Víctor de Currea-Lugo | 23 de mayo de 2026
Las noticias que llegan desde el Cauca deberían preocuparnos mucho más de lo que parece. Me refiero al enfrentamiento entre comunidades indígenas, que ya ha dejado muertos.
No solo por la violencia misma ni únicamente por la vieja herida territorial de una región históricamente abandonada por el Estado, atravesada por guerrillas de izquierda, paramilitares, narcotráfico, minería ilegal y disputas agrarias.
Debería preocuparnos porque funciona como un espejo incómodo para ciertos sectores del progresismo contemporáneo y de una izquierda cada vez más influida por lógicas culturales del neoliberalismo, que decidieron convertir la identidad no solamente en una contradicción principal sino, peor aún, en la única contradicción posible; una suerte de radicalismo identitario.
El Cauca lleva décadas acumulando tensiones. Allí conviven pueblos indígenas, comunidades negras, campesinos mestizos, colonos pobres, estructuras armadas ilegales y viejos poderes regionales. Los enfrentamientos entre algunos pueblos indígenas no son nuevos ni surgieron ahora: existen disputas territoriales, políticas y organizativas que llevan varias décadas.
Durante mucho tiempo, esas tensiones se mantuvieron relativamente contenidas porque existía una narrativa común: la exclusión social, la pobreza, la concentración de la tierra y la violencia estatal y paraestatal. Había diferencias, sí, pero también existía un lenguaje compartido de lucha.
Eso empezó a cambiar, en parte, cuando la identidad dejó de ser una dimensión de la política para convertirse en la política misma. Y aquí hay que hacer una precisión importante: la cultura woke no surge exactamente de las tradiciones clásicas de izquierda, sino más bien de una deriva cultural del neoliberalismo, muy centrada en el individuo, en la validación moral y en la fragmentación de las experiencias colectivas.
Entonces aparecieron preguntas inevitables y profundamente peligrosas: quién llegó primero, quién posee la legitimidad ancestral superior, quién tiene más derechos históricos sobre la tierra, quién es más víctima que el otro, quién merece prioridad moral.
Cuando la identidad reemplaza el proyecto común
Y cuando dos comunidades históricamente excluidas se enfrentan empleando exactamente el mismo lenguaje de legitimidad identitaria, la discusión deja de ser universal y se convierte en una competencia entre memorias. Eso no significa que las demandas territoriales sean falsas o ilegítimas, sino que los marcos puramente identitarios resultan insuficientes cuando distintos derechos históricos entran en colisión.
El problema es que la historia real jamás es limpia. En América Latina las migraciones, los desplazamientos, las mezclas y las recomposiciones territoriales llevan siglos ocurriendo. Lo “ancestral” rara vez posee fronteras tan claras como las que imaginan los discursos políticos contemporáneos.
Entonces la pregunta se vuelve explosiva: ¿desde qué fecha empieza lo ancestral? ¿Quién certifica la autenticidad de una identidad? ¿Qué ocurre cuando dos relatos históricos legítimos chocan entre sí?
Y ahí aparece una paradoja que cierta izquierda no quiere mirar: las identidades sirven para visibilizar exclusiones históricas, pero tienen enormes dificultades para construir universalidades políticas duraderas.
Porque toda identidad delimita pertenencias. Construye un “nosotros”. Y todo “nosotros” inevitablemente deja a alguien por fuera. No se trata, por supuesto, de negar el racismo, el colonialismo ni las violencias históricas contra los indígenas y los negros. Sería absurdo. América Latina se construyó sobre esas heridas.
El problema aparece cuando el reconocimiento de esas heridas reemplaza cualquier otra conversación posible sobre ciudadanía común, redistribución, proyecto nacional o solidaridad transversal entre los sectores populares.
La izquierda clásica hablaba de la contradicción principal y de las contradicciones secundarias. Podía equivocarse muchas veces, pero entendía que las sociedades son entramados complejos de tensiones simultáneas.
Parte de la cultura woke, en cambio, parece haber dado un salto más radical: transformar la identidad en una especie de explicación total del mundo. Ya no habría contradicciones múltiples sino una sola gran gramática moral capaz de organizarlo todo.
Paradójicamente, muchas de esas lógicas han terminado siendo perfectamente compatibles con el neoliberalismo: sociedades cada vez más fragmentadas, más individualizadas y menos capaces de construir horizontes colectivos.
Y ahí empiezan también los problemas políticos. Porque cuando la política se reduce a identidades, los movimientos terminan hablando cada vez más para comunidades específicas y cada vez menos para la sociedad en su conjunto.
El Ejército Zapatista de Liberación Nacional produjo uno de los símbolos más potentes de la dignidad indígena en América Latina, pero nunca logró convertirse en un proyecto nacional mexicano capaz de disputar realmente el poder. Su fuerza moral fue enorme; su capacidad expansiva, mucho menor. En mi libro «Poder y guerrillas en América Latina» señalaba justamente ese límite: cuando la identidad se convierte en un núcleo absoluto, la posibilidad de universalización política empieza a estrecharse.
Algo parecido podría estar ocurriendo hoy con sectores progresistas en distintas partes del mundo. Y además aparece otra confusión frecuente: ciertas expresiones políticas que se presentan como “centro progresista” terminan funcionando, en la práctica, como formas suavizadas de continuidad neoliberal o incluso como derechas culturalmente más moderadas. No es casualidad que parte del electorado popular haya empezado a alejarse de ciertas izquierdas en países como Argentina, Chile o España.
Las razones son múltiples y sería simplista reducirlo todo a la cultura woke, pero tampoco puede ignorarse que muchos ciudadanos comenzaron a percibir una izquierda más preocupada por las vigilancias morales y las jerarquías identitarias que por las angustias materiales de la vida cotidiana.
Y entonces aparece otro fenómeno inquietante: sectores históricamente aliados terminan enfrentados entre sí mientras las estructuras profundas de desigualdad permanecen intactas.
Pobres contra pobres. Excluidos contra excluidos. Víctimas compitiendo entre sí por la legitimidad histórica. El Cauca debería leerse también desde ahí. Porque la realidad dice algo incómodo: las identidades no eliminan los conflictos; simplemente los reorganizan. Y cuando desaparece un horizonte universalista capaz de articular diferencias, la política puede fragmentarse en una suma de agravios incompatibles entre sí.
Eso tampoco significa, por supuesto, que la salida sea una intervención militar del Ejército colombiano en los territorios indígenas. Una lectura basada en la seguridad y de derecha solo agravaría el problema. El Cauca ya ha vivido demasiadas décadas de militarización, guerras y control armado como para imaginar que más fuerza resolverá conflictos históricos, territoriales y políticos. La salida solo puede darse mediante mecanismos de diálogo, mediación y reconstrucción de horizontes comunes entre comunidades que, pese a todo, comparten historias de exclusión.
Quizá la izquierda colombiana debería escuchar con más atención esa advertencia. No para abandonar las luchas indígenas, negras, feministas o de diversidad sexual, sino para evitar convertirlas en dogmas incapaces de dialogar con una idea más amplia de la sociedad.
Porque una izquierda —o un progresismo que confunde la representación simbólica con la transformación social— que solo sabe hablarles a identidades específicas corre el riesgo de perder la capacidad de construir mayorías. Y sin mayorías no hay transformación posible.
Tal vez la lección más dura del Cauca sea precisamente esa: cuando la identidad deja de ser una dimensión de la política y se convierte en moral, incluso los antiguos aliados terminan descubriéndose como adversarios.
PD: Y como si fuera poco, debemos mirar con más seriedad la política exterior, que a veces se queda en titulares. Para eso, recomiendo mi columna: El hambre insaciable del imperio












