Víctor de Currea-Lugo | 1 de junio de 2026
Esta columna debía salir hace 48 horas. No salió porque una amiga me contagió con el optimismo de que ganábamos en la primera vuelta. La realidad fue otra: quedamos de segundos.
Soy un hombre de izquierda, aunque ya sé que, en la izquierda, cuando alguien no dice lo que se quiere escuchar, ya no es de izquierda. Y soy aguafiestas porque alguien tiene que hacer esa función y, además, los cancelados ya no tenemos nada que perder.
Ya sé que hay prácticas fraudulentas, que la compra de votos existe y todas esas cosas, pero el debate no es ese, sino preguntarnos en qué medida la propia izquierda contribuyó a que el resultado electoral del 31 de mayo haya sido el que fue.
Las elecciones se ganan con votos o con fraude, pero no solo con ideas. Y entonces quedarse estancado solo en el cielo de las ideas y de los programas no sirve si eso no se refleja en un electorado que vote. No somos conscientes del grado de polarización tan brutal. En las sociedades polarizadas, tener la razón no basta y mucho menos consolarse con ello.
Decir que la gente vende el voto no es una respuesta que explique el panorama actual. Si fuera solo un problema de beneficios propios, los pobres que reciben un salario mínimo más alto o los jóvenes con matrícula cero votarían por Cepeda. Es cierto que somos una sociedad sin memoria, pero aun así la izquierda debería tener una posición clara.
El primer problema fue ese terrible triunfalismo que permite deducir que ya todo está decidido e incluso que se ganaría en primera vuelta. Está bien ser optimista, pero una cuota de realismo no cae mal cuando recordamos que muchos millones votaron por Rodolfo Hernández hace cuatro años y que, a pesar de todo, perdimos el Plebiscito por la paz. Fruto de ese triunfalismo, muchos de los actores políticos que deberían haber hecho campaña no cumplieron su tarea y parecían más un desfile de futuros ministros que un trabajo militante.
El abstencionismo no explica este resultado. Los colombianos acudieron masivamente a las urnas. La pregunta no es por qué la gente no votó, sino por qué no votó como esperábamos.
En algunas zonas del país, el Pacto no ha cuidado ni de sus jurados ni de sus testigos electorales, por lo que se pierde un apoyo esencial para combatir el fraude. Es más, en la mayoría de los casos se piensa combatir el fraude cuando este se haya fraguado; es decir, cuando los medios de comunicación ya hayan establecido quién es el ganador. Y ahí sí, como dicen que dijo Pacheco: «ya pa’ qué hijueputas».
En ese sentido, preocupa que la declaración del presidente Petro sobre la inclusión tardía de 800.000 cédulas se haga después de que se hayan publicado los resultados preliminares y no antes. En todo caso, ahora la tarea del presidente es demostrar lo afirmado.
Ahora bien, no podemos quedarnos atrapados en el debate sobre el escrutinio. Alguien debe revisar los votos, impugnar las irregularidades y demostrar cualquier fraude que haya. Pero la tarea política urgente es otra: empezar desde ya a construir cómo ganar la segunda vuelta. Mientras unos cuentan votos, otros deben conseguirlos; esto último es lo realmente prioritario.
Y aquí aparece otro problema: la renuncia absoluta a cualquier autocrítica y la inmediata acusación de traición a quien siquiera mencione semejante palabra. La verdad es que quienes estuvieron haciendo la campaña son, principalmente, las bases sociales y no la estructura del Pacto Histórico como tal. Y para eso basta con mirar quién convoca y cómo se convoca.
El problema no era la pureza, sino la eficacia
Ya me dieron palo por criticar la selección de la vicepresidenta. No dudo de su capacidad, pero un cargo así no es para convencer a los convencidos, sino para conseguir votos. Las elecciones se ganan con votos y no con demostraciones de principios. Ya lo dijo Weber: la política no es cosa de ángeles. Colombia no es Bolivia, donde el voto indígena es determinante. Y menos aún cuando el movimiento indígena ya está claramente decantado hacia el cambio.
