Palestina: de marchas, “likes” y pronunciamientos

Víctor de Currea-Lugo | 19 de febrero de 2024

“Manifiestos, escritos, comentarios, discursos,
humaredas perdidas, neblinas estampadas,
qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua.
Las palabras entonces no sirven, son palabras”.
Rafael Alberti

 

Claro que me conmuevo con los cientos de miles, por no decir millones, de personas que se han volcado a la calle, en marchas, a decir: “No al genocidio en Palestina”.

Soy uno más de ellos. Primero, porque la sociedad no tiene (afortunadamente) la corrección política de los académicos y los políticos, que se parecen entre ellos mucho más de lo que uno cree.

Segundo, aún más relevante, creo que la gente rompió el miedo a hablar de Israel sin matices y de distinguir antisionismo de antisemitismo. Eso pasó incluso en sociedades donde el sionismo estaba protegido como un tabú, como en Holanda, Alemania y los Estados Unidos.

Es emocionante y no quiero desconocer el esfuerzo humano detrás de cada bandera palestina que se ondea en las calles del mundo; pero quiero es citar dos ejemplos para la reflexión. El primero es ese marzo de 2003, cuando millones salimos a protestar contra la inminente guerra en Irak.

A pesar de lo conmovedor que fue ver una sociedad europea de pie, eso no impidió en lo más mínimo que Estados Unidos, Reino Unido y España atacaran a Irak ese 20 de marzo y dejaran varios cientos de miles de civiles muertos en los años siguientes.

El otro ejemplo es el del genocidio de los yazidíes, en Irak, ubicados principalmente en Sinjar, un pueblo cercano a la frontera con Siria. Años después entrevisté a algunos de los sobrevivientes que contaban el nivel de perversión en el asesinato de varones y en el esclavismo al que sometieron a las mujeres. Nadie dudó en hablar de genocidio en ese caso.

Cuando los entrevistaba, recordé esa ofensiva mediática y diplomática que hablaba de la necesidad de detener ese genocidio, de actuar de inmediato, de la responsabilidad de proteger y de otras cosas similares. Ya llevábamos casi una hora de entrevista cuando les pregunté por el impacto que ese escándalo mediático tuvo en la cotidianidad de los yazidíes. Una víctima lo resumió con una sola palabra: ninguno.

Ahora miles de judíos se levantan a decir: “No en nuestro nombre”, lo que es plausible. Ya hasta la CNN se ha quedado sin argumentos para defender la masacre de palestinos que, por demás, no inició el 7 de octubre, sino que empeoró.

¿Qué hacer por Palestina más allá de las marchas?

Esa pregunta va más allá de la emoción en el pecho de sentir que queda un poco de humanidad en la humanidad: ¿esas marchas y esas noticias harán la diferencia? Claro que tienen un valor en sí, pero no necesariamente la eficacia necesaria.

Temo que las marchas se vayan diluyendo, que los medios de comunicación en vez de aumentar la consciencia terminen por “normalizar” la matanza de palestinos; temo que, como en muchos otros casos, no vayamos más allá. Es decir que se dé lo que podríamos llamar “el desgaste del manifestante”.

¿Qué sería ir más allá? Que, además de la denuncia en las calles y de la pelea mediática, busquemos que los Estados condenen la agresión. Pero no como Turquía que se llena la boca condenando las muertes, pero realmente le bastaría “cerrar la llave” del petróleo que le vende a Israel para generar un impacto más allá de las palabras (los saudíes ya dejaron claro que no usarán el petróleo para presionar a Israel). Otros rompen relaciones o llaman a la Corte Penal Internacional, pero esas medidas no intimidan a Israel.

Se impone un boicot real, no solo simbólico, que afecte la economía del Estado sionista. Estados Unidos y Europa, socios preferentes de Israel, ya están desgastados con la guerra de Ucrania y el momento político puede ser protagonizado por otros, si logran unirse. Pero visto el perfil de las empresas que apoyan a Israel, casi que toca es un boicot contra el capitalismo.

Plausible el ejemplo de los sindicalistas que han bloqueado puertos para impedir el abastecimiento (especialmente militar) de Israel. Eso lo hemos visto en Bélgica, Barcelona y Estados Unidos, y los vimos en Noruega durante la Segunda Intifada palestina.

