El suicidio de la izquierda colombiana

Victor de Currea-Lugo | 2 de octubre de 2026

Estamos cagados y con el agua lejos. Pero el problema ya no es solamente haber perdido las elecciones, sino lo que estamos haciendo después de perderlas.

Frente a un gobierno que en pocos días empezó a desmontar buena parte de lo construido durante cuatro años, el Pacto Histórico no ha conseguido convertirse en una oposición sólida, reconocible y con una estrategia clara.

Y no será por falta de motivos. Mientras el nuevo gobierno cambia la política exterior, recompone alianzas y nos mete de cabeza en la agenda de Marco Rubio, nosotros nos estamos despedazando.

Pero ni siquiera por algo interesante: no por una autocrítica, una discusión estratégica o táctica, o por definir cómo enfrentar lo que viene. Nos estamos despedazando por las listas de las próximas elecciones.

Perdimos el gobierno, pero algunas costumbres sobrevivieron perfectamente a la derrota. Y sería demasiado cómodo decir simplemente que la izquierda colombiana es así. La incapacidad actual del Pacto para hacer oposición tiene una historia, y buena parte de ella está en los cuatro años del gobierno Petro y en la manera como construimos, o dejamos de construir, un proyecto político capaz de sobrevivir al gobierno.

Como dice el castizo refrán, fueron aquellos polvos los que trajeron estos lodos. El problema es que ahora estamos chapoteando en ellos mientras discutimos quién entra en la lista. Así que, como sé que los debates son tediosos, voy a hacer una lista de temas con alguna pregunta o reflexión para tratar de mostrar por qué creo que sí está bien mencionar la soga en la casa del ahorcado. Empecemos:

1. Lo que se perdió en las elecciones pasadas, según el contexto de hoy, fue muchísimo más que unas elecciones. No dimensionamos lo que se venía y, me temo, tampoco lo que se viene. Queda claro que la derecha habla en serio y hace, no solo habla. La pérdida no fue un incidente temporal, sino una derrota estratégica. La responsabilidad está en una campaña dirigida desde la cultura política del leninismo, pero sin el leninismo.

Decir que es una «fase pendular» es una tontería porque entonces lo que tenemos que hacer es sentarnos a esperar que el péndulo cambie de dirección y ya. Lo cierto es que la campaña fue hecha cometiendo todos los errores que se advirtieron a tiempo. Todavía hay gente, a la que me sumo, que estamos esperando una discusión seria sobre qué pasó.

En todos los temas retrocedimos y eso es, en parte, nuestra culpa, por dar payaya. Ya sé todas las excusas que hemos esgrimido en los últimos meses, pero nada de eso nos absuelve. Tal vez una pregunta que sigue sin respuesta es si el Pacto Histórico es un fin o un medio. En la misma línea, si llegar al Gobierno era un fin o un medio.

Si era un fin, debió tomarse en serio, por ejemplo, la selección de aliados; esto se advirtió desde el comienzo del gobierno de Petro, pero con la idea esa del sancocho nacional dejamos hasta uribistas en el gobierno del cambio.

No se puede seguir haciendo política con la lógica del sancocho nacional, donde todo cabe con tal de sumar un voto, un nombre o una cuota. Un proyecto político tiene que saber quién está dentro y quién está fuera; y quien decide estar dentro no adquiere solamente derechos sobre cargos y candidaturas, sino también el deber elemental de ser leal al proyecto y asumir el precio político de defenderlo.

2. Un punto central del debate debería ser cuál es la propuesta del Pacto Histórico, pero más allá de Gustavo Petro y de su gobierno. No podemos seguir pontificando sobre todas las maravillas que hizo Petro y barriendo bajo el tapete todos los errores que sí se cometieron porque esa lógica nos va a llevar a perder de nuevo.

Un Pacto Histórico que esté pensando solo en las próximas elecciones (como sugiere Ariel Ávila, de los verdes, esos que no se declararon en oposición sino independientes) significa querer seguir haciendo política como la hace la derecha. Si no evaluamos los errores cometidos y los aceptamos, vamos a seguirlos cometiendo. Y la mención a los verdes no es gratuita; o avanzamos o nos tragan, así como a los verdes se los traga la cultura política de la derecha.

Tenemos que evitar una colisión entre lo que diga el líder y lo que diga el Partido. Sin duda Petro tiene muchas cosas que debemos agradecer, pero no es una de ellas la forma en que intervino para la selección de los magistrados ante el Consejo Nacional Electoral. Su liderazgo no puede leerse como caudillismo.

3. Ya sé que la tusa sobrevive y el argumento del fraude permanece, pero, aunque suene herejía, todavía no he visto las pruebas contundentes e indiscutibles del fraude. Y más todavía es válido preguntarnos qué fue lo que efectivamente se hizo durante cuatro años en el gobierno para evitar que se produjera de nuevo el histórico fraude en Colombia.

