Víctor de Currea-Lugo | 27 de enero de 2026
Están de moda los felinos. Desde el jaguar de Petro hasta un falso tigre (este último tan fuerte como el de las zucaritas de Kellogg’s). Pero los felinos más politizados y no sólo simbólicos son, sin duda, las Panteras Negras.
El partido político Panteras Negras fue creado en Estados Unidos hace 60 años: mucho antes de la llegada del hombre a la Luna, del internet y de la presidencia de Donald Trump.
Fue una consecuencia del racismo, una respuesta a la discriminación cultural y estructural contra la población negra.
Un año antes habían asesinado a Malcolm X y dos años antes se había abolido el racismo en la teoría: la ley de derechos civiles de 1964 y la ley derecho al voto, de 1965; pero esa igualdad jurídica no pasaba de ser letra muerta.
La brecha económica se mantenía igual que la segregación en las escuelas. Pero lo que más dolía era el trato recibido por parte de la policía, que era lo más cercano a un cuerpo de ocupación, como en esas mismas décadas en Sudáfrica y, posteriormente, en Palestina.
Su nombre completo incluía la noción de autodefensa en el comienzo (Black Panther Party for Self-Defense). No confundir con el uso de ‘autodefensa’ por parte del paramilitarismo, sino con una necesidad real: o nos defendemos o nos asesinan, ya sea en el plano político o en el físico.
Las Panteras Negras no eran una organización homogénea, sino un reflejo directo de que no lo son las comunidades negras en Estados Unidos. Pero sus reivindicaciones eran más o menos comunes y nada lejanas de lo que piden las minorías de hoy en las barriadas de Francia o de Suecia.
Su programa apuntaba a: las libertades políticas, el empleo y una vivienda digna, la educación no “blanqueada”, la exención del servicio militar para los hombres negros, el fin de la brutalidad policial y la liberación de afroamericanos encarcelados injustamente. Todo ello contenía su famoso “Programa de Diez Puntos”.
Estamos en los años 1960 y dicho movimiento se alimentó del marxismo y del pensamiento anticolonial. Pero en ellos la condición de negro, que marcaba desde su nombre hasta su población objetivo, nunca los alejó del debate de la llamada lucha de clases.
Dos años después de la fundación de las Panteras Negras, el asesinato de Martin Luther King, en 1968, significó un golpe profundo para las corrientes pacifistas dentro de las comunidades negras, debilitando su capacidad de convocatoria y contribuyendo a que las posiciones más radicales ganaran legitimidad y espacio político.
En el contexto de Estados Unidos, el porte de armas era (y sigue siendo) legal. Por tanto, no se pueden reducir las Panteras Negras a un “grupo terrorista”; eran un partido político que se armó para defenderse y el porte de esas armas era totalmente legal.
Claro que sus armas tenían una carga simbólica, pero no era solo un “performance”; estaban dispuestos a confrontar violentamente la violencia policial. Por eso, la Mulford Act, de 1967, prohibió portar armas a la vista. Esta ley fue firmada por el entonces gobernador de California. Así se demuestra que la libertad de portar armas tiene un límite: que quien las porte no sea un blanco.
Con el nombre de «Survival Programs”, las Panteras Negras desarrollaron un entramado de políticas sociales. No era solo desafiar al Estado, sino también construir alternativas para su comunidad: comedores para niños, clínicas gratuitas, escuelas comunitarias y la distribución de ropa y alimentos.
Y el FBI los vio como el principal enemigo de Estados Unidos, en la lógica del “enemigo interno” que tanto predicó Washington entre los ejércitos de Latinoamérica. Y, como tal, había que infiltrarlo, dividirlo, judicializarlo y encarcelarlo.
Como toda organización, tuvo tensiones internas, divisiones entre la línea de Huey Newton y la de Eldridge Cleaver; debates entre la acción armada y el trabajo comunitario; y desgaste por la represión estatal. Su imagen pública fue satanizada.
Desde luego, este análisis no ignora los riesgos, contradicciones y límites políticos de este tipo de movimientos, ni idealiza sus prácticas; se limita a situarlos en su contexto histórico y social.
Su agenda identitaria no nació sino de unas condiciones materiales reales que, en todo caso, no negaron su origen de clase y, por tanto, su alianza con otras expresiones políticas de comunidades pobres. Obvio, no eran pacifistas.
La represión estatal, con asesinatos, encarcelamientos y sabotaje del liderazgo, diezmó al Black Panther Party y le rompió la capacidad organizativa. A ello se sumó, en los años posteriores, la expansión del narcotráfico en los barrios negros, que erosionó la cohesión comunitaria.
Diversas investigaciones periodísticas y trabajos académicos críticos han sostenido que el FBI y otras agencias no solo toleraron, sino que facilitaron la expansión del microtráfico en los barrios negros, como forma indirecta de destruir las bases sociales de las Panteras Negras y de justificar luego su criminalización masiva.
Vuelven las Panteras Negras
“Black Lives Matter” surgió tras el asesinato de Trayvon Martin en 2012, pero fue el de Michael Brown en Ferguson, en 2014, el que convirtió esa consigna en un movimiento nacional de masas.
Ese mismo año de 2014, fue asesinado Eric Garner, quien murió gritando que “no podía respirar”; lo dijo frente a las cámaras y frente al mundo, como si Estados Unidos no hubiera avanzado un ápice en décadas de racismo. En 2020, en Mineápolis, fue asesinado George Floyd, lo que puso el racismo y la violencia policial de Estados Unidos en la agenda mundial.
Hoy surgen armadas, pero no ante un nuevo asesinato de una persona negra, sino ante la cacería de migrantes por parte del ICE. No se trata de una repetición mecánica de los años sesenta, sino de una reaparición adaptada a nuevas formas de represión.
Recordemos que esta institución (Immigration and Customs Enforcement, ICE) que en español sería Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, fue creada en 2003, tras el 11-S, como parte de la reorganización del aparato de seguridad estadounidense.
Ahora, las Panteras Negras reaparecen en las protestas de Estados Unidos. Ellas no solo mencionan, sino que también hacen. Usan su identidad para sumarse a la lucha de los migrantes, no para separarse del resto de la sociedad. No creen en las “burbujas identitarias”. Su consigna es “Todo el poder para el pueblo”. Vuelven con el arma en la mano, pero también con el plato de sopa caliente.
Son negros, pero no renuncian (como sí sucede en otras partes del mundo con otros movimientos identitarios) a la solidaridad de clase y frente a la misma explotación. Su identidad no es un argumento moral ni de superioridad, sino de movilización política. Las Panteras Negras leen el racismo como una forma histórica del capitalismo, no como un problema autónomo de “prejuicio” o “discurso”.
Las Panteras no hablan “en nombre” de los migrantes ni los convierten en una identidad separada que compite por visibilidad, sino que entienden la migración como consecuencia del sistema que combaten; los migrantes son sus hermanos y no sus adversarios. Su sujeto político es el colectivo, no la víctima individualizada.
Acusar a las Panteras Negras de ser simplemente “violentas” es una lectura simple y moralista, tibia; no son una guerrilla, sino un movimiento social con armas. El problema es que su lectura, fuera de contexto, lleva a conclusiones tan rápidas como equivocadas.
Su presencia no puede verse como un acto de nostalgia; es el resultado de la política de Trump, que no solo es un discurso contra los migrantes, sino que también agrava la pobreza y la exclusión en Estados Unidos.
Más allá de cuántos sean y cuánto convoquen, las Panteras Negras de hoy son un síntoma indiscutible de que el llamado sueño americano ha sido más promesa incumplida (o una pesadilla) que una realidad.
PD: Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente la posición de la institución para la cual trabaja. El autor es el asesor presidencial para las Relaciones Internacionales del gobierno colombiano.











