Cinco apuntes incómodos para radicalizar la esperanza

Víctor de Currea-Lugo | 24 de enero de 2026

Ponencia presentada en la Convocatoria de Emergencia: “Nuestra América”, Internacional Progresista, Bogotá, enero de 2026.

1. La crisis no es el problema; el problema es el sistema

No estamos ante una suma de crisis aisladas. Lo que vemos es una reconfiguración del orden global en la que la violencia se normaliza y el derecho muestra su inoperancia. Las guerras, los retrocesos democráticos y la crisis climática no son fallas del sistema, sino parte de su funcionamiento actual. Esto se observa, en formas distintas, en Palestina, en Haití, en Ucrania, en Venezuela y en Groenlandia. Eso no es una anomalía: es el sistema funcionando como realmente es.

No estamos ante un desorden pasajero, sino ante un capitalismo cada vez más incapaz de sostener su legitimidad social y que, por tanto, recurre a la violencia, al endeudamiento permanente y a la desposesión. El modelo económico explica tanto las guerras abiertas como los ajustes silenciosos. Este no es solo un diagnóstico del mundo: es el marco desde el cual hay que leer también las respuestas políticas que se dicen alternativas.

2. El autoritarismo como lógica del orden actual

En ese contexto, el autoritarismo deja de ser una desviación y se convierte en una necesidad funcional del sistema. La crisis climática no es un problema ambiental añadido al resto de las crisis: es el acelerador de todas ellas.

Trump no es una anomalía, sino un síntoma. No creó el autoritarismo ni el desprecio por las reglas: los hizo visibles. Su éxito electoral expresa un orden en el que las normas dejaron de ser obligatorias para quienes concentran el poder.

El calentamiento global intensifica disputas territoriales, expulsa poblaciones y redefine rutas comerciales. El problema es que esta reconfiguración del orden global no encuentra frente a sí proyectos capaces de disputarla de manera coherente y sostenida. Ese vacío de proyectos coherentes no es solo global: se expresa con fuerza en los gobiernos que dicen querer cambiar el sistema.

3. Gobernar no es lo mismo que tener el poder

En este contexto, hoy pedir justicia social, igualdad o redistribución basta para que te llamen “radical”. El espectro político se ha movido tanto hacia la derecha que a una parte de los alternativos les preocupa no incomodar. En nombre del realismo se renuncia a la igualdad. En nombre de la gobernabilidad se administra un sistema que excluye. Eso no es una estrategia política: es una forma de renuncia.

A esa renuncia se suma un problema que el progresismo suele tratar como tabú: la corrupción propia, no como anomalía individual, sino como resultado de gobernar sin transformar las reglas del juego. Cuando se administra un sistema injusto, también se heredan —y a veces se reproducen— sus prácticas corruptas.

A veces se asume que tener el gobierno ya es tener poder, cuando en realidad muchas veces solo se gestionan expectativas sin cambiar las estructuras que generan desigualdad y violencia. Y claro, el poder real —el económico, mediático, financiero— se queda intacto porque nadie le toca sus privilegios.

Mientras tanto, la extrema derecha no avanza solo por su fuerza. Avanza también por nuestras ambigüedades. Avanza porque en vez de ofrecer cambios visibles, ofrecemos estabilidad sin transformación. Porque confundimos paz con pasividad y consenso con progreso. Un progresismo que evita el conflicto político real no es moderado: es frágil.

En América Latina, ese vacío se expresa en el avance de proyectos autoritarios en Argentina y El Salvador, por ejemplo, que capitalizan el malestar social allí donde el progresismo no logra ofrecer respuestas materiales claras. No es que voten por ellos porque tengan razón; es que muchos votantes sienten que nadie más les habla en su idioma ni ofrece soluciones concretas, aunque sean solo promesas.

4. Moralizar o transformar, esa es la cuestión

Este vaciamiento de la democracia no sería posible sin la infraestructura tecnológica que lo sostiene, como las plataformas digitales concentradas en pocas corporaciones. Esto ha convertido la desinformación en un modelo de negocio. La mentira no circula porque la gente sea ingenua, sino porque produce rentabilidad, segmenta audiencias y debilita cualquier horizonte colectivo. En ese ecosistema, la política deja de organizar intereses materiales y pasa a administrar emociones, miedos y resentimientos funcionales al orden existente.