4. La pérdida estratégica significa (solo hasta ahora) alrededor de un centenar de decisiones tomadas por el nuevo gobierno en menos de una semana y que cambiaron por completo, por ejemplo, la postura de Colombia frente al mundo. Este es el ejemplo en el que mejor puedo ilustrar los desaciertos del gobierno anterior.

Más allá de las declaraciones de Petro y de unas pocas acciones reales, déjenme decir que el gobierno del cambio tuvo una Cancillería que nunca dejó de estar manejada por los blanquitos acomodados y al servicio de los blanquitos acomodados.

Tuvimos cancilleres que no entendían la política del cambio; que no transformaron para nada la política migratoria ni combatieron la xenofobia, solo por dar dos ejemplos. Tan pocos cambios de fondo se hicieron en la Cancillería que Abelardo pudo revertir cuatro años en veinticuatro horas sin que tuviera un solo obstáculo adentro.

La Cancillería del Pacto duró casi un año en recibir los saharauis y desatendió por completo tareas concretas ordenadas por Petro en solidaridad con Palestina; así que no vengan a decir que lo estaban haciendo muy bien.

Una política exterior diferente requería algo más que discursos, nombramientos y cambios de voto: requería cambiar la institución. Si todo dependía de lo que pensaba Petro (a lo que no hacían caso) y no de una cancillería transformada, entonces muchas de esas decisiones nacieron con fecha de vencimiento. Abelardo no tuvo que recuperar la cancillería: en buena medida, nadie se la había quitado.

5. La política de la Paz Total fue un fracaso total, porque se repitió la lógica histórica del M-19 de que ellos eran la única guerrilla y de que el proceso de paz de ellos fue el único real, y todo lo demás es narcotráfico y crimen. Con esa premisa es imposible construir algo diferente a un fracaso.

También resulta difícil construir un proyecto llamado Paz Total cuando entre quienes tuvieron responsabilidades en él hubo hasta quien alentó posturas sionistas. La paz no puede ser una categoría doméstica que se defiende en Colombia mientras se relativiza cuando las víctimas están al otro lado del mundo.

Las Fuerzas Armadas no fueron tocadas más allá del cambio de algunas personas, pero su doctrina y su lógica interna se mantuvieron. Por eso no sé si es perverso o ingenuo hablar de las fuerzas armadas del cambio las cuales, también en veinticuatro horas, volvieron a ser lo de siempre porque su esencia nunca fue modificada. Ya volvieron los llamados falsos positivos y las muertes por la policía en centros urbanos, como el caso de Donovan Balanta.

(A estas alturas ya estarán diciendo que sí que el salario mínimo, que los subsidios que la matrícula cero; créanme que no necesito que me expliquen eso ni a la mayoría de lectores porque eso lo sabemos, pero es que no estamos acá para aplaudir sino para criticar).

Retos inmediatos de la izquierda colombiana

6. El Pacto Histórico se sigue manejando dizque por tendencias con lo cual sigue manejando una lógica que no tiene nada que ver ni siquiera con la democracia burguesa sino con el espíritu de guetos y de corrillos típico de la derecha.

Dentro del Pacto hay claros favoritismos hacia unas tendencias y persecución abierta hacia otras y eso lo sabe el país; así que no podemos construir democracia si no tenemos detrás un proyecto democrático. La democracia interna implica una discusión real sobre cómo se deciden los candidatos y los dirigentes; implica el respeto a las bases y a que se les considere algo más que simples votantes. Por ejemplo, valdría la pena enfrentar la política de avales, una perversión de nuestra democracia.

Esto supone una izquierda capaz de cantarse las verdades. Pero mientras toda crítica sigue vista por la camarilla dirigente y centralista como un juego a la derecha y como alta traición, no hay posibilidad alguna de cantarnos nada.

Y hay otro problema: una izquierda que pasó décadas criticando el individualismo terminó convertida en una suma de proyectos personales. Cada dirigente cuida su corrillo, su cuota, su red y su pequeña marca política; después llamamos a esa suma “partido” y nos sorprende que no exista un proyecto colectivo.

7. Lo que pasa en la bancada es realmente triste porque, aunque algunos tienen experiencia y otros tienen el conocimiento, la bancada como colectivo no logra tener una estrategia clara para avanzar y por tanto va dando tumbos.

Esa falta de estrategia los lleva a que, por ejemplo, en vez de abstenerse de votar en la elección del presidente del senado, la primera decisión de la desobediencia civil fue votar por el que dijo Uribe. Y esto más que un insulto es una realidad.

