Víctor de Currea-Lugo | 16 de junio de 2026
Esto ya se volvió una vaina personal. Más allá de los colores y de las formas de hacer política, Abelardo De la Espriella ya dijo que, si gana las elecciones presidenciales en Colombia, los izquierdistas y los funcionarios de Petro van a ser «destripados».
Al igual que muchas otras personas, yo cumplo con ambos requisitos. Nunca he renunciado a ser un hombre de izquierda. Y fui funcionario del gobierno del presidente Petro, como su asesor de relaciones internacionales, tratando de contribuir a la creación de una Política Exterior del Cambio.
Además, procuro ser coherente: soy antisionista. Y ya De la Espriella dejó claro que su política exterior estará al servicio de Trump y de Netanyahu, reabrirá las relaciones con Israel y trasladará nuestra embajada a Jerusalén. Es decir, sumo algo más a mi lista de «cualidades».
Volvamos a las amenazas. Según la RAE, la primera acepción de destripar es clara: «Quitar, sacar o desgarrar las tripas». En Colombia, eso se ha dicho de otras maneras, como: «bala es lo que hay, bala es lo que viene». Y se ha justificado diciendo que «esos no estaban cogiendo café».
La lógica que manifiestan De la Espriella y su cuadrilla no es la de destripar solamente a quienes fuimos funcionarios y somos de izquierda (lo cual ya es bastante injusto), sino también a todos aquellos que él considere de izquierda, aunque no lo sean.
En la lista estarían los que han trabajado por la paz, así como los activistas en derechos humanos; grupos en los que también me incluyo: fui facilitador en los diálogos con el ELN por orden directa del presidente Petro; ya había ayudado en el mismo sentido al presidente Santos.
Y también están en riesgo los periodistas decentes. Porque para quienes necesitan enemigos permanentes, una pregunta incómoda suele ser tan intolerable como una opinión disidente. Entre los primeros destripables están quienes se niegan a callar.
En Colombia las palabras nunca han sido inocentes. Aquí, los adversarios políticos han sido convertidos demasiadas veces en enemigos a eliminar, a destripar, y el lenguaje de la violencia suele llegar antes que la violencia misma.
La masacre como método
Y entonces me acuerdo de la terrible persecución contra los comuneros santandereanos a finales del siglo XVIII, así como del exterminio de La Unión Patriótica. Es decir: la masacre como práctica política.
Lo que sorprende no es solo que haya un candidato que lo anuncia sin pudor alguno, sino que hay millones de personas dispuestas a votar a favor de una amenaza de muerte que, entre otras cosas, para mí, es un asunto personal.
Ninguno que vote por De la Espriella podrá decir, ante el asesinato de un militante de izquierda o de un exfuncionario del gobierno de Petro, que no sabía que esto iba a suceder. Cuando decimos que es una elección entre la vida y la muerte, no se trata de un eslogan, sino de una decisión real y concreta.
Si gana Abelardo De la Espriella, algunos empacarán su maleta hacia el exilio, otros (entendible, por demás) le bajarán el volumen a su lucha, otros seguirán con convicción y algunos serán asesinados.
Les invito a que no voten por la muerte; no por mí, sino por tantas personas amenazadas de ser destripadas por soñar, como yo, con una Colombia más decente. Solo te pido una cosa: que la mano con la que votas no se llene de sangre.












