la agenda que se construya, sea la que sea, debe reflejar la postura de clase de quienes votaron. Y eso nos mete en otro debate: el del sujeto político.
El desafío no es escoger entre la lucha de clases y las demás luchas, sino construir un proyecto político capaz de articularlas sin que ninguna pretenda borrar a las demás. Como decía aquel famoso multimillonario estadounidense, la lucha de clases existe y lo que pasa es que los ricos la van ganando, lo cual es diferente.
Eso del sujeto político hay que mirarlo en función de si se quiere hablarle al país o a un sector. No es el obrero de Marx, porque además el grado de sindicalización en Colombia es muy bajo y nuestra economía es profundamente informal. Tampoco es el campesino de Mao, pero mucho menos el indígena de los zapatistas.
El sujeto político no está dado de antemano. Se construye. No es una identidad, una profesión ni una categoría social; es una mayoría capaz de reconocer intereses comunes y organizarse para defenderlos.
Y solo después, hablar de elecciones
Sin duda, las elecciones regionales y locales son importantes. La pregunta que hay que hacerse es si esas elecciones van a recoger la agenda regional y local, porque estamos ante una izquierda que no tiene propuestas regionales concretas y sigue montada en un modelo centralista.
La gente de las regiones no tenía canales efectivos de comunicación con la estructura del Pacto Histórico en Bogotá. Hay una gran queja sobre la política de avales: los avales deben ir de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo.
Aclaro, además, que los avales son, por definición, una forma perversa de la democracia, en cuanto unos se creen con el derecho legal y formal de decidir quién puede participar como candidato. Los avales solo tendrán legitimidad si son la expresión de procesos democráticos reales y no el mecanismo mediante el cual unas dirigencias reproducen su propio poder.
Eso implica que la selección de candidatos la decidan las bases del Pacto, porque son esas las que finalmente van a movilizar al electorado, porque sienten identidad y porque han elegido a alguien de los suyos. Porque el problema no es simplemente ganar unas regionales. El problema es si estamos construyendo un proyecto político capaz de volver al gobierno.
Claro, entonces, por lo menos para mí, el debate no tiene nada que ver, simplemente, con quién ponemos de candidato regional, sino con quemar unas etapas necesarias, entre las cuales la primerísima es permitir la evaluación crítica de lo que pasó.
La evaluación crítica no es una concesión que las dirigencias hagan a las bases. Es una obligación democrática. Evaluar no es hacer pataleta. Criticar no es sabotear. Pensar no es traicionar. Una organización que teme a la crítica termina temiendo también a su propia militancia.
Una campaña hecha fundamentalmente por la gente en la calle le corresponde y le pertenece a la gente, y es a ella a quien se debe oír, y no a nadie con nombre propio. La verdad es que el poder no siempre está en el Palacio de Nariño. Y por eso, para volver al gobierno, primero hay que volver a la calle.
PD: Una izquierda que castiga la disidencia, confunde la lealtad con el silencio o reemplaza el debate por la cancelación, termina pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir. Si no somos capaces de defender la libertad de expresión, el debido proceso y el derecho a la crítica dentro de nuestras propias organizaciones, difícilmente podremos convencer al país de que sabemos defenderlos para todos.












