A pesar de todo, sigamos caminando

Víctor de Currea-Lugo | 5 de julio de 2026

No le escribo porque tenga más respuestas que usted, le escribo precisamente porque compartimos las mismas preguntas. Tampoco le escribo como dirigente, no lo soy, nunca he hablado en nombre del Pacto Histórico ni de ninguna de sus direcciones.

No tengo cargo alguno que defender ni liderazgo que reclamar. Le escribo como uno más de los más de doce millones de personas que, por razones distintas, apostamos un pedazo de nuestra vida a la posibilidad de que Colombia fuera un país un poco más justo.

Como uno más que caminó, discutió, convenció a los vecinos, repartió volantes, celebró victorias, soportó derrotas y creyó, de buena fe, que valía la pena intentarlo. Por eso esta no es una carta a la dirección. Es una carta al pueblo. A quienes caminaron conmigo. Y quiero empezar, simplemente, dando las gracias.

Gracias porque, más allá de los resultados electorales, hubo algo que nadie podrá borrar. Hubo un momento en el que millones de personas perdieron el miedo a decir que querían cambiar este país.

Todavía puedo cerrar los ojos y recordar aquellas calles llenas de estudiantes, trabajadores, artistas, campesinos, jóvenes y viejos que quizá nunca habían militado en un partido, pero que decidieron salir porque sentían que este país podía ser distinto. Allí comprendí que la política podía volver a parecerse a la gente. No olvidemos eso; hablo del Paro Nacional de 2021.

El cambio no comenzó el día en que ganamos unas elecciones. Comenzó mucho antes, cuando la sociedad empezó a moverse antes que los partidos. Cuando aparecieron ollas comunitarias, bibliotecas populares, brigadas de salud, grupos culturales, redes de solidaridad y miles de personas que descubrieron que la política también consistía en cuidar al vecino.

Eso fue mucho más importante que cualquier ministerio. Y precisamente por eso duele tanto haber perdido. No solamente perdimos un gobierno, sino que también perdimos una ilusión. Y esa clase de derrotas deja una tusa que no se cura con discursos optimistas ni con comunicados sobre la unidad. Hay que reconocerla. Hay que atravesarla.

Porque la peor derrota no es la electoral. La peor derrota es la afectiva: cuando dejamos de creer que vale la pena volver a intentarlo. No permitamos que eso ocurra. La derecha puede ganar gobiernos. No le regalemos tampoco nuestra esperanza.

Ahora bien, tampoco convirtamos la esperanza en una excusa para no pensar. La esperanza que no aprende termina pareciéndose demasiado a la ingenuidad. Por eso escribí estas  columnas, no para buscar culpables. Mucho menos para ajustar cuentas. Lo escribí porque me preocupa más el futuro que el pasado.

Las derrotas sirven de poco si solo las usamos para repartir responsabilidades. Lo verdaderamente importante es entender qué debemos hacer distinto. Y lo primero que debemos entender es algo muy sencillo.

Los más de doce millones de votos nunca fueron nuestros. Nunca pertenecieron a un dirigente. Nunca pertenecieron a un candidato. Nunca pertenecieron a un partido. Pertenecen a los ciudadanos que, libremente, decidieron confiar durante un momento de sus vidas en una propuesta política. Los votos no son una herencia ni una propiedad, son un préstamo. Y la única forma de conservar ese préstamo es merecerlo una y otra vez.

La derrota también necesita tiempo

Por eso me preocupa tanto escuchar que algunos ya quieren hablar de las próximas elecciones. Todavía no terminamos de entender la última derrota y ya aparecen expertos en calendarios electorales, en alianzas, en avales y hasta en candidaturas. Algunos incluso empiezan a repartir victorias futuras con una generosidad que no tuvieron para repartir responsabilidades en la derrota.

Pareciera haber una extraña prisa por pasar la página. Como si el problema hubiera sido escoger mal unos nombres y no haber construido lo suficiente una fuerza social capaz de sostener el cambio.

No porque las elecciones no importen; importan y mucho. En un país como el nuestro, perder el gobierno no significa solo perder ministerios o curules. Significa que muchas comunidades volverán a quedar solas, que líderes sociales seguirán siendo asesinados, que muchas personas tendrán que callar, exiliarse o volver a vivir con miedo.

Precisamente por eso sería una enorme irresponsabilidad volver a perder por no haber querido pensar. Por eso me parece casi una vulgaridad política que, mientras todavía intentamos entender lo que pasó, algunos crean que la discusión urgente consiste en poner nombres sobre la mesa. Como si cambiar de candidato pudiera reemplazar el trabajo de transformar una cultura política.

