El arte de fabricar una derrota

Víctor de Currea-Lugo | 29 de julio de 2026

Una derrota se fabrica de muchas maneras, a veces el enemigo es sencillamente más fuerte; otras veces tiene más dinero, más armas, mejores aliados o menos escrúpulos.

Pero hay una forma especialmente dolorosa de perder: aquella en la que contribuimos con entusiasmo a nuestra propia derrota, acumulando errores, castigando las advertencias y tomando decisiones como si no quisiéramos ganar.

En Colombia decimos “dar papaya”. Marx, con palabras seguramente más elegantes, advirtió que una fuerza política no puede responsabilizar exclusivamente al enemigo cuando ella misma ha creado las condiciones de su derrota.

Es lo que he llamado en otra parte “la hora del descuido”: ese momento en que quien debía cuidar la puerta se distrae, el adversario entra y el guardián pretende explicar que toda la culpa corresponde al ladrón. Por supuesto que el ladrón tiene la culpa de robar; pero el responsable de la guardia no puede reclamar una medalla por haberse quedado dormido.

La historia militar ofrece ejemplos generosos. No porque una campaña política sea exactamente una guerra, aunque algunos dirigentes parezcan empeñados en demostrarlo, sino porque en los ejércitos existe una noción que la política suele olvidar: el mando implica responsabilidad.

Un general puede explicar el terreno, el clima, la superioridad del enemigo, la traición de los aliados y hasta la posición de los astros; pero, después de perder el ejército que le fue confiado, difícilmente puede exigir que lo nombren comandante de la siguiente batalla.

Napoleón Bonaparte invadió Rusia en 1812 al frente de una fuerza gigantesca. No perdió simplemente porque los rusos fueran invencibles ni porque el invierno apareciera de repente, como un fenómeno meteorológico desconocido para el Estado Mayor francés.

La campaña estuvo atravesada por cálculos equivocados, líneas de abastecimiento imposibles de sostener, una estrategia incapaz de obligar al enemigo a librar la batalla decisiva que Napoleón buscaba y una marcha hacia Moscú que no resolvió nada.

La Grande Armée se adentró en un territorio inmenso sin tener garantizadas las condiciones para permanecer allí ni para regresar. El invierno terminó de destruir lo que la conducción había puesto previamente al borde del desastre.

Napoleón continuó siendo Napoleón; pero el prestigio del emperador no alimentó a los soldados, no acortó las distancias ni convirtió una mala estrategia en una buena. El talento acumulado no exonera del último error; algunas veces, por el contrario, lo vuelve más grave, porque el culto al talento impide advertir que también los grandes conductores pueden perder el mapa.

Mussolini ofrece otra lección. Italia entró en la Segunda Guerra Mundial sin estar preparada para sostenerla; pero Il Duce había construido un sistema en el que la imagen del jefe reemplazaba la deliberación, la propaganda reemplazaba la información y la obediencia reemplazaba la capacidad institucional.

El caudillo termina rodeado de personas que conocen perfectamente sus deseos y cada vez menos la realidad. Nadie quiere ser quien contradiga al hombre providencial; nadie quiere advertir que el ejército no está preparado, que los recursos no alcanzan o que el aliado poderoso también persigue sus propios intereses.

Cuando toda una organización se acostumbra a celebrar la genialidad del conductor, las malas noticias dejan de llegar a su escritorio o llegan convenientemente maquilladas. La derrota empieza mucho antes del último combate: empieza cuando la fidelidad al jefe se convierte en criterio de verdad.

El caudillismo no consiste solamente en que alguien quiera mandar demasiado; necesita también de una corte dispuesta a obedecer demasiado, a justificar demasiado y a pensar demasiado poco.

Luego, cuando llega el desastre, los cortesanos descubren que siempre tuvieron dudas, que habían hecho advertencias en privado y que, en realidad, nunca estuvieron completamente de acuerdo; todo en una forma muy sofisticada de valentía retrospectiva.

El tercer ejemplo es Leopoldo Galtieri y la guerra de las Malvinas. La dictadura argentina calculó que la ocupación de las islas podía producir una victoria política rápida, fortalecer a un gobierno desprestigiado y enfrentar al Reino Unido con un hecho consumado.

Pero el mando argentino leyó mal casi todo lo importante: la disposición británica a responder militarmente, la capacidad de movilizar una fuerza naval a miles de kilómetros, el alineamiento final de Estados Unidos y las condiciones reales de sus propias Fuerzas Armadas.

No bastaba con tener una causa capaz de despertar solidaridad regional; era necesario leer la cacareada correlación de fuerzas. Confundir la legitimidad de una reivindicación con la viabilidad de una operación militar fue una irresponsabilidad que pagaron, sobre todo, los soldados enviados al frente.

Galtieri perdió el poder después de la derrota; no fue proclamado líder natural de la recuperación de las Malvinas ni se le encargó diseñar la siguiente estrategia nacional. Hasta una dictadura militar entendió que perder una guerra por haber leído mal el escenario tenía consecuencias para quien la condujo.