Muchos no entienden cómo De la Espriella logró semejante votación en Bogotá y en otras ciudades. Yo tampoco entiendo otra cosa: por qué, en nombre de la austeridad, se renuncia a hacer política, cuando hacer política exige recursos.
En esas sociedades, más que la razón, mueven el miedo y el instinto; el impulso, más que las ideas. Y la izquierda sigue sin entender del todo que la política no es un seminario universitario sino una disputa descarnada por el poder.
Insisto en mis dos tesis pesimistas: que la humanidad está sobrevalorada y que la humanidad es de derechas; se puede cambiar el orden de las dos premisas, pero difícilmente se puede negar su peso.
Para algunos de la izquierda, lo siguiente es una herejía: 2 + 2 es 4, aunque la canción diga 3. Decir que es 3 no es una metáfora bien lograda, sino el reflejo exacto de cómo vemos la vida: haciendo cuentas alegres de espaldas a la realidad y luego preguntando por qué perdemos.
Esa lógica de las “narrativas” debe examinarse con seriedad para evaluar su peso real en el retroceso de la izquierda en países como Chile, Argentina y España. Un proyecto colectivo no puede construirse sobre proyectos que, en nombre de la identidad, terminan siendo excluyentes por definición. Con este resultado, el giro regional a la derecha se consolida para alegría de Trump y dolor de los más jodidos.
El antipetrismo impuso sus lógicas. Es cierto que millones votaron por Cepeda, pero aún más los que votaron en contra, especialmente después de un gobierno del cambio que, si bien cometió errores, tiene mucho que mostrar.
También podemos echarle la culpa a la prensa. Pero eso ya lo sabíamos. La mayoría de los grandes medios no aman precisamente a la izquierda y nadie descubrió semejante cosa el día de las elecciones. Si esa era una variable conocida desde el comienzo, no sirve como explicación suficiente de la derrota. Las condiciones eran las mismas tanto al inicio como al final de la campaña.
Parece que no aprendemos de los errores. Y nuestra sociedad, atrapada entre la posmodernidad, el «miedo al comunismo» y la lógica judeocristiana, prefiere votar por los reales defensores de Israel antes que por los dizque hipotéticos socios de la Unión Soviética. Seguimos atrapados en una cultura política en la que el miedo moviliza más que la esperanza.
Es cierto que hace 4 años Gustavo Petro obtuvo el 41% de los votos en la primera vuelta, pero ni Cepeda es Petro ni De la Espriella es Rodolfo Hernández. Hay que hacer alianzas. Pero no se trata de llamar a Oviedo porque es gay, como, a mi juicio, proponía por ahí alguien despistado. Eso hace parte del esencialismo woke según el cual las minorías discriminadas son esencialmente justas.
También habría que preguntarse por los graves errores del Gobierno —ya no solo de Petro— al comunicarle al país los avances logrados. Y, dentro de esto, los distanciamientos recientes entre el gobierno y el Congreso que también pudieron afectar la intención de voto.
Uribe ha perdido fuelle, pero el uribismo no ha muerto; su mentalidad se mantiene y se recicla bajo otros nombres. Y no basta con “decretar” su fin cuando Antioquia demuestra persistencia en su intención de voto. El cambio sociológico en la cultura política no es de un día para otro, pero hay que preguntarse por la profundidad y la consistencia de estos cuatro años.
Hay que hablarles a los jóvenes y a las ciudades. Pero hablarles a los jóvenes políticamente activos resulta un poco frustrante cuando no se concretaron ni el desmonte del ESMAD (más allá de ponerle otro nombre) ni la liberación de los detenidos de la Primera Línea.
Queda un poder del Pacto Histórico elegido para el Congreso que tiene mucho que hacer, pero su primera tarea será desprenderse de las formas de derecha de hacer política. El problema es que, para ganar en segunda vuelta, toca renunciar a esas formas de inmediato. Y cualquier día que eso se retrase será un día de ganancia para la derecha.
Votaré a favor de mantener el cambio, esperando que esta vez sí se profundice. Y votaré con miedo. No al “comunismo” del que nos llevan advirtiendo desde hace más de medio siglo, sino al fascismo que ya se escucha venir con pasos de animal grande.