Lo simbólico y lo “performativo” tiene un límite. Recordemos las grandes manifestaciones del mundo árabe, la mal llamada “primavera árabe”, que sólo lograron con marchas su cometido (aunque discutible) en el caso de Túnez; pero no en Egipto ni en Jordania.

Los trabajadores humanitarios, silenciosos, a veces menospreciados, terminan por encarnar la solidaridad que parte del mundo exige. Frente a una masacre, no sólo se necesita denuncia política sino también asistencia material, muchas veces subvalorada.

Un genocidio no necesariamente se detiene con mensajes de paz o con amenazas de justicia. Nelson Mandela habló de algo hoy políticamente incorrecto: el debate sobre la validez de los métodos de lucha, debate que muchos pacifistas evitan.

Nadie con dos dedos de frente les pediría a los judíos del gueto de Varsovia que renuncien a su derecho a defenderse, era cuestión de vida o muerte, como es sin duda alguna hoy más que nunca para los palestinos.

El primer ministro noruego (que creo que es difícil de acusar de terrorista) ha dicho claramente que “los palestinos tienen derecho a defenderse”. Y los que ahora ondean las banderas del DIH, bien deberían recordar que la resistencia militar frente a una ocupación es un derecho. Lo mismo ha dicho el Gobierno de Argelia y de Turquía.

El límite del pacifismo en Palestina

En palabras de Mandela: “Empecé a sospechar que las protestas, tanto legales como extraconstitucionales, pronto serían imposibles. En la India, Gandhi había estado tratando con una potencia extranjera que, en última instancia, era más realista que con visión de futuro. Eso no fue el caso de los afrikaners en Sudáfrica. La Resistencia pasiva no-violenta es eficaz siempre que su oposición se adhiere a las mismas reglas. Pero si la protesta pacífica se contestada con violencia, su eficacia finaliza. Para mí, la no violencia no era un principio moral, sino una estrategia; no hay bondad moral en el uso de un arma ineficaz”.

Repito, saludo las marchas, los “likes” y las declaraciones a favor de los palestinos, pero cuidado con sobrevalorarlas. Ni siquiera las cientos de resoluciones de la ONU sirven de mucho en este momento (por no decir que no sirven para nada).

Los tibios que hace casi dos años se rasgaban las vestiduras con la guerra de Ucrania y que defendieron el envío de armas al Gobierno de Kiev, ahora se volvieron pacifistas y dicen que una ocupación no es comparable con otra ocupación, o que el DIH se limita a distinguir civiles de combatientes, negando deliberadamente el debate sobre el derecho a la resistencia.

Es cínico decir que, si se es musulmán, ya no tiene derecho a resistir, que ese es un “derecho” que solo aplica para los occidentales y la gente “civilizada”. Por eso, de plano, la resistencia en Irak y en Afganistán siempre fue presentada por los medios de comunicación como terrorismo.

Así mismo es ingenuo decir que las marchas dentro de Israel son todas a favor de los palestinos; hay un sector que protesta no por la muerte de palestinos sino porque murieron israelíes, y que no piden explorar la paz, sino ahondar en la guerra.

Ni las marchas son siempre saludables, ni siempre a favor de nobles causas y muchas veces son ineficientes. Israel solo ha cedido por medio de la movilización violenta que lo llevó a aceptar los Acuerdos de Oslo (no implementados) o la guerra contra Hizbollah, en 2006, que lo obligó a buscar una mediación internacional.

Por eso, más allá del componente religioso, hay que examinar lo que están haciendo las milicias en Irak y Siria, el papel de Yemen y las acciones de Hizbollah. Son los que “se la están jugando” por Palestina.

Vale renunciar a la retórica de que las acciones de los más de diez grupos de resistencia palestina ahora mismo están legitimando una masacre, cuando realmente están evitándola, tal como lo hizo el Frente Patriótico Ruandés en 1994. Sí, sin esa resistencia la carnicería sería peor.

Si la única esperanza real para los palestinos viene del norte, y no hablo de Europa sino del Líbano, más que mérito de Hizbollah es un fracaso del sistema internacional, el mismo que se conforma con marchas, con resoluciones de la ONU y que no dudará en salir a condenar la violencia de Hizbollah si la guerra escala.

El problema de la eficacia es que lo “performativo” sirve como un grito, pero no es más que eso, y el mundo palestino en este momento necesita muchas cosas que vayan más allá del también justo y necesario grito de condena a la masacre.

PD: ¿Está nuestro Gobierno haciendo lo posible para detener el genocidio de los palestinos?