Estos tres casos permiten identificar tres maneras de fabricar una derrota: una táctica desastrosa, como en Rusia; el culto al caudillo, como en la Italia fascista; y la incapacidad de leer el contexto, como en las Malvinas. Pero falta una cuarta, tal vez la más cercana a nuestra cultura política: perseguir a quienes advierten que las cosas van mal.

Siria: yo o el caos, y finalmente los dos

Conviene hacer una pequeña aclaración para quienes no me conocen: entré cinco veces a Siria entre 2011 y 2025; recorrí ciudades, hablé con víctimas, combatientes, funcionarios, opositores y prácticamente todos los actores del conflicto armado que aceptaron conversar conmigo.

Publiqué un libro sobre esa guerra y numerosos textos a lo largo de esos años. No menciono esto para reclamar infalibilidad —esa enfermedad se la dejo a otros—, sino para precisar que mi lectura no proviene de un hilo de redes sociales ni de una tertulia celebrada a varios continentes de distancia.

Durante años, el gobierno sirio de los Al-Asad persiguió a quienes pensaban diferente; redujo las opciones políticas a la adhesión o la traición y convirtió la crítica en una prueba de complicidad con el enemigo.

Quien denunciaba la represión era agente de Estados Unidos; quien cuestionaba el verticalismo ayudaba a Israel; quien se negaba a repetir que todo era producto de una conspiración imperialista terminaba situado fuera del campo de los aceptables.

La fórmula de Bashar al-Asad fue “yo o el caos”. Era una amenaza y, al mismo tiempo, una profecía autocumplida: al cerrar los espacios de crítica, al perseguir las voces disidentes, al impedir que el sistema pudiera corregir sus errores y al convertir la fidelidad al gobernante en una condición de pertenencia nacional, el régimen contribuyó directamente a crear el caos que decía contener.

Eso no convierte a Ahmed al-Sharaa —antes conocido como Abu Mohammad al-Golani— en demócrata, progresista ni salvador de nada. Su trayectoria y la de las organizaciones de las que proviene está documentada; tampoco desaparecen los intereses de Estados Unidos, Israel, Turquía y las monarquías del Golfo.

Pero señalar a los enemigos externos no borra las responsabilidades internas. Las cagadas del gobierno sirio fueron tan grandes, tan persistentes y tan brutalmente defendidas que terminaron creando el ambiente en el que sus peores adversarios pudieron presentarse como alternativa.

La izquierda latinoamericana pro Al-Asad hizo su propia contribución. Durante años confundió solidaridad con Siria con adhesión a su gobierno; reemplazó el análisis concreto por un libreto geopolítico en el que bastaba saber cuál era la posición de Estados Unidos para adoptar automáticamente la contraria.

Si Washington criticaba a Al-Asad, había que defenderlo; si una víctima denunciaba torturas, primero había que preguntarle quién financiaba su organización; si un militante de izquierda cuestionaba al gobierno sirio, se le juzgaba menos por la consistencia de sus argumentos que por su falta de disciplina.

El problema de la obediencia intelectual es que resulta muy eficaz para expulsar críticos, pero bastante inútil para corregir errores. Al final, quienes advertían sobre el autoritarismo fueron señalados como enemigos; quienes justificaban cada abuso conservaron durante años el certificado de pureza ideológica; y Siria terminó precisamente en manos de aquellos cuya llegada se decía querer evitar. Los proyectos políticos no empiezan a perder cuando el enemigo gana; empiezan a perder cuando convierten a los críticos en enemigos.

Una fuerza puede perder una elección, una batalla o incluso un país; lo que no debería hacer es convertir la derrota en patrimonio de sus dirigentes y sus consecuencias en patrimonio de la gente.

Los muertos de la campaña rusa no fueron Napoleón; los soldados abandonados en las Malvinas no fueron Galtieri; quienes sufrieron la guerra y el derrumbe de Siria no fueron los intelectuales que desde lejos defendían cada decisión del gobierno.

Los dirigentes pierden, ofrecen explicaciones, conservan sus círculos, reorganizan sus equipos y suelen anunciar que la historia terminará absolviéndolos. La gente, en cambio, paga la derrota con derechos, salarios, libertades, persecuciones, exilios o muertos.

Por eso la responsabilidad no es un capricho moral ni una conspiración contra los grandes líderes. Es una exigencia política elemental. Quien dirige debe responder por la conducción; quien interpreta el contexto debe responder por sus cálculos; quien concentra las decisiones debe responder por los resultados.

No puede reclamarse todo el poder cuando se espera la victoria y socializar las culpas cuando llega la derrota. Mucho menos puede pretenderse que el general derrotado sea, por derecho natural, el comandante de la siguiente batalla.

La autocrítica no debilita un proyecto; le permite sobrevivir. Lo debilitan la adulación, el silencio, la persecución de la disidencia y esa curiosa costumbre de llamar traidor a quien señala un error antes de la derrota.

A veces el enemigo vence porque es más fuerte; otras veces le hacemos el trabajo. Le entregamos nuestros errores, castigamos a quienes los advierten, confundimos unidad con unanimidad y luego contemplamos las ruinas con expresión sorprendida. Como si no quisiéramos ganar.