8. El gabinete en la sombra es un ejercicio que no ha estado acompañado de nuevos rostros y con lo cual parece más un gesto de nostalgia que una configuración de nuevas generaciones políticas. Si el Pacto no se plantea abrirse a nuevas voces pues terminará como las viejas Juventudes Comunistas dirigidas por octogenarios.

Seguimos sin entender el lenguaje de la gente y ahora en todos los foros se habla de tecnofascismo (palabra que la gente no entiende) pero sí entienden la idea de «guerrillero hijueputa». Si no nos bajamos de ese pedestal intelectualoide heredado de la posmodernidad, no vamos a resolver el problema de la comunicación. Y si no nos bajamos de esa plataforma moral de la cultura woke no vamos a trascender a la gente de a pie.

Además, le hablamos demasiado al país que quisiéramos y no al país que tenemos. Para transformar una sociedad primero hay que entenderla: sus miedos, sus prejuicios, sus aspiraciones y sus contradicciones. La derecha no necesita compartirlos para saber usarlos; nosotros, en cambio, a veces parecemos creer que basta con regañar a la sociedad por no pensar como nosotros.

9. Un ejemplo de lo fragmentados que estamos y del culto al gueto es que ciertos sectores dentro del movimiento social hoy se sienten aislados porque, en verdad, están siendo aislados. Y eso es consecuencia lógica de sus propias actitudes radicales, moralistas y excluyentes que han llevado incluso a que, en los pasillos de la misma izquierda y del mismo Pacto, se planteen reuniones en las que esos sectores no participen porque, salvo para someter a alguien a la Inquisición, sus aportes a la construcción de una izquierda son discutibles.

También podríamos citar las tensiones entre el movimiento indígena y las comunidades negras en las que el gueto no deja ver la sociedad en su conjunto. No podemos seguir defendiendo causas nobles con métodos poco nobles y con lógicas retorcidas que terminan por engullirse la causa. En parte por lo woke perdimos en Argentina y Chile, y por lo mismo retrocedemos en España y en parte de Europa.

10. No basta que Cepeda diga que es responsable, cuando esto no implica ni una rendición de cuentas transparente, ni ninguna medida sobre las personas que hicieron posible el fracaso. Echarse la culpa sin pagar el precio es un canto a la bandera.

Después Cepeda propuso una “revolución ética”, pero por ahora eso tampoco significa nada concreto. Corre el riesgo de convertirse en otro lugar común, como ocurrió con aquella desobediencia civil que parecía una estrategia hasta que hubo que explicar exactamente en qué consistía.

Y eso solo ha aumentado el despelote. El desespero es tal que en las reuniones del primer mes no logramos entender que somos oposición, no logramos recuperar el papel de la sociedad civil que se había perdido frente al gobierno Petro, y no logramos que los nuevos senadores entiendan de qué se trata, cuando además algunos y algunas pecan del síndrome de Adán (o ahora llamémoslo el síndrome de Eva) para creer que la agenda política del país empieza con ellos.

La sociedad civil no es la bancada, la bancada no es la sociedad civil y eso nos ha costado entenderlo; pero hay algo peor: hubo sectores y personas que no entendieron nunca, en su paso por el gobierno, que el Estado no es una ONG. Llamar ahora a la calle sin haber hecho siquiera el balance de 2021 es correr el riesgo de repetir su parte más triste: la ruptura entre una dirección autonombrada y una calle que terminó caminando por otro lado. Antes de convocar la movilización habría que entender por qué quienes pretendían dirigirla dejaron de representar a quienes se movilizaban.

Tampoco podemos confundir redes sociales con organización política. Un meme, un grupo de WhatsApp o una tendencia en X pueden servir para comunicar, pero no reemplazan trabajo de base, organización territorial ni discusión política. La militancia de pantalla corre el riesgo de hablar durante años con los que ya piensan igual y descubrir en las elecciones que el resto del país no estaba en el grupo.

El trabajo de masas que alguna vez entendimos tenía que ver con la cotidianidad de las personas: sus barrios, sus trabajos, sus problemas, sus organizaciones y sus conflictos concretos. Resulta bastante curioso terminar llamando trabajo de masas a producir contenido para Instagram y medir la relación con la sociedad por seguidores, reproducciones y likes.

La coyuntura del terremoto ofreció incluso una oportunidad elemental para ejercer esa solidaridad, ese amor y esa ética de los que tanto queremos abanderarnos. Sin embargo, salvo excepciones, quienes se movieron no fueron las dirigencias del Pacto sino sectores de la Primera Línea: hasta la posibilidad más inmediata de convertir el discurso moral en solidaridad concreta terminó pasando por fuera de la estructura partidaria.

