Víctor de Currea-Lugo | 20 de mayo de 2026
Escribo esta columna pensando en las noticias que llegan de Venezuela, la guerra contra Irán, el genocidio del pueblo palestino, las presiones sobre Colombia y el embargo a Cuba, así como en los debates que se han construido en torno a cada uno de estos escenarios. Y todo confluye en el hambre insaciable del imperio.
Los imperios dominan; por eso son imperios, pero no solo lo hacen con actos, sino también con discursos. El poder estadounidense ha perfeccionado ambas cosas: por eso define quién es el problema y luego convierte esa definición en un consenso internacional. Pero nada llena su hambre insaciable.
No siempre hace falta invadir —aunque a veces lo hace—; basta con aislar, sancionar, asfixiar o esperar a que los aliados locales hagan el trabajo sucio. Las formas cambian; el método permanece. América Latina lo conoce bien y asimismo lo conoce el resto del mundo.
Los ataques no empiezan con los tanques sino con los adjetivos. Jacobo Árbenz pasó de presidente reformista a “peón del imperialismo soviético” en cuestión de meses; Salvador Allende fue presentado como una amenaza totalitaria pese a haber llegado por elecciones; Patrice Lumumba fue retratado como un instrumento del comunismo antes de ser eliminado.
No se trata de discutir aquí si esos gobiernos tenían errores —los tenían—, sino de observar la mecánica: deslegitimar primero, neutralizar después. La historia demuestra que el veredicto suele preceder al juicio.
El arrinconamiento rara vez ocurre de golpe; suele avanzar por etapas que parecen razonables por separado y asfixiantes en conjunto. Primero llegan las advertencias diplomáticas, luego las sanciones selectivas, después el aislamiento financiero y, finalmente, la deslegitimación abierta.
A Chile de Allende se le restringió el crédito internacional antes de los bombardeos; a Irak se le impuso un régimen de sanciones devastador durante más de una década antes de la invasión; a Libia se la reincorporó parcialmente al sistema internacional solo para volver a convertirla en paria cuando cambió el clima político.
Cada fase prepara la siguiente, reduce el margen de maniobra y debilita las defensas hasta que la caída aparece como resultado inevitable más que como decisión externa. No es una sucesión de crisis improvisadas, sino una presión acumulativa diseñada para reducir las opciones hasta que la capitulación parezca la única salida racional.
A veces el desenlace es la muerte. Allende murió en La Moneda mientras los aviones bombardeaban el palacio presidencial, tras una campaña internacional que había convertido su experimento democrático en una amenaza intolerable. Lumumba fue entregado a sus enemigos y ejecutado con la participación de potencias occidentales que lo consideraban incontrolable.
La lección no es solo la brutalidad del final, sino también la indiferencia posterior: el orden se restablece y la tragedia se archiva como daño colateral de la estabilidad. Ese castigo no busca solo derribar a un gobierno, sino advertir a los demás de lo que ocurre cuando alguien cruza ciertas líneas no escritas.
Otras veces el final es la traición. Saddam Hussein fue útil durante la guerra contra Irán; años después se convirtió en el villano absoluto, pese a que muchas de sus prácticas eran conocidas desde antes, como el genocidio que desató contra los kurdos en 1989.
Manuel Noriega colaboró durante años con agencias estadounidenses hasta que dejó de ser útil; entonces pasó de activo de inteligencia a narcotraficante digno de una invasión. No cambiaron de repente sus métodos: cambió su valor estratégico. El Imperio no castiga necesariamente lo que es moralmente inaceptable, sino lo que deja de ser útil.
La lógica no es nueva. Franklin D. Roosevelt, al referirse al dictador nicaragüense Anastasio Somoza García, habría dicho la célebre frase: “puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”. Somoza fue tolerado y respaldado mientras garantizaba la estabilidad y el alineamiento.
Cuando los regímenes dejan de servir a los intereses de la potencia que los sostiene, ese parentesco se evapora. Lo que ayer era un aliado incómodo se vuelve hoy un estorbo prescindible, y el respaldo se transforma en distancia o en silencio. Jean-Bertrand Aristide moderó su agenda, aceptó condiciones externas y terminó igualmente expulsado del poder. La concesión no eliminó la desconfianza estructural.