Preguntémonos: ¿cómo entendemos a los pueblos? No se trata de masas despolitizadas, sino de experiencias acumuladas de frustración. No basta con convocarlos como electores cada varios años. Si no ven cambios reales y coherentes entre lo que se promete y lo que se hace, el desencanto se convierte en castigo electoral.

Culpar al adversario es una salida cómoda que nos permite evadir responsabilidades propias. Claro que hay poderes concentrados, presiones externas y operaciones mediáticas, pero cuando las promesas no se traducen en mejoras materiales sostenidas, el desencanto se vuelve un castigo en las urnas. Ante esa dificultad, parte del progresismo ha desplazado el conflicto hacia terrenos menos costosos: la disputa simbólica y moral. El resultado no es la acumulación de fuerza, sino la fragmentación política.

Las luchas por el reconocimiento son legítimas, pero cuando sustituyen la lucha por la redistribución, el resultado no es más justicia: es fragmentación. Un progresismo atrapado en esos debates, desconectado de las condiciones materiales de vida, no amplía su base social: la reduce.

5. Radicalizar la esperanza: la responsabilidad de incomodar

Las ocupaciones ya no se hacen solo con ejércitos; se hacen con sanciones, embargos, deuda y control financiero. Esto se observa con claridad en Venezuela, donde el castigo económico no ha generado una solución política.

En ese contexto, la ONU aparece cada vez más como escenario de su propia impotencia. Resoluciones sin ejecución, informes sin consecuencias y condenas sin efectos reales han convertido al sistema multilateral en un espacio donde se administra la frustración moral, no la justicia. No se trata de que la ONU haya fracasado. Fue diseñada para operar sin incomodar seriamente a quienes concentran el poder, y eso define sus límites.

Si queremos hablar de Sur Global como alternativa, no podemos quedarnos en consignas (de hecho, no está claro qué significa esta noción). Lo cierto es que no hay multipolaridad si los países del Sur actúan como alumnos aplicados del viejo orden, repitiendo sus reglas sin cuestionarlas.

Esto se ve, por ejemplo, en los Estados del llamado Sur Global que mantienen su dependencia financiera y comercial mientras adoptan un discurso soberanista en foros internacionales. Sin una agenda propia, sin coordinación política efectiva y sin asumir costos reales, la retórica del Sur Global se vuelve un adorno que, paradójicamente, ayuda a mantener el statu quo. Por eso la discusión no es retórica ni moral: es estratégica y profundamente material.

Entonces surge una pregunta incómoda: ¿queremos administrar un mundo que se descompone o queremos transformarlo? Radicalizar la esperanza no es un llamado a la violencia; es un llamado a la coherencia. No podemos seguir prometiendo cambios estructurales y gobernando con miedo a incomodar. No podemos confundir estabilidad con justicia ni gestión con transformación.

Todo esto tiene una traducción concreta en la vida cotidiana: salarios que no alcanzan, deudas heredadas, trabajos sin futuro y derechos convertidos en privilegios. No se trata de una crisis de expectativas abstractas, sino de una crisis material de la reproducción de la vida.

Cuando amplios sectores sienten que trabajan más para vivir peor, la promesa democrática se vacía y el conflicto se desplaza hacia salidas autoritarias o punitivas. No es que las mayorías se hayan vuelto reaccionarias: es que la incapacidad de la izquierda para ofrecer respuestas materiales creíbles dejó el campo abierto a proyectos autoritarios que supieron apropiarse del malestar social.

La coyuntura no nos pide moderación discursiva, sino claridad política. Incomodar no es un problema: es una responsabilidad. Y el verdadero riesgo no es que la derecha avance, sino que el progresismo se conforme con administrar un orden injusto creyendo que eso ya es resistir.

La tarea no es interpretar cada coyuntura por separado, sino asumir que todas forman parte de un mismo reordenamiento del poder. Frente a eso, una alternativa real consiste en decidir qué estamos dispuestos a cambiar y qué costos estamos dispuestos a asumir.

PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es el asesor presidencial para Oriente Medio, del gobierno colombiano.