Esta vez deberíamos hacer algo distinto. Tomarnos el tiempo de la tusa. Sí, de la tusa. Los colombianos usamos esa palabra para hablar de los amores perdidos. Tal vez porque entendimos hace mucho tiempo que hay dolores que no desaparecen por decreto. La política también tiene sus tusas. Y la nuestra no se cura repitiendo consignas ni fingiendo que aquí no pasó nada.

Pero tampoco podemos enamorarnos de la tristeza. La tusa tiene que servir para otra cosa. Tiene que servir para volver a conversar, a leer, a estudiar, a organizar y a escuchar. En otras palabras, para volver a caminar.

No esperemos instrucciones, no esperemos permisos, no esperemos que alguien convoque, no esperemos que aparezca un nuevo salvador. Si algo nos enseñó la mejor tradición de la izquierda, es que las transformaciones profundas nunca empiezan en los palacios. Empiezan cuando la sociedad decide organizarse.

Y si algo nos enseñaron demasiadas experiencias latinoamericanas es que, cuando los movimientos sociales terminan subordinados al gobierno, cuando la crítica se convierte en deslealtad y cuando el Estado reemplaza a la sociedad organizada, el deterioro empieza mucho antes de que aparezca la derrota electoral. No repitamos ese camino.

No deleguemos nuestra responsabilidad política en ninguna dirección, por brillante que sea, ni en ningún dirigente, por admirable que resulte. Los liderazgos son necesarios. La obediencia, no. Y tampoco deleguemos nuestra capacidad de pensar.

No permitamos que vuelvan a convencernos de que criticar divide, preguntar debilita o pensar desmoviliza. Si alguna vez aceptamos eso, habremos perdido mucho más que unas elecciones. Habremos perdido la libertad.

También quisiera decir algo sobre los liderazgos. Los necesitamos. Toda organización los necesita. Pero no le hagamos ese daño a ningún dirigente: no convirtamos a nadie en alguien que ya no pueda ser contradicho. El caudillismo termina haciendo daño incluso a los propios caudillos.

Una organización madura no es aquella en la que todos piensan igual. Es aquella en la que nadie tiene miedo de hacer preguntas. La crítica honesta no debilita un proyecto político. Lo cuida. El silencio sí puede destruirlo.

Yo también me equivoqué. Seguramente más de una vez. Pero, si tengo que escoger, prefiero equivocarme haciendo preguntas que equivocarme guardando silencio. Prefiero cometer el error de abrir una conversación al de ayudar a clausurarla. Ninguna organización democrática se fortalece porque todos piensan igual. Se fortalece cuando nadie tiene miedo de pensar distinto.

Quizá algunos crean que esta carta pierde valor porque quien la escribe ya no ocupa determinados espacios, o porque otros decidieron cerrárselos. Puede ser. Pero una izquierda que solo escucha a quienes conservan el micrófono termina por parecerse demasiado a aquello que dice combatir.

También aprendí que no todos los destripamientos dejan sangre. Algunos se hacen con calumnias, rumores o campañas para que una persona deje de ser escuchada. Yo también conocí esa forma de violencia. Pero las ideas no dependen del tamaño del micrófono ni de los espacios que otros decidan cerrar. Dependen de su capacidad para iniciar conversaciones.

Las ideas no valen por el lugar desde el que se pronuncian, sino por la conversación que son capaces de abrir. Y esa conversación tendrá que continuar sin depender de quienes hoy ocupan un cargo, de quienes mañana lo ocuparán o de quienes, como yo, sentimos que hemos cerrado un ciclo. Porque los ciclos personales terminan. Las causas, no.

Volver a ser izquierda

No tengamos tampoco vergüenza de decir que somos de izquierda. Últimamente pareciera que esa palabra necesita pedir disculpas antes de entrar a una conversación. Como si hubiera que esconderla tras eufemismos para no incomodar a nadie. Yo sigo creyendo que la izquierda no es una identidad para exhibir con orgullo vacío ni una etiqueta para repartir certificados de pureza moral.

Es, sencillamente, la convicción de que este mundo puede organizarse de manera más justa. Y por eso creo también que vale la pena volver a Marx. No para memorizarlo, no para convertirlo en catecismo. Mucho menos para repetir frases escritas hace un siglo y medio como si el mundo no hubiera cambiado. Vale la pena volver a Marx porque todavía nos ayuda a hacernos las preguntas correctas sobre la desigualdad, la explotación y el poder.

Renunciar a la idea de clase ha sido uno de los grandes errores de buena parte de las izquierdas contemporáneas. Eso no significa ignorar las luchas de las mujeres, de los pueblos indígenas, de las comunidades negras, de la población LGTBIQ+, de quienes defienden el ambiente o de tantas otras causas profundamente justas. Significa entender que esas luchas no tienen por qué negar que existen clases.

El desafío nunca fue escoger entre la identidad y la desigualdad. El desafío siempre ha sido comprender cómo construir un proyecto común sin borrar las diferencias ni olvidar que, mientras discutimos entre nosotros, hay quienes siguen concentrando la riqueza, el poder y los privilegios.

No renunciemos a la palabra izquierda. No permitamos que nos la arrebaten quienes la convirtieron en una caricatura ni quienes quisieran borrarla del lenguaje político. Digámosla con tranquilidad. Pero, sobre todo, llenémosla de nuevo de contenido.

Que vuelva a significar igualdad, solidaridad, organización. Que vuelva a parecerse más a las ollas comunitarias que a las oficinas, más a las bibliotecas populares que a las tarimas, más a la gente común que a quienes hablamos demasiado sobre ella.

Hay que volver a las preguntas incómodas: ¿por qué unas pocas personas siguen concentrando la riqueza y el poder mientras la mayoría apenas sobrevive? La izquierda no necesita menos pensamiento, necesita más. Mucho más.

No repitamos errores que ya conocemos. Hay experiencias en América Latina que confundieron el gobierno con el poder, el partido con el pueblo, la unanimidad con la unidad y la administración del Estado con la transformación de la sociedad. Todas empezaron a debilitarse mucho antes de perder elecciones. Empezaron a debilitarse cuando dejaron de escuchar.

No necesitamos copiar los fracasos ajenos para fabricar los nuestros. Tenemos la oportunidad de hacerlo mejor. Y hacerlo mejor empieza por una pregunta que nunca deberíamos dejar de hacernos: ¿para qué queremos una organización política?

Ojalá nunca respondamos que es únicamente para ganar elecciones. Porque si ese fuera el único objetivo, bastaría con abrir una oficina cada cuatro años, contratar un publicista y esperar la siguiente campaña.

Yo sigo creyendo que una organización política existe para algo mucho más humilde y mucho más ambicioso: ayudar a que una sociedad se organice mejor. Nada más. Pero tampoco nada menos.

Eso significa confiar más en el pueblo que en las oficinas, más en la deliberación que en las consignas, más en las bibliotecas que en los eslóganes, más en las cooperativas que en las burocracias, más en los sindicatos que en las tarimas, más en las conversaciones de barrio que en las reuniones en las que siempre hablan los mismos.

Significa entender que la política no empieza cuando se abren las urnas ni termina cuando se cierran. Empieza cuando un grupo de vecinos decide organizar un comedor comunitario. Cuando unos estudiantes crean un círculo de lectura. Cuando unos trabajadores defienden su sindicato. Cuando una comunidad protege un río. Cuando alguien descubre que el otro no es un competidor sino un compañero.

Porque, al final, los más de doce millones de votos nunca fueron lo más importante. Lo verdaderamente importante fueron los millones de personas que descubrieron que podían organizarse, pensar y actuar colectivamente. Eso no cabe en una urna. Eso tampoco cabe en un partido. Y mucho menos en un gobierno.

Quizá por eso, después de escribir estas páginas, siento que ha llegado el momento de guardar silencio. No por resignación. No por cansancio, simplemente porque todos cerramos ciclos alguna vez.

Ojalá, dentro de algunos años, descubramos que esta derrota no fue el comienzo de un largo silencio, sino el momento en que volvimos a encontrarnos. Ojalá algún día podamos mirar hacia atrás y decir que la derrota nos hizo más humildes, más democráticos, más inteligentes y mucho más parecidos al pueblo del que nunca debimos alejarnos.

Si ocurre, habrá valido la pena la tusa. Habrá valido la pena la crítica. Ojalá algunas personas vuelvan a reunirse, vuelvan a discutir, vuelvan a leer a Marx sin convertirlo en un santo, vuelvan a creer que la izquierda sigue siendo una palabra digna y vuelvan a organizarse sin esperar instrucciones desde arriba.

Yo sigo creyendo, quizá con menos ingenuidad que antes, pero con la misma convicción, que todavía somos capaces de hacerlo. Sigamos caminando, porque entre la derrota y la esperanza existe un único camino: la organización.

PD: esta semana publicaré una serie de análisis hechos antes, durante y después de las elecciones. Será una cartilla a llamarse «Del palacio a la calle: notas sobre la izquierda despúes de una derrota«.