La lógica parece sencilla y, al mismo tiempo, implacable: cuando un país o un líder es percibido como un obstáculo, las demandas no se detienen en un punto razonable porque el objetivo no es el equilibrio, sino el control. Cada concesión abre espacio para la siguiente. Toda una dinámica que hace que una parte negocie para sobrevivir y la otra para ganar tiempo o ventajas.
El castigo ejemplar
Desde América Latina, esta historia debería leerse menos como una indignación retrospectiva y más como una advertencia estratégica. Pelear por separado —cada país confiando en que su caso es distinto— solo facilita derrotas en escalera.
Tal vez, visto desde hoy, incluso la vieja intuición de Trotsky —tan combatida durante el siglo XX— resulta menos extravagante de lo que parecía. Su idea de que las transformaciones profundas no podían sostenerse encerradas en un solo país partía de una constatación brutal: el capitalismo es un sistema mundial y reacciona como tal.
Intentar cambiar las reglas en un solo territorio, mientras el resto del sistema permanece intacto, equivale a nadar contracorriente en un océano que no deja de empujar. En un mundo globalizado, donde las finanzas, las cadenas productivas y las presiones diplomáticas atraviesan fronteras con facilidad, la estrategia de “reformas país por país” parece condenada a chocar una y otra vez contra límites externos. No porque esas transformaciones carezcan de legitimidad interna, sino porque el entorno internacional las vuelve estructuralmente vulnerables.
Primero cae uno, luego otro, mientras los demás observan convencidos de que a ellos no les ocurrirá. Cuando entienden que el patrón es regional o global, ya es tarde para la solidaridad eficaz.
Ese cálculo individual —creer que el incendio solo consumirá la casa del vecino— ha sido, además de miope, cobarde. Durante décadas, muchos Estados han observado la caída de otros con una mezcla de alivio y prudencia, convencidos de que su obediencia, su discreción o su irrelevancia los mantendrían a salvo. Esa apuesta por la salvación individual no es prudencia, sino una forma lenta de suicidio estratégico.
Pero esa pasividad no solo fragmenta cualquier posibilidad de respuesta colectiva, sino que también legitima el precedente que mañana podrá aplicarse contra ellos mismos. Lo que hoy parece prudencia diplomática suele convertirse, con el tiempo, en una vulnerabilidad acumulada. La soledad no protege; simplemente pospone el turno.
Nada de esto implica que los gobiernos señalados fueran inocentes, virtuosos o democráticos en todos los casos. Algunos cometieron graves abusos; otros eran autoritarios; otros, simplemente, incompetentes. Pero la severidad del castigo no guarda proporción con esas faltas, sino con su posición en el tablero. La moral internacional suele ser menos un código ético que un instrumento político.
El verdadero problema no es que el Imperio tenga hambre —todo poder la tiene—, sino que su apetito no reconoce la saciedad. Para él, nada es suficiente porque cualquier límite reduce su margen de acción. Quien cede demasiado se debilita; quien resiste demasiado se convierte en un objetivo. Al Imperio nada lo llena, porque su verdadero objetivo no es vencer a un adversario, sino impedir que exista cualquiera capaz de resistir.
Ese es el laberinto: no hay salida fácil para los países periféricos cuando actúan solos. En ese laberinto, ceder debilita y resistir aísla: cualquier decisión tiene costos crecientes y ninguna garantiza la salida.
Tal vez la lección más incómoda es que agradar no garantiza protección y desafiar no garantiza dignidad. Entre ambos extremos se mueve la política exterior de los países débiles, tratando de ganar tiempo, margen o supervivencia. Pero mientras cada uno negocie por su cuenta, la correlación de fuerzas seguirá siendo abrumadora.
El problema no es solo la fuerza del Imperio, sino también la soledad de quienes le hacen frente por separado. La historia muestra que no basta con agradar ni con resistir: aislados, los países periféricos terminan por negociar su propia debilidad. Mientras cada uno crea que su obediencia lo salvará, el turno seguirá avanzando. No porque el Imperio sea omnipotente, sino porque la fragmentación ajena le ahorra trabajo.