11. La discusión sobre la batalla cultural tiene bastantes torpezas que tampoco se resuelve llamándola guerra cognitiva o parte de la guerra híbrida. Primero porque todas las guerras son híbridas desde el momento en que Ulises engañó a los troyanos con el caballo, así que en eso no hay ninguna novedad, pero lo triste es cuando un sector de la izquierda cree que la batalla cultural es lo único que hay y por tanto si ganamos en el adjetivo y en lo simbólico no tenemos que hacer nada más. O sea, si volvemos a decir «niñas» y «campesinos» entonces ya hemos derrotado al enemigo.

A veces parecemos discutir si Nerón desafinó mientras Roma arde. Nos enredamos en la estética, en el adjetivo y en la palabra correcta, y dejamos para después el incendio. No por decir “agua” muchas veces se apaga la sed, ni por nombrar correctamente una injusticia esa injusticia desaparece.

Un ejemplo claro de ello en términos de fracaso de la gestión de discusiones interminables de epítetos y culto al adjetivo y de lecturas moralizantes desde las minorías, fue la dolorosa experiencia del tristemente célebre ministerio de la igualdad.

El resultado es una izquierda que puede satisfacer a una parte de sus propias bases porque discute las categorías, las identidades y las palabras que esas bases consideran centrales, pero que no necesariamente está respondiendo a las peleas que una sociedad entera considera urgentes. El problema no es abandonar unas luchas por otras, sino saber priorizar políticamente sin confundir la agenda de los sectores más organizados con la agenda del país.

Y hay algo más grave: cuando la evidencia empieza a pesar menos que la identidad de quien habla, el testimonio sustituye al argumento y la autoridad moral reemplaza la discusión. Una izquierda que coquetea con Marx, pero le entrega a la derecha la razón, la ciencia y la lógica está haciendo un negocio extraordinario, pero para la derecha.

12. Para ir resumiendo, no tiene presentación ver al Pacto peleándose ahora las próximas elecciones sin que sea capaz de definir realmente cuál es el proyecto que le está ofreciendo al pueblo colombiano.

Incluso tiene poca presentación que exfuncionarios que no movieron un dedo a favor del pueblo palestino en el gobierno (saben de quién hablo) ahora salgan a rasgarse las vestiduras. El problema de fondo es pasar del “yo dije” al “yo hice”. Palestina no necesitaba solamente banderas, declaraciones y fotografías: necesitaba decisiones. La solidaridad que solo funciona mientras sea simbólica se vuelve una credencial moral, no una política.

No tiene sentido creer que invocar las normas es una opción cuando sabemos que las normas dependen del poder y peor aún que durante cuatro años ni siquiera las usamos; por eso salieron a ser decretos y resoluciones a última hora creyendo que con eso se iba a detener el tiempo.

13. No hay esperanza si seguimos con un Pacto desconectado de la realidad de la sociedad y más bien imbuido en una lógica de guetos y de minorías que en su conjunto no reflejan ni recogen las angustias diarias de la sociedad colombiana. Para el Pacto la realidad no puede convertirse en una externalidad, como tantas veces lo fue la protesta social para el neoliberalismo. Un proyecto que pretenda transformar la sociedad tiene que beber directamente de ella, entender la coyuntura desde la vida concreta de la gente y proyectar desde allí el futuro.

El amiguismo está tan normalizado que personas que estuvieron haciéndolo de mala manera en el gobierno luego estuvieron al frente de la campaña como si no hubiera pasado absolutamente nada. Si seguimos en clave de repartirnos los puestos antes que la responsabilidad entonces no podemos esperar otra cosa que una carrera clientelar antes que la implementación de un proyecto político. Y ese temor, de que la política se haga a espaldas de la gente, no es una simple paranoia: el apoyo de una parte de la bancada para que Uribe no fuera juzgado por la Fiscalía así lo demuestra.

14. La solución empezaría a corto plazo porque Iván Cepeda dé un paso al costado (los millones de votos no son de él sino de un proyecto colectivo), porque el Pacto Histórico se democratice, porque se defina la relación del presidente Gustavo Petro con el proyecto, porque se limpie la corrupción interna y porque se disuelvan las tendencias para hablar de un solo Pacto.

Se necesita, además, que se entienda que la guerra cultural es parte de una lucha de clases y no la totalidad de la guerra como piensan algunos. Se necesita que aprendamos a hablar como la gente y se necesita que entendamos que el enemigo es de verdad y que no se exorciza con twiteratones, ni con bolitas de mierda.

Pero como nada de eso va a pasar entonces sabemos lo que sí va a pasar: más de lo mismo. Eso sería pedir un milagro en la izquierda, que es lo opuesto a tener una izquierda milagro. Y nos toca partir de la izquierda realmente existente, y no de la soñada.

PD: Yo por mi parte, como buen “intelectual inorgánico», ahora estoy entrando a un monasterio budista en Nepal y lo digo solo para que se ahorren los insultos. Si el problema es el monasterio entonces usted tiene un grave problema de comprensión de